cyr_mau_007 Cada miércoles en un bar de rock ubicado en Chacao se da el particular encuentro entre un heterogéneo público-compuesto en su mayoría por jóvenes-con la música contemporánea venezolana. Este colectivo de bandas, bautizado como la Movida Acústica Urbana, experimenta con nuevos ritmos y los fusiona, en búsqueda de la internacionalización de una corriente musical “made in Venezuela”.
Por Mariemma Ramos Nava — santaladiabla@gmail.com

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Conviviendo con el tráfico, los incendios avileños y las protestas, hay una Caracas que renace en calles especiales, de esas que aprenden a hablar el mismo lenguaje de la ciudad que nunca duerme. La encuentras hecha niña en lugares que se transforman en espacios urbanos, muy alejados de la capital de contrastes infinitos o de aquella donde lo bueno ocurre como milagro y lo malo es más que rutina. Esa química, cual piel, se da en El Rosal, en pleno municipio Chacao. Cuadras enteras bailan noche tras noche al son que les toquen. La cosa comienza en En Vivo, un local que si bien se llena habitualmente los fines de semana, ha albergado sorprendentes conciertos a plena luz de la tarde. Más “allaíta”, durante cualquier hora o día de la semana, se pueden ver largas filas de emos, punk, góticos o pelolais pendientes de algún toque o exposición que organice el Centro Cultural Chacao, punto de encuentro para los jóvenes y los no tanto. Sin embargo, hay un día, el miércoles -desde hace cinco meses-, en el cual existe un solo plan: la cita en Discovery Bar.

Hay que llegar antes de las 10:00 pm para poder instalarse cómodamente en las mesitas de madera, ver cómo arreglan la tarima y montan los instrumentos, y animarse a pasar la espera con una cerveza. Después de esa hora, empujada por el muchachero que entra en manada, como quienes salen a disfrutar del recreo, la noche comienza.

Sólo mirando alrededor, cualquiera esperaría que el bullicio fuera interrumpido por el “Me enamora” de Juanes;  o el contagioso “Umbrella, ela, ela, ela” de la barbadense; o al menos el “tick tock tick tock tick tock” de Madonna dándote cuatro minutos para salvar el mundo. Pero ni Daddy Yankee ni Jay-Z; es Aldemaro Romero el que retumba y hace bailar hasta el cuadro de Bob Marley que adorna una de las paredes. Las mezclas están a cargo del DJ’ Torkins Delgado, quien a punta de arpazos, charrasqueos y punteos, enciende la rumba.

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De la carne en vara, los sombreros de guama y la guasacaca dominguera, sólo quedan las cervezas y los virtuosos acordes del maestro. La luz vaga del bar deja al descubierto cuerpos que se contornean, disfrutan y sudan al ritmo de la Onda Nueva, mientras esperan ansiosos que inicie la Movida Acústica Urbana (MAU) de esa noche.

Semana a semana, un colectivo de ensambles -amigos ante todo- se apodera de la tarima para fusionar ritmos de jazz, blues, rock, entre otros, con la música contemporánea venezolana. El resultado es sencillamente inspirador: la genialidad destella debajo de sus franelitas originales y  peinados raros. Es fácil ver cómo los músicos se convierten en espectadores y los espectadores en expertos músicos, bajo un ambiente que contagia e invita al heterogéneo grupo a disfrutar del talento made in Venezuela.

Ahora tocan los alumnos del Taller de Jazz Caracas batería, guitarra y bajo. Vinieron con sus barras, así que los silbidos, aplausos que interrumpen alguna melodía, y los “papi te amo”, son parte de la guachafita.

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El cartel semanal se lo turnan las agrupaciones C4 Trío, Los Sinvergüenzas, enCayapa y Kapicúa. Recientemente se han unido bandas como Nuevas Almas World Jazz Ensamble y César Orozco Kamarata Jazz. Álvaro Paiva, Francisco Vielma y Diego Maldonado, jóvenes que forman parte de la Movida, explicaron a tres voces que sencillamente “son músicos trabajando bajo una misma estética en la búsqueda de espacios donde puedan demostrar lo que son”. Y un músico muestra lo mejor de sí tocando en vivo, justifican.

Todo este movimiento está apadrinado e influenciado por los grandes maestros y grupos de la música instrumental nacional como el Grupo Raíces de Venezuela, El Cuarteto, Onkora, Ensamble Gurrufío, Aquiles Báez, Chuchito Sanoja y, por supuesto, el maestro Aldemaro Romero.

“Somos una generación distinta. Aquí no estamos compitiendo, sino cooperando, queremos desmitificar el concepto de música venezolana y además sacarlo de la actual casilla del neofolklore. Todos queremos proyectar nuestro talento internacionalmente y creemos estar pasando por el momento adecuado para eso”, aclara Paiva.

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Sí señores, esto no es un invento. No es una fábula lo que cuentan los grandes talentos extranjeros que se marchan maravillados por lo que ocurre en Venezuela, en cuanto a música se refiere. Los esfuerzos del maestro Abreu y su Sistema Nacional de Orquestas; del Iudem; de la siembra de Cheo Hurtado; y de las decenas de escuelas de música que a lo largo y ancho del país siguen dando sus frutos.

De pie aplaude efusivamente la mesa de los “viejitos”. Están sentados pegados a la tarima, boquiabiertos con esta generación de relevo. Aquiles Báez está entre ellos. Aunque esta noche no tocará -como es su costumbre hacerlo-, el orgullo puede verse justo debajo de sus lentes a medio poner. Los veteranos se paran a recibir a los ejecutantes, entre abrazos y añoranzas. El público pide más. En una hora o dos se subirá otra banda. Mientras tanto, las jóvenes promesas recorren el local tomados del brazo de los maestros. Se presentan unos con otros: “¿De qué Academia provienes?, ¿Qué instrumentos ejecutas?, ¡Felicidades chamo!”, parece escucharse en el aire.

Torkins vuelve a su trabajo. En su carpeta le echa un ojo por encima a Michael Bubble, Nina Simone, Rita Pavone; Charlie Parker, la orquestra Brian Setzer, Cabijazz o Joe Cuba. Pero es Amy Winehouse con su voz de niña mala quien acompañará la nueva espera.



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