Así se cuenta una historia
Casos y Rostros Mayo 11th, 2006
Paso a la caballerosidad: primero las damas.
Leila Guerriero se fue al extremo para hacer este gran reportaje. Literalmente. Los suicidas del fin del mundo (Tusquets Editores, 2005) no engaña con su nombre, porque esta terrible historia sucede, en efecto, en ese fin de los mapas que es la Patagonia argentina, en un pueblo azotado por el viento y castigado por el olvido y la indiferencia.
Allá en Las Heras, la periodista Leila Guerriero –firma habitual en revistas como Gatopardo y la limeña Etiqueta- pasó los días andando entre fantasmas y entre vivos que aún no comprenden del todo cuál fue esa fuerza silenciosa que sin dar aviso, sin amenazar siquiera, fue conduciendo a tantos jóvenes al mismo destino: un alambre al cuello, una viga, un poste de luz. La misma elección, siempre ahorcarse.
Guerriero, nacida en argentina, había publicado un sorprendente reportaje sobre esta historia en la revista Gatopardo pero ahora, visto así, concebido como un libro y con enriquecedores añadidos, resulta un documento casi devastador, una pieza periodística donde el narrador busca y rebusca en la memoria de testigos, de familiares, de dolientes, de papeles, de autoridades, en la propia memoria muda de los sitios, en los rastros que dejaron los suicidas, en el extraño clima del pueblo, en el aún más extraño clima interior de sus habitantes; y entra y sale de la escena dejando sólo los elementos necesarios escritos con una prosa limpia que sabe equilibrar las cargas emocionales de un drama colectivo de este calibre.
“Entre noviembre de 1997 y el último día de 1999 se suicidaron en Las Heras 12 hombres y mujeres. Once de ellos tenían una edad promedio de 25 años y eran habitantes emblemáticos de la ciudad, hijos de familias modestas pero tradicionales: el bañero, el mejor jinete de la provincia, el huérfano criado por sus tías y sus abuelos”, cuenta Guerriero en su libro. Y continúa: “La lista oficial de esos muertos no existe. Ni el Municipio ni el Hospital ni el Registro Civil creyeron necesario reconstruirla y entonces todos inventan: fueron 22 en menos de un año, fueron 19 en dos años y pico, fueron tres y la gente exagera.
Pero los de 1997 ni siquiera fueron los primeros”.
¿Qué sucedió en Las Heras? La respuesta a la pregunta no se consigue: “Porque sí, porque no había nada para hacer, porque estaban aburridos, porque no se llevaban bien con sus padres, porque no tenían padres o porque tenían demasiados, porque les pegaban, porque los hacían abortar, porque tomaban tanto alcohol y tantas drogas (…) porque hubieran preferido nacer en otro lado (…) Teorías. Y las cosas, que se empeñaban en no tener respuesta”. Y lo peor, es que sigue sucediendo.
El colombo-maracucho Sinar Alvarado es el más joven de este trío. Colaborador del diario El Nacional trabaja a lomo de avión entre Caracas y Bogotá donde hoy reside dando marcha a su plan de sostenerse como periodista independiente.
Alvarado también llevó una historia a la revista Gatopardo. Una con tanta fuerza y tanto por contar que tenía que convertirse en libro: la de Dorancel Vargas, aquel temible y singular personaje al que bien rápido conocimos en Venezuela como “el comegente”.
Sacando del olvido esa tragedia criolla escenificada en el Táchira, Alvarado presentó su texto a consideración del jurado encargado de elegir al ganador que estrenaría la primera edición del premio de periodismo Random House-Banco de Venezuela. La decisión fue unánime y Retrato de un caníbal -¿acaso podía haberse titulado de otro modo?- se alzó con el primer lugar y la inmediata publicación en la colección Debate, de la casa editorial Random House.
