Desde 2006 no presentaban nuevo material discográfico. La espera, sin embargo, fue bien recompensada. Su nuevo compacto trae de todo y repotencia la identidad sonora de esta banda que es casi patrimonio nacional: ska, ritmos latinos y conciencia
Por Oscar Medina — Fotografía: Jorge Pineda
Tras 25 años de carrera todo debería ser tan sencillo: aplicar la misma fórmula una y otra vez, calcular qué es lo que quiere la gente, qué es lo que querrá el programador de radio y hacer lo que haya que hacer para mantenerse a flote, vender discos y conseguir contratos. Desorden Público, sin embargo, se empeña en transitar la vía difícil: se meten los nueve integrantes en el estudio durante un montón de horas a tocar y a grabar, a aportar cada uno lo suyo, a construir los temas como si se tratara de piezas únicas que sólo podrían existir si cada miembro de la banda talla su parte con esmero y plena conciencia de que la creación es colectiva.
“Es como un trabajo de taller”, explica Danel, baterista de la agrupación: “Todos participamos con nuestros instrumentos en la producción de las canciones. Cada quien aporta lo que de verdad siente y todos respetamos el trabajo del otro. Esto es mucho de ensayo y error. Algunas canciones salen a la primera y hay otras a las que le damos tantas vueltas que ni se graban”.
Los Contrarios es el recién editado disco de este combo más que emblemático de la movida ska venezolana. Para llegar a los quince tracks de este compacto dejaron por fuera otros trece. “Nos gusta grabar como banda”, señala Danel: “Lo hacemos estilo old school. Nuestros discos son muy orgánicos, tratamos de mantenernos dentro de lo tradicional: en un estudio grande, durante muchas horas. Es un proceso delicado, muy artesanal”. Aquí nadie va a encerrarse en una habitación a hacer canciones con una computadora. Eso no comulga con el espíritu de la agrupación que siente la necesidad del diálogo entre todos sus componentes. A eso se aferran. Y gracias a eso, también, han llegado a establecer una impronta sonora inconfundible.
Oscar Alcaíno, mejor conocido como Oscarello, tenía 28 años cuando tocó por primera vez con Desorden Público. Le invitaron a hