El poeta y la ciudad

Caracas Agosto 10th, 2007

eugeniomontejo_002 Eugenio Montejo nació en Caracas en 1938. Entre sus poemarios destacan Élegos (1967), Muerte y memoria (1972), Algunas palabras (1976), Terredad (1978), Trópico absoluto (1982), Alfabeto del mundo (1986), Adiós al siglo XX (1992), Partitura de la cigarra (1999), Papiros amorosos (2002) y Fábula del escriba (2007). En 1998 fue merecedor del Premio Nacional de Literatura.
Por Lorena Briedislbriedis_n@yahoo.com

–¿Cuántos años ha vivido en la capital? ¿En qué lugares de Caracas se ha residenciado?
–Nací en Caracas y pasé aquí los primeros años de mi infancia. Viví en Valencia durante mi juventud, una época en que solía venir a la capital con frecuencia. Permanecí en el exterior durante algunos años y luego, a fines de los setenta, regresé a vivir aquí definitivamente.

eugeniomontejo_001 –¿Qué significa Caracas para usted? ¿Cuál es la Caracas de Eugenio Montejo?
–La ciudad donde nacimos fatalmente nos marca. Sospechamos que algo más que la casualidad determina esos vínculos, aunque no nos resulte fácil definirlos. La ciudad de cada uno es la de su memoria, y ésta se desplaza según los años. La Caracas de mi juventud era Sabana Grande y sus alrededores, el barrio bohemio donde se concentraba la inquietud intelectual y artística de la época. Más tarde han sido otros lugares de la ciudad, y hoy es el barrio de Los Palos Grandes, donde aún es posible caminar y departir con escritores y amigos.

–¿Es Caracas una ciudad para la poesía? ¿En qué consiste la poética de Caracas? ¿Ha sido alguna vez la ciudad fuente de inspiración para su poesía?
–Caracas debería ser una ciudad para la convivencia más humanizada, pero por motivos históricos y políticos, se ha convertido en una ciudad difícil y por momentos intratable. Ya en ella parece no caber un auto más, y el auto y el hombre no están llamados a seguir viviendo juntos por demasiado tiempo. En cuanto a la visión sentimental de la ciudad, ésta se define por la imponente presencia del Ávila. En tal sentido, quienes aman profundamente la ciudad y se preocupan por conocer su historia, por defender su espacio humano y su futuro pueden ser llamados avilógrafos. En cuanto a mi poesía, algunos poemas que he escrito la mencionan con devoto cariño. En mi último libro, Fábula del escriba, aparece un poema intitulado

“Caracas bajo el azul de enero”.
Constantin Kavafis en su poema “La ciudad” afirma: No hay tierra nueva, amigo mío, ni mar nuevo, / pues la ciudad te seguirá, / por las mismas calles andarás interminablemente / los mismos suburbios mentales van de la juventud a la vejez, / y en la misma casa acabarás lleno de canas… / La ciudad es una jaula. ¿Cuál ha sido la experiencia de Eugenio Montejo con respecto a la visión que tiene Kavafis de la ciudad durante sus años de diplomático en el extranjero, fuera de Caracas, específicamente? ¿Le ha seguido la ciudad de Caracas a otros lugares del mundo?
–Sí, la ciudad parece seguir al hombre dondequiera que éste vaya, la ciudad y los paisajes que conforman sus visiones y recuerdos. Es necesario alejarse durante algún tiempo para saber cuánto dependemos afectivamente del tono de las voces, de la luz que nos ha modelado, del canto de los pájaros oído desde la infancia y del perfume y la forma de los árboles nuestros. Los poetas venezolanos de 1918 convivieron de un modo casi místico con el paisaje caraqueño de principios de siglo; para ellos, el Ávila era algo más que una hermosa montaña, y como tal la reconocían y se reconocían en la contemplación de sus colores. Fueron ellos los primeros en nombrar con plenitud los árboles de nuestra flora: el urape, el bucare, el apamate. Por otra parte, con los años y los desplazamientos que vivimos, otras ciudades llegan a nosotros, con sus distintas voces que también nos llaman, con sus diferentes colores y lenguajes que nos reclaman amorosamente, pero como dice Bello: “naturaleza da una sola madre y una sola patria”.
Orfeo, lo que de él queda (si queda), / lo que aún puede cantar en la tierra, / ¿a qué piedra, a qué animal enternece? / Orfeo en la noche, en esta noche / (su lira, su grabador, su casete), / ¿para quién mira, ausculta las estrellas? / (…) Viene a cantar (si canta) a nuestra puerta / (…) Aquí se queda / aquí planta su casa y paga su condena / porque nosotros somos el Infierno. (“Orfeo”, Muerte y memoria, 1972).

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–Por esta calle se va a Ítaca / y en su rumor de voces, pasos, sombras, / cualquier hombre es Ulises, declara usted en su poema “Ítaca”. Sobre esta misma línea discursiva, ¿quién es Orfeo, es decir, el músico, el poeta, en una ciudad como Caracas?
–A ver, preguntemos primero quién es Ulises. Digamos que acaso una ciudad, para ser tal, debamos sentir que se comporta como Calipso: una diosa que retiene a un mortal porque a éste se ha aficionado, o más bien se ha prendado, y lo ha hecho de tal modo que casi rechaza la voluntad del supremo Zeus, cuando le ordene dejarlo libre. Cualquier hombre, pues, puede encontrar en una ciudad adonde llegue a su Calipso, pero ay de él. En cuanto a Orfeo, ya el asunto es más difícil. Después de la era industrial resulta casi imposible la contemplación, y sin contemplación no hay canto legítimo. Quizá lo que quede de Orfeo entre nosotros sea hoy el grito del tordo negro, el grito del último pájaro urbano que se resiste a dejar la ciudad, y por ello defiende —en medio del tráfico y de todos los ruidos citadinos— su espacio y su canto.
…Por esta calle, en cualquier auto, / hacia el norte o hacia el sur se viaja a Ítaca. (…) Aun sin moverte, como estos árboles / hoy o mañana llegarás a Ítaca. /Está escrita en la palma de tu mano / como una raya que se ahonda / día tras día. (“Ítaca”; Alfabeto del mundo, 1986).

–¿Ha vislumbrado Ítaca desde Caracas?
–Cada hombre lleva su Ítaca tatuada sobre su corazón en alguno de sus sueños. Desde su nacimiento se sabe en tránsito hacia ella. Aclaremos, sin embargo, que en nuestra lengua sentimental el nombre de Ítaca es Manoa.
Manoa no es un lugar / sino un sentimiento. / A veces en un rostro, un paisaje, una calle / su sol de pronto resplandece. / Manoa es la otra luz del horizonte, / quien sueña puede divisarla, va en camino, / pero quien ama ya llegó, ya vive en ella. (“Manoa”; Trópico absoluto, 1982).

–Parafraseando a Heidegger, ¿cree usted que el poeta habita la ciudad con su poesía o que la poesía y la ciudad son residencias autónomas para él?
–No sabría responder. Más simplemente diría que la ciudad y el poema se corresponden como un mapa se corresponde en proporción y armonía con el ámbito que resume. A medida que cambia la geografía de la ciudad, cambia también el dibujo del poema. La Caracas de Pérez Bonalde y Gutiérrez Coll es distinta de la de Paz Castillo y Fombona Pachano. La de estos es diferente de la que vieron los poetas del grupo Viernes, como la de los sesenta es distinta de ésta de hoy.
Cruzo la calle Marx, la calle Freud; / ando por una orilla de este siglo / despacio, insomne, caviloso (…) / Cruzo la calle Mao, la calle Stalin; / miro el instante donde muere un milenio / y otro despunta su terrestre dominio. / Mi siglo vertical y lleno de teorías… / Mi siglo con sus guerras, sus posguerras / y su tambor de Hitler allá lejos, / entre sangre y abismo… (“Adiós al siglo XX”; Adiós al siglo XX, 1992).

–A propósito de su poema, ¿cree usted que la ciudad de Caracas le ha dicho adiós al siglo XX?
–Es muy conocida la afirmación de Picón Salas según la cual nuestro país sólo llegó al siglo XX el año de 1935, a raíz de la muerte de Gómez. Siguiendo el hilo de su pensamiento, diría que aún estamos lejos del siglo XXI, por más que se le mencione en un lema socorrido. El siglo XXI, a mi ver, supone en Latinoamérica la afirmación definitiva del orden civil y el cese del predominio militarista, entre otras cosas. Lo demás es confundir un tambor con una brújula.
Tan altos son los edificios / que no se ve nada de mi infancia. / (…) Caracas, ¿dónde estuvo? /
Perdí mi sombra y el tacto de sus piedras, / ya no se ve nada de mi infancia. (“Caracas”, Terredad, 1978).

–Rilke decía que su patria era la infancia; ¿dónde está, entonces, la patria para usted?
–Mi maestro Blas Coll afirmó alguna vez que solemos reconocer al instante aquello que hemos amado en otra vida. Así, creo yo, ocurre con la noción de patria, siempre tan inasible e imprecisa. Logramos identificarla fugazmente en un perfume, una mirada, en la manera de entonar algunas palabras. Durante un breve instante creemos entreverla y luego desaparece.

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Caracas

Tan altos son los edificios
que no se ve nada de mi infancia.
Perdí mis patios con sus lentas nubes
donde la luz dejó plumas de ibis,
egipcias claridades,
perdí mi nombre y el sueño de mi casa.
Rectos andamios, torre sobre torre,
nos ocultan ahora la montaña.
El ruido crece a mil motores por oído,
a mil autos por pie, todos mortales.
Los hombres corren detrás de sus voces
pero las voces van a la deriva
detrás de los taxis.
Más lejana que Tebas, Troya, Nínive,
y los fragmentos de sus sueños,
Caracas, ¿dónde estuvo?
Perdí mi sombra y el tacto de sus piedras,
ya no se ve nada de mi infancia.
Puedo pasearme ahora por sus calles
a tientas, cada vez más solitario;
su espacio es real, impávido, concreto,
sólo mi historia es falsa.

(Eugenio Montejo; Terredad, 1978).

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