Alvarado también viajó. Encontró puertas cerradas, pero por fortuna muchas más abiertas. Aquella estremecedora revelación de 1999 –un caníbal en San Cristóbal- emerge en su texto limpiándose el polvo de la desmemoria y dibujando a las víctimas y al victimario con un fino lápiz de trazo prolijo y preciso puesto en manos de un investigador más atento al detalle, a lo que pasó, al dato cierto, que a la especulación y al adjetivo. Alvarado, a diferencia de sus colegas de estas páginas, es el narrador que cuenta desde afuera, el que mira, recopila e investiga, para luego dejar que sean los hechos y los protagonistas los que se muestren al lector, aunque eso sí, marcando los tiempos y compases de esta macabra sinfonía.
“Desde que llegó a la cárcel, con su barba en desorden y su melena enmarañada, los ladrones lo respetan. ‘¿Este es el famoso Comegente?, ¿éste es el asesino?’, preguntaron al verlo llegar. El sonrió y les dijo que sí, que él mismo era: ‘Yo soy Comegente’”.
Es imposible escribir sobre el trabajo de Alberto Salcedo Ramos sin admiración. Porque no hay otra manera de decir que este caballero se ha ganado tres veces el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, de Colombia; el premio Internacional de Periodismo Rey de España y en 2004 fue uno de los finalistas del premio de la Fundación Nuevo Periodismo-Cemex. Hay más, pero estas líneas no son para hablar de premios…
El barranquillero Salcedo Ramos –para muchos considerado el mejor cronista de Colombia– es uno de los más recientes autores añadidos al catálogo de la colección Debate. Y El oro y la oscuridad, su libro sobre “la vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé” es, página tras página, una magnífica lección –entre otras cosas– de cómo es que el periodismo se abraza a la literatura sin temores ni riesgos de perderse en ese ayuntamiento de géneros, misiones, estilos y sustancias.
Salcedo Ramos pateó las calles de Cartagena y vino a parar a Caracas recorriendo la ruta de un tal Antonio Cervantes, un negro pobrísimo nacido el 23 de diciembre de 1945 en el pueblo de Palenque, que llegó a Venezuela siendo un boxeador de tercera categoría y salió de aquí convertido en el primer campeón mundial de peso welter de pasaporte colombiano. Y fue más que eso: Pambelé es una leyenda, es el hombre que por primera vez puso a su país en el mapa de los grandes sucesos deportivos y su impresionante gesta le llevó, en 1998, hasta el Salón de la Fama de la Asociación Mundial de Boxeo.
Hoy Pambelé es una sombra, un fantasma que arma penosos alborotos en bares de mala muerte o en cualquier lugar que se le antoje al maldito genio de la locura que se aloja en su cerebro. También puede ser, cuando el genio duerme sin alcohol ni drogas que le llamen a escena, un perfecto y amable caballero muy digno de su mejor fama.
A esa sombra y a ese hombre esquivo que aún alimenta su ego de campeón retrata Salcedo Ramos en este libro en el que múltiples voces hacen el coro que canta el auge y caída de un personaje complejo y entrañable.
“Para la mayoría de la gente en la calle, Pambelé es, a pesar de todo, un espectro inofensivo. Lo ves en la televisión, lo ves en el periódico, lo ves en tu barrio, lo ves en la sopa, pero al fin y al cabo verlo no te mata. Él allá y tú acá. Él, envuelto en llamas, y tú, fresco. Él, en el fondo del pantano, y tú, a salvo en tierra firme. Es cierto que, si va tomado o drogado y tú te le acercas, el problema es inminente. Mantén una prudente distancia y conjurarás cualquier peligro. De todos modos, hay que admitirlo, puede ocurrir que te lo tropieces de frente en un espacio reducido y él te conecte con su mortífero uppercut de izquierda en la punta de la barbilla. Pero en ese caso, viejo, te tocará reconocer que la culpa no es de Pambelé, carajo, sino de tu mala suerte (…) No temas, que él se va alejando, se va alejando, se va alejando y se va alejando, hasta convertirse en una rastra de humo en la memoria”.


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