René Burri: un lente con estrella
Casos y Rostros Mayo 9th, 2008
“Muchas veces la gente me pregunta que cuál es mi mejor foto, y es estúpido, porque cada una tiene una historia detrás”
El fotógrafo suizo ha recorrido el mundo en compañía de su curioso objetivo. Su cámara ha inmortalizado a emblemáticos personajes de la vida política, social y cultural de importancia internacional. Con la sencillez de quien trabaja guiado por su intuición y por amor a lo que hace, Burri conversó con sus seguidores y público interesado en la fotografía en Caracas, ciudad donde permaneció por tres días
Fotos y Texto: Andreina Monasterio
Ni la congestión citadina ni el calor agobiante impidieron que el Centro Nacional de la Fotografía (Cenafv) llenara su pequeña sala de exposiciones, ubicada en la planta baja de la Biblioteca Nacional. La convocatoria para asistir al conversatorio con uno de los más famosos fotógrafos del siglo XX -quien cuenta en su portafolio con imágenes de Picasso, el Che Guevara, María Callas y Fidel Castro, entre otras figuras no menos célebres-, tuvo éxito, sin duda. Allí, entre las miradas de periodistas, fotógrafos, estudiantes y demás amantes del hecho fotográfico, se abrió paso René Burri, acompañado por Alejandro Oramas, director del Cenafv, quien fuera el presentador y traductor oficial del evento.
Si alguno de los asistentes esperaba que el fotógrafo comenzara su relato hablando de su fotografía más importante, o que quizás dictara una breve cátedra sobre el fotoperiodismo o “fotografía social”, como él mismo denominó su trabajo en algún momento, se llevó una sorpresa. Como un expedicionario que regresa de su recorrido por una selva desconocida, Burri introdujo a todos los asistentes en un agradable relato, el cual dio cuenta de las anécdotas que se encontraban detrás de algunas de sus fotos más famosas, y de las que no lo son tanto.
Desde un aparente retrato familiar, que capturó la alegría de sus padres al abordar por primera vez un avión –su padre era un chef aficionado a la fotografía y su madre una camarera en un hotel-, hasta tomas capturadas dentro de una fábrica de armamento de la extinta Unión Soviética, su repertorio fotográfico se pasea por la realidad de la guerra, la fusión del hombre y la naturaleza, el nacimiento de algunas revoluciones y todo lo referente al hecho social, a la vida cotidiana, a esas pequeñas escenas y situaciones que forman parte del mundo, ese mundo cambiante que él estaba empeñado en retratar. De allí que cuando lo interrogan acerca de su mejor toma, Burri contesta, con absoluta seguridad: “Muchas veces la gente me pregunta cuál es mi mejor foto, y es estúpido, porque cada una tiene una historia detrás”.
De Kodak a la Leica
Burri comenzó su recorrido en el mundo fotográfico usando una precaria cámara Kodak que le regaló su padre. Su primera foto la tomó a los 13 años gracias al sabio consejo de su progenitor, quien le recomendó que fuera a Zurich “porque un hombre muy importante iba a pasar, y él debía hacer la fotografía”. El protagonista de esa imagen fue nada menos que el primer ministro inglés Winston Churchill, subido a un auto descapotable en un acto callejero.
A partir de ese momento, Burri descubrió la magia que esconde la fotografía, esa que permite inmortalizar momentos y emociones. Tras cursar estudios en la Escuela de Artes y Oficios de Zurich, en 1953 debutó en la revista norteamericana Life con una conmovedora serie documental sobre niños sordomudos, titulada Touch of Music for the Deaf (Un toque de música para los sordos). Gracias al impacto internacional que tuvo su trabajo, la cooperativa de fotógrafos Mágnum le abrió sus puertas como miembro asociado en 1955. Burri publica su primer reportaje amplio en la revista Camera (1956), lo que termina de catapultarlo como un respetable fotógrafo, y hace que la agencia lo reciba como miembro oficial en 1959.
Con su fiel Leica siempre a cuestas, Burri se dedicó a recorrer el mundo, en parte comisionado por Mágnum, y en parte por el azar, que siempre lo colocaba cerca de personajes que pasarían a la historia y que él inmortalizaría en su película. Para muestra, un botón, o habrá que decir varios: tan sólo Pablo Picasso, Alberto Giacometti, María Callas, el Che Guevara, Fidel Castro y Le Corbusier serían fotografiados por Burri a finales de la década de los cincuenta y a lo largo de los sesenta.
