La mirada detrás de Cyrano Fernández
Casos y Rostros Marzo 3rd, 2008
Esta cinta venezolana filmada hace poco más de dos años, rescata los elementos de un clásico para desparramarlos sobre un barrio de Caracas. Fue allí donde, entre escalinatas y puestas de sol, la gigantesca nariz del conocido personaje se convirtió en una cicatriz, que marca tanto el rostro como el alma del acomplejado protagonista convertido en héroe. Conversamos con el director, Alberto Arvelo, no sólo para que nos hablara de esta producción recientemente estrenada, sino para que nos sirviera como una suerte de guía, por un instante, dentro del mundo del cine nacional
Por Mariemma Ramos Nava – santaladiabla@gmail.com
“Rodar en un barrio de Caracas es básicamente rodar en un laberinto; en un espacio seductor pero indescifrable. Nuestros barrios son una infinita red de veredas y escalinatas, donde las limitaciones de espacio son una realidad que termina diluyendo las fronteras entre lo privado y lo social. Esa especialidad comprimida le da una dimensión fervorosa a todas las relaciones y expresiones sociales que ocurren allí dentro. Es esa suerte de promiscuidad espacial que hace del mundo del barrio algo explosivamente vivo, solidario y cálido”.
–Los directores podrían bien representar ese “Haz fama y acuéstate a dormir”
–En el fondo quizás sea algo injusto, porque quien crea el universo de una película es el guionista: él crea los personajes, el drama, las relaciones humanas. A veces, resulta ser el mismo director, sobre todo en el cine independiente, pero poco frecuente en el cine industrial. Entonces, desde ese punto de vista, las cosas no salen de la cabeza del director.
Por otro lado, debes recordar que el cine es un arte colectivo que se crea por obra y esfuerzo de muchas personas, y los actores tienen la tremenda responsabilidad de que aquella cosa que alguien inventó sea de carne y hueso, de que el público lo crea y se convenza. Eso es fascinante. Los músicos tienen la misión tan complicada de tocar la emotividad de la gente, y así poco a poco nos encontramos cargas que reparten la responsabilidad por otros lados.
A un director le toca agarrar aquello que alguien ha creado en papel y transformarlo en una cosa real. Un guión debe morir para que aparezca esta nueva realidad y esa sí es una misión muy difícil y complicada. Es igual a lo que pasa en una orquesta: aunque los músicos sean virtuosos, si no tienen alguien que los lleve de la mano, y a veces les interprete lo que dicen esas notas, no lo pueden hacer.
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El director de cine debe saber dónde tiene que poner una cámara para crear una emoción, o cómo hablar con el actor para sacarle un sentimiento que quizás cuesta que salga. Él es la única persona de aquellas 60 o 100 que están entre el equipo técnico que sabe realmente a dónde va a dar aquello, a qué puerto va a llegar ese barco. Los demás tienen que confiar, no hay otra opción.
Evidentemente está todo ese rollo de que el cine es un arte mítico de nuestra era, que genera las más insólitas pasiones y las más fervientes admiraciones, y los directores son las cabezas de ese fenómeno. Pero creo que la responsabilidad debe ser distribuida en todo el equipo.
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–¿Por qué usar un clásico para volver a la pantalla grande?
–Básicamente mi sueño era hacer una película en un barrio, era una necesidad más que un sueño, una necesidad visual, social, narrativa. Quería un clásico para salirme un poco del estereotipo de la historia local de un barrio, quería una historia con acentos universales, con un drama entendible en Venezuela y fuera de nuestro país. Y encontré en esa especie de búsqueda una historia que yo amaba desde muy joven, “Cyrano de Bergerac”, que se adecuaba fantásticamente al universo de un barrio. La obra está hecha de esas cosas tan intensas de lo que está hecha la vida de un barrio: pasión, amor, violencia, compañerismo, solidaridad, y me pareció que era un gran caldo de cultivo.
–¿Qué encontraste en ese barrio en particular que te enamoró?
–Nosotros queríamos un barrio que tuviera dos elementos fundamentales: que recreara lo que estaba en nuestra cabeza, que tuviera varias colinas, una al lado de la otra, para crear un universo en el que se pudieran hacer planos completos donde solo se veía el barrio. Además de eso, queríamos un lugar donde la gente permitiera el proyecto, que estuviera abierta a esa idea. Y ese barrio se llamó San Miguel en la Cota 905. El lugar está en una colina que justo al atardecer tiene una luz fantástica porque nada la obstruye. Lo definitivo fue la gente… extraordinaria.
