Jon Lee Anderson

Casos y Rostros Noviembre 7th, 2007

jon_lee_andersonVolver para contarlo
Para escribir su acuciosa biografía de Ernesto “Che” Guevara, Jon Lee Anderson hasta se fue a vivir a Cuba con su esposa y sus tres hijos entre 1992 y 1995. Así de fuerte es el compromiso con su oficio de periodista y escritor. Ese libro vio la luz en 1997 pero es apenas ahora con una reedición y traducción supervisada por él mismo, que el autor se siente satisfecho con la versión en español de su obra. Maestro de la crónica y el perfil, Anderson ha escrito para The New York Times, Time, El País –entre otros– y forma parte del equipo del semanario The New Yorker
Por Oscar Medina

Desde hace mucho intenta que no lo etiqueten como corresponsal de guerra. Pero es inevitable que eso le pase y le siga ocurriendo porque este periodista –autor de la que quizás sea la biografía más exhaustiva del Che Guevara– ha estado en algunos de los lugares y momentos más conflictivos del planeta: desde las guerras de guerrillas en Centroamérica hasta Bagdad en esos días que marcaron el derrumbe del régimen de Saddam Hussein ante el avance de las tropas estadounidenses.

Y Jon Lee Anderson siempre vuelve para contarlo. De eso se trata su trabajo: sus crónicas y perfiles que se publican regularmente en la prestigiosa revista The New Yorker y sus libros –en español, La caída de Bagdad y Che Guevara. Una vida revolucionaria–, en los que explora aún más a fondo los acontecimientos que lo mantuvieron tanto tiempo lejos de casa y fuera de lo que los demás consideramos el mundo “normal”, eso que llama “el orden aparente”.

“Lo que me lleva a esos lugares es un afán más bien de estar en el centro de la historia, evidenciarlo, testimoniarlo y vivirlo. No sé si es tanto el afán de testimoniarlo como el de vivirlo. Por ahí quizás está la parte del espíritu aventurero que nunca se me ha quitado. Y que a veces lo tengo que controlar. Encuentro que hay muchas cosas interesantes en el mundo y lo quiero hacer todo. Mi gran dificultad y mi gran conflicto existencial es la falta de tiempo. No hay tiempo suficiente para todo lo que me gustaría hacer”.

–Alguna vez has contado que llegaste al periodismo por el viaje, por la aventura…
–Sí. Yo quise ser explorador desde niño. Crecí con dos tipos de libros: de exploradores de siglos pasados y biografías de gente que había hecho grandes hazañas.

–Entonces sigues más o menos en la misma línea: explorando y escribiendo perfiles de figuras de la historia contemporánea…
–Sí… Era algo que lo tenía olvidado, pero se me vino a la memoria recientemente. Yo era un ávido lector de biografías. Y también de historias clásicas y de grandes exploradores. Y quise ser explorador naturalista. Estaba en ese plan sin una dirección muy fija viviendo en el Perú cuando caí en el periodismo. Mi madre es escritora y me había inculcado el amor por los libros y las letras e inclusive me incentivaba a escribir. Pero lo había eludido, había ido a la universidad un par de años y no me afilié al periódico del campus. Una vez me asomé y la primera nota que me mandaron a hacer era algo sobre la escasez de pelotas en el campo de golf o pelotas de tenis, una vaina así, yo no lo hice y dije, coño, para eso no estoy. Pero claro, después estaba buscando la forma de ganarme la vida en Perú para poder quedarme y financiar mi próxima expedición.

Lo que dice la gente

Ese afán por la aventura fue temprano. De hecho, Anderson abandonó el colegio en Inglaterra (nació en California en 1957, pero pasó algunos años en Inglaterra y también en Colombia, Corea y Taiwán porque su padre era diplomático) y tras soltar el morral de estudiante tomó el de bisoño explorador: “Traté de cruzar Africa solo y mi familia me tuvo que rescatar. No sabían qué hacer conmigo. Entonces me mandaron a Honduras, donde un tío que iba a construir una casa en la selva. Fui con él. Y me pagó como campesino, lo recuerdo: un dólar al día. Aprendí a usar machete, a trepar cocoteros, usar cayuco… estaba fascinado. Y al terminar la casa, me fui a aventurar por ahí y claro, la familia tenía que jalarme de nuevo. Yo tenía 18 años y no tenía medios para mantenerme, así que podían hacerlo. Ellos insistían en que regresara y mandaron a mi hermanito para asegurarse que me fuera de vuelta. Pero lo llevé por todo Centroamérica antes de llegar. Yo no recuerdo, pero ellos me dicen que llegué descalzo”.

Al recuperar los zapatos en el mundo “civilizado”, entró como oyente en la Universidad de Florida, donde su madre ejercía la docencia. Y de una forma más o menos irregular fue saltando –sin dirección– entre cátedras dispares durante casi un par de años. Hasta que la hermana mayor le encontró una tarea ajustada a sus intereses: lo contrataron como guía para científicos que iban con sus alumnos a estudiar las corrientes de “El Niño” y después para llevar a un ornitólogo a las Galápagos y luego a un paleontólogo a la cordillera boliviana… “Imagínate, yo con veinte años y tenía que montar las expediciones en Suramérica de ese grupo que se llamaba Los Oceánicos”. Obviamente, dijo que sí. Y a los tres días voló a preparar –y a improvisar, hay que decirlo– todo para recibir a sus clientes en Perú.

Más tarde, en 1979, ya asentado en Lima y justo cuando planeaba una incursión solitaria por el Amazonas, un anuncio en el diario de lengua inglesa Lima Times le pareció una buena oportunidad para alimentar sus menguadas finanzas: buscaban reporteros.

“Y entré y dije: yo puedo. Ahora me doy cuenta que los editores vieron a un chico muy inquieto, muy disperso, cuentero y me dejaron solo como un mes: ‘escribe tus crónicas de viaje’. Y yo feliz de la vida hice cuatro o cinco. Por cierto, las he encontrado en los últimos años. Hay cierta verborrea en esas notas, pero el hilo conductor es algo parecido a lo que siempre he hecho: ir a dónde me llevaba la nariz, el olfato. Me fascinaban las historias que contaba la gente, los mitos que tenían, su situación en esa frontera entre lo silvestre y lo civilizado. Y al agotar las experiencias en las crónicas me dijeron: ‘ahora a las noticias’. Y poco a poco como que fueron tratando de adiestrarme. Y yo feliz. Aunque me pagaban una miseria, el equivalente a 120 dólares mensuales”.

– Pero ya habías conseguido la guía que necesitabas: primero en la aventura naturalista y luego en periodismo
–Claro. Era lindo. Me encantaba. Después de mucho tiempo, ya estando como periodista de guerra en Centroamérica, yo mismo me hice la pregunta: qué pasó con la exploración, con la parte naturalista; porque siempre pensé que iba a trabajar con animales o con tribus; con el mundo natural. Y me quedó eso como truncado. Es recién, en los últimos años que me he dado cuenta de que la exploración sigue, pero es una exploración distinta. Ya no me tocó nacer ni vivir en el momento en que era importante llegar, por ejemplo, a la cabecera de un río. Hoy puedes transitar el río mil veces, pero lo que realmente falta por descubrir está en la mente de la gente. Y ese ha sido un poco mi matiz desde entonces: el mundo está aparentemente explorado, pero no es así. Entonces yo llego hoy en día a Afganistán consciente de que si bien estamos en el año 2007 voy a toparme con gente para quienes es 1386. Y lo es. Y eso me llena de emoción y me doy cuenta de que todavía puedo descubrir. No importa tanto el tránsito geográfico.

– Ahora exploras a los mamíferos superiores…
–Claro. Y de vez en cuando me doy el gusto de encontrar a algún animal por ahí.

– Cuando vas a estos lugares no buscas la noticia, sino la historia. ¿Cuál es tu guía en esos momentos?
–Cuando se trata de un acontecimiento de noticia diaria, como pudiera haber sido una de estas guerras donde todo el mundo tenía puesta la lupa o como pudiera ser Katrina, cuando fui a Nueva Orleáns; tenía que estar consciente de que trabajaba con un semanario y necesitaba algo que no solamente fuera de actualidad y relevancia. Hay que pensar en pequeño, no en grande. Hay que buscar el detalle. Buscar una historia pequeña que la puedas conocer íntimamente y así dibujar algo que impacta y compenetre al lector lejano con ese ambiente. Y que sea como sea rompe un poco el molde de la cobertura informativa diaria. Y algo que ojalá perdure y sea aleccionador sobre lo que sucede en ese terreno. Humanizar un poco el ambiente.

A veces se te presenta nada más. Pero ante una cosa tan cruenta buscas algo que ofrezca una lección o una sensibilización en torno al evento. Pero no es un proceso tan consciente. No es que yo iba buscando, por ejemplo, a un iraquí que fuese buena gente. No. Hay periodistas que son así, muy maniqueos y que ya saben lo que quieren hacer cuando van sobre el terreno. Yo nunca lo sé.

 

jon_lee_anderson_02
Atrapado por Guevara

–¿Por qué seduce tanto la figura del Che? ¿De verdad es sólo producto de la maquinaria de propaganda cubana?
–No únicamente, aunque eso por supuesto ayuda a sustentarlo. Creo que el Che resuena con nuestras nociones –y hablo del gran colectivo– de lo que es un héroe. Le ayuda el hecho de que sea físicamente hermoso o así luce en las gráficas que nos quedan de él. De todos los personajes de los años 60 emerge como el mártir de los ideales truncados de una generación, el que ejemplariza el esfuerzo por cambiar el mundo. Hubo diferentes estirpes de ese cambio, era una época apocalíptica y que desencantó de diferentes maneras.

–No deja de ser curioso que muchos pacifistas enarbolen la bandera del Che, cuando esa no era precisamente su propuesta
Lo que pasa es que tanto la izquierda como la derecha utilizan al Che como les da la gana. Como está muerto es como una estampa, lo puedes poseer como quieras. Hay neonazis en Alemania que lo utilizan en sus marchas alegando que era nacionalista. También unos fascistas de Italia. Cualquiera lo agarra. Por eso es importante que haya biografías y documentales que lo consagran como alguien de carne y hueso. Siempre va a haber esta tendencia que es muy fuerte de mantenerlo en el plano mitológico, sea como santo o como demonio.

A mi me encanta, por ejemplo, toparme con un fiel de estos que comienzan a hablar del humanismo del Che, así con la voz temblorosa y lleno de compasión y, de pronto, le pregunto: ‘qué piensas de cuando el Che dijo que añoraba inclusive a la bomba atómica, que la recibiría con ganas con tal de que eso hiciera posible cambiar al mundo’. No saben qué decir. O cuando dijo que era necesario sentir odio hacia el enemigo. En fin, hay aspectos del Che que no son cómodos para la gente que quiere destilarlo como una ovejita de Dios, como una especie de Gandhi o de Cristo de la izquierda. Y no lo fue.

Claro, es cierto que el Che nunca llegó ni a buscar ni a utilizar la bomba atómica y que por más que en su retórica a veces era muy furibundo, en la práctica –con la excepción de su periodo más radical cuando se formó como guerrillero en Cuba y después del triunfo con los juicios sumarios– en el resto de su vida no era tan draconiano. En el Congo y en Bolivia no fusiló a nadie, cuando quizás debía haberlo hecho, hablando en términos prácticos militares. Era un hombre en evolución constante. Y así queda: como un cuadro incompleto del cual todo el mundo quiere poseer y sacar un pedazo e interpretarlo a su manera. Pero la evidencia y los hechos son ineludibles, ¿cómo haces con esa parte? Al final, enfréntalo. No lo hagamos un fetiche: miremos de frente. Era un tipo singular, sea como sea. Lo puedes desvirtuar si quieres, pero si lo miramos bien igual se queda como un personaje del siglo.

–Tiene una fuerza tremenda como personaje y persiste pese a ser un tipo que fracasó en sus metas
–Sí, pero su legado no es de fracaso sino el de alguien que lo intentó.

–Claro, pero ¿cuál es su obra? No dejó algo que se pueda considerar como tal
–Es su legado: el de la voluntad. Hay una disputa sobre si hay que recordarlo como un fracasado y maniático, o como una especie de pan de Dios. Pues no era ni lo uno ni lo otro. Era un tipo que quiso cambiar al mundo. No importa que haya fracasado en vida, lo que dejó es un legado muy potente. Su imagen misma significa algo: el desafío al estatus quo, la voluntad férrea de un solo individuo para cambiar al mundo. Y eso es un ejemplo y un desafío ante la Historia. Y un recordatorio: ojo, si no hacemos bien las cosas emergerá gente como ésta, que con voluntad, suerte y en medio de una coyuntura, puedan hacer muchas cosas para el bien o para el mal. A 40 años de la muerte del Che, ¿a quién tenemos? A Osama Bin Laden. Si le restas la parte islamista de su discurso, ¿de qué habla? De la injusticia, la desigualdad, el abuso del gran capital, de que el enemigo de la humanidad es Estados Unidos. Comparemos a los dos personajes: el Che preconizaba la lucha armada pero rechazaba al terrorismo que caracteriza a Bin Laden, el terrorismo como táctica política.

–¿Y cuál es el factor común en ellos?
–Un mundo incompleto donde hay desigualdades, injusticia, políticas cerradas que son elementos que los ayudan a operar y a nutrirse.

–Siguiendo eso, también la voluntad de intentar cambiarlo según sus esquemas, sean equivocados o no
–Exacto. Creo que nos revelan mucho más sobre nuestro mundo de lo que quizás nos damos cuenta. No es una justificación, sino decir “ojo, esto ya ha pasado mucho”. En el pasado lejano hombres así han emergido y han formado hasta religiones a base de sus legados. Hay iglesias por todo el mundo en nombre de estos señores que se fueron al monte inconformes con el estatus quo, tuvieron visiones en las que Dios les habló, y han cambiado el mundo. Y es la voluntad de un individuo, siempre, un solo individuo que en una coyuntura logró tener un efecto mayor. Ahora, el Che era secular, pero hay una especie de religiosidad en torno a su figura, que es interesante.

–También hay mucha aproximación superficial
–Claro, eso de que eres lo que vistes: una camiseta del Che y ya eres rebelde. Pero eso es más cierto en el Norte que en el Sur. Cuando hay una marcha en Argentina o en Venezuela y se usa su imagen, lleva más peso, tiene un contenido político que no lo tiene cuando una chica sale por una pasarela con vestidito estampado con la cara del Che.

–Es interesante como el sistema lo deglutió y lo convirtió en un producto. Esas formas tan superficiales y tan variadas que hay para aproximarse a él, ¿no tienen que ver con que lo que dejó no es una obra concreta sino un ejemplo?
–Sí, son lineamientos, es un ejemplo, algo efímero, pero como fue encarnado en vida tiene cierta sustancia. La verdad es que aunque fue un fracasado, lo que preconizó era factible. Pendía de un hilo, pero vivió y su accionar fue en la única década del siglo XX donde lo que proponía era factible. Y él lo visualizó y se cristalizó en ese momento. De vez en cuando esas coyunturas se prestan y esos personajes emergen. Claro, no todos son ni serán universalmente conocidos. Eso es lo fascinante del Che, que lo que propuso era tan grande y lo hizo en un momento en que no sólo le parecía realizable a él sino también a millones de personas. Ahora lo miramos casi como ciencia ficción, pero estamos en tiempos en que otros, con otros matices, buscan algo parecido o cambios y transformaciones tan grandes. Lo que me fascina de él es la voluntad y el hecho de que no sé si los hombres hacen las coyunturas o se forman a través de ellas. A algunos se los tragan. Es curioso, pero es como una máxima de la historia humana y hay que tenerlo presente.

 

jon_lee_anderson_04

–Viendo hoy ese libro a la distancia, ¿qué te dejó todo ese trabajo?
–Como una especie de responsabilidad ante la historia, porque la gente me lo sigue cuestionando. Me siguen preguntando y preguntando. No puedo apartarme de eso.

–Y además te confrontan
–Sí, claro.

–Puede ser como una pesadilla
–No llega a ser una pesadilla, pero sí es una responsabilidad. Y están en su derecho de cuestionar mi versión de la historia. Y como mi versión se ha regado mucho y tiene muchos adeptos y muchos críticos, entonces camina sola. Es decir, refieren a mi obra o a lo que yo dije en tal episodio como si yo fuera una especie de experto, cosa que nunca visualicé al escribir la biografía. Pero tengo que asumir eso. A veces me saca de quicio… pero ni modo, así es.

 



Deja un Comentario

blank