Entre las peculiares anécdotas que el fotógrafo suizo compartió con los asistentes, destaca la de su esperado encuentro con Picasso, su más admirado artista. Luego de tratar, sin éxito, de sorprenderlo en San Sebastián (norte de España), Burri escuchó que Picasso se había trasladado a Nîmes, Francia, así que fue tras él. “Fue un largo y tortuoso viaje a través de los Pirineos, pero finalmente llegué hasta allá. Merodeaba alrededor de la casa donde Picasso se estaba quedando, cuando de pronto alguien de su séquito me sujetó. En lugar de arrojarme al suelo, me condujo hacia el círculo más íntimo. Era como La última cena de Da Vinci: todos estaban sentados a la mesa y ahí, en el centro, estaba Picasso. Me dijo que me sentara y comiera, y me dio permiso de tomar fotos”.
Burri continuó: “Lo que ocurrió fue que Picasso, que era un hombre extremadamente supersticioso, se dio cuenta de que habían 13 personas sentadas para almorzar, y ordenó a un empleado que saliera a la calle y llevara a la primera persona que se encontrara. Por supuesto, ¡La primera persona con la que se topó fui yo, que rondaba afuera!”
Gajes del oficio
Ejercer el fotoperiodismo, más concretamente el reporterismo en épocas de guerra o de conflicto, no es cosa fácil. En el caso de Burri, también tuvo que sentir, aunque momentáneamente, parte de la represión que se vivió en la dictadura de Francisco Franco. “Era el año 1958, y yo había ido a España para tratar de hacer fotos de Picasso. Cuando vi una multitud preparé la cámara fotográfica, y cuando pasó Franco, hice un par de fotos. Me agarraron por detrás, me tiraron al suelo y empezaron a pegarme”, dice.
La famosa foto del Che Guevara, recostado en la silla de su oficina de La Habana, con un habano en la boca -los mismos cigarros que Burri fuma todo el tiempo-, también posee una historia interesante. “Un día, Mágnum, por pedido de la revista americana Look, me dijo que debía ir a Cuba. En la oficina del Che todo estaba completamente cerrado, con las persianas bajas, casi a oscuras. Y él peleaba mucho con la periodista que había viajado conmigo. Yo pensé: ‘parece un tigre enjaulado’. Un año y medio después dejaría Cuba para seguir su camino.”
Una vez, cenando con su amigo y colega, Alberto Korda (autor de la también mundialmente conocida fotografía del Che, quien fue retratado luciendo una boina), éste le regaló su imagen del Che con la dedicatoria “de tu amigo Korda, autor de la que reconocerás es la fotografía más famosa del Che”, y Burri le correspondió regalándole el retrato de su autoría, con la dedicatoria “de tu amigo Burri, autor de la que reconocerás es la mejor fotografía del Che”.
Hay imágenes suyas tomadas en la Guerra de los Seis Días, la crisis del Canal de Suez, la guerra de Vietnam, el Egipto de Nasser, el Irán del shah Mohammad Reza Pahlevi y la China de Mao Tse Tung.
“Estuve como en cinco guerras; siempre hay riesgo y eso se siente. En varias ocasiones, los guías me decían: no avance. Lo que sucedía era que estaba caminando sobre un campo minado. Robert Capa –quien fuera amigo y compañero de Burri- nos dijo un día: ‘Esta es la última guerra que cubro.’ Y en esa guerra, una mina explotó bajo sus pies y murió. Realmente siento que otros colegas fueron más heroicos y arriesgados que yo. Dieron más”, recuerda Burri. Pero él cumplió con la regla de Capa: “Si tus fotos no son lo suficientemente buenas es que no te has acercado lo suficiente.”
Sin embargo, el fotógrafo posee una sólida posición acerca del papel profesional y moral del fotoperiodista de guerra. “Claro que se debe mostrar lo que ocurre, pero no estoy de acuerdo con el sadismo, con el sensacionalismo. El mostrar sangre en exceso o aprovecharse del dolor de las personas es algo que se ve en muchas partes. Ahora mientras más se muestra, es mejor. Creo que uno debe trazar un límite entre el fotógrafo y el ser humano, y a la vez ser uno solo”.
Por último, Burri reconoce que muchas de sus imágenes más famosas son producto de la suerte, de estar en el momento indicado, siempre acompañado de su cámara. “El hecho de que tenga en mi portafolio retratos de gente famosa no quiere decir que estuve todo el tiempo detrás de estas personas”. Si bien es cierto que su encuentro con Picasso se produjo luego de una incesante búsqueda, Burri aclara que él sólo deseaba recorrer el mundo a través del ojo de su cámara, “y todas estos personajes formaban parte de ese mundo”. Sin duda, un hombre con suerte.
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