–¿Cómo fue el proceso del casting?
–Fueron muchas rondas. Al único que yo escogí fue a Edgar (Ramírez), y en base a él teníamos que armar el resto del equipo. Queríamos a una persona con rasgos muy particulares para el rol de Cristian, conseguí actores muy interesantes pero que no me daban el look que yo quería. Me costó mucho conseguir a alguien que mezclara tres cosas: que se pareciera físicamente al personaje que yo me imaginaba, que tuviera experiencia y que además fuera dócil.
–¿Qué significa ser dócil?
–Que aceptara que íbamos a hacer un trabajo importante en cuanto a la dirección actoral. Es decir, no queríamos a alguien dogmático con cosas prefabricadas. En un escenario como el nuestro, bastante herido por la telenovela, es difícil encontrar gente con bastante docilidad. Encontré todas esas cosas en Pastor Oviedo, pero fue muy duro el casting y él fue la última persona a quien entrevistamos.
El rol de Jessika Grau también fue muy difícil. Si bien encontré gente muy talentosa que me sorprendió mucho, yo quería alguien con facciones particulares, que fuera cómodo verla caminar dentro de un barrio y que fuera una mujer como dice Guillermo Arriaga, “por la que se puede matar”. Recuerdo que en un momento le pregunté a quien veía en el rol de Roxana y me dijo: “tiene que ser una mujer muy hermosa, de esas por las que puedes matar; una mujer muy inquieta, porque sin eso, no tiene sentido la historia”. En el caso de Jessika encontré esas cosas, además de las muchas ganas de esforzarse y de hacer un personaje, ella se entregó muy duro a la película.
–¿Cuáles son las dudas que más te acosan al momento de iniciar un proyecto?
–Básicamente el guión es lo que me da más miedo. En Venezuela no es fácil hacer un casting, no porque no haya talento, sino por poca formación. Ese es un problema que se soluciona muy fácil porque somos un pueblo muy histriónico, pero también es un problema. He tenido la suerte de no encontrarme con la gente de mucho ego. Imagino que los hay, creo que la televisión produce un problema de levantamiento de egos muy rápido. Esto es muy malo, porque cuando un actor se acerca a un personaje debe hacerlo con humildad, porque si no, no llegas, y se convierte en un reflejo burdo de ti mismo.
Creo que el guión es básicamente el gran problema del cine nacional. Necesitamos grandes guionistas en nuestros proyectos, necesitamos formar talento nuevo obsesivamente, traer gente que nos ayude a formar gente nueva. Estamos muy flojos, porque también tenemos una floja literatura contemporánea. Mientras países vecinos han producido grandes escritores, nuestros últimos grandes están casi todos muertos. Tenemos sólo algunos cuentistas por allí que están haciendo cosas extraordinarias, pero la escasa tradición literaria afecta a nuestro cine.
–¿Es rentable escribir guiones para cine nacional?
–El cine es una industria y como tal tiene que ser rentable. Hay artes que no requieren de la gente para existir. La poesía puede quedarse en la gaveta de un poeta y ya está, y es para él o para quien se la escribió, pero el cine requiere de gente porque es un arte colectivo, al igual que una orquesta. El problema es que no hemos entendido que el cine es un oficio que requiere de un inmenso esfuerzo de formación. Creemos que pasa lo que pasa con la gastronomía: que agarras cuatro ingredientes, los tiras en un sartén y te sientes cocinero. Pero el abismo que hay entre eso y un gran chef es inmenso. El arte de la dramaturgia, el esfuerzo de contar algo, tiene siglos, es un arte secular, y es tan irresponsable escribir un guión sin prepararse como dar un concierto de piano sin haber estudiado nunca ese instrumento. La gente siempre va a preferir una mala historia bien contada, que una gran historia escrita por alguien que no sabe como hacerlo – citando a Robert McKee–. Eso es lo que no hemos entendido, y creemos que dirigir es algo igual.
Hay que estudiar el por qué la cámara es un mensaje, cómo buscar la emoción en el espectador, cómo manejar al actor, como crear un arte, como crear un universo que no está allí, sólo con cámaras y actores. La dirección actoral es una cosa sumamente compleja y casi nadie habla de ello en Venezuela. Muchas veces me siento defraudado porque quisiera que nuestros cineastas no sólo crearan rollos, sino que produjeran reuniones de revisión sobre la dirección actoral, o las dificultades de la puesta en escena, o sobre nuestro estilo, sobre nuestros movimientos de cámara. Me encantaría ver a nuestros guionistas diciendo “vamos a hacer un foro sobre la escritura del guión” y no lo veo, veo a la gente ocupada en los asuntos de la forma y nunca del fondo, y eso me preocupa mucho. Quisiera que las nuevas generaciones que están haciendo muchísimo ruido con cosas muy interesantes empezaran a entender que tenemos que hablar del fondo y no de la forma.
–Todos sabemos lo ligado que estás a la música, ¿Cómo fue la selección de Cyrano?
Los barrios están hechos de música, no hay un solo minuto de silencio allí y eso teníamos que ponerlo en la cinta. Queríamos de algún modo involucrar ese universo sonoro, y hacerlo con bandas nacionales. Hicimos un esfuerzo grande al escuchar agrupaciones aquí y allá. Carlos Vives vio la película y nos regaló dos temas bellísimos; Tres Dueños nos enamoró con su propuesta; una banda de Táchira, Radio Tigre, nos dio temas; un grupo de Mérida llamado Tumbador también nos colaboró, además de Kenzo Mijares, José Flores, entre otras agrupaciones. La composición, como en todas mis cintas, estuvo en manos de Nascuy Linares.
–¿Cómo te parece el trabajo que se está haciendo en la Villa del Cine?
–Me parece que el esfuerzo es muy importante, porque está abriendo nuevos espacios y eso es fantástico. Está apareciendo gente nueva y necesitamos, por un problema estadístico, que eso ocurra. Necesitamos esos inmensos esfuerzos, diversificar nuestro cine, que venga gente de la provincia a hacer películas. Yo mismo ahora estoy produciendo una película de Cine Átomo. dirigida por un muchacho de 22 años que es de Acarigua. Desde ese punto de vista me encanta ese esfuerzo y lo que está pasando allí.
–¿Qué películas de las más recientes están–a tu juicio–caminando por el camino correcto?
–En general me parece interesante el crecimiento de los números en la oferta nacional. Tenemos el caso de “Puras Joyitas”, que tiene unas cuantas semanas en cartelera. Cuando la vi, aquí en Caracas, pude percibir que la gente se divirtió en la sala, sentí que le llegaba al espectador y que funcionaba.
Tengo una relación especial con “Postales de Leningrado”, porque la produje. Ha estado gustando muchísimo afuera, hay un esfuerzo allí de hacer un cine distinto, joven. Celebro además el esfuerzo de “Más allá de la cumbre” ; ojalá salieran más documentales como ese, ciertamente están pasando cosas interesantes.
–¿Cuáles son tus próximos proyectos?
–Quiero concentrarme este año en acompañar a Cyrano a todos lados, quiero que vayan a ver la película, acompañarla a los festivales. Una labor también importantísima de los ci neastas es darle continuidad al proyecto; siento a veces que nuestros proyectos se acaban en el estreno. Hay que crear un sentido de cine y de comunidad cinematográfica, y eso tiene que ver con llevar nuestras películas afuera, en grupo. Que como país, se empiece a hablar de nuestros actores, nuestros directores, y por eso quiero acompañar a Cyrano. Estoy pensando en varios proyectos, pero al final de cuentas es la vida la que decide con cual arrancas.
Con Cyrano estamos empezando a aplicar en festivales. Ya estuvimos en el AFI en Los Ángeles; hemos sido invitados a varios, pero queremos decidir acertadamente cuál es el ciclo al que realmente debemos asistir. Queremos hacer un gran estreno europeo y luego empezar a moverla. Sabes que los que organizan esos eventos son muy celosos, si vas a una no puedes ir a otro, así que no son decisiones fáciles.
–¿Ahora que acaban de pasar los Oscar, qué opinas de esos premios?
Llegar allí es algo muy difícil, lo digo por las películas extranjeras que nominan, las que llegan es porque realmente son significativas dentro del cine “comercial”. Hay películas que no llegan porque son demasiado herméticas, complejas y contestatarias, pero no es fácil. Mi gran favorita siempre fue “Ratatouille”, porque la considero el mejor guión del año pasado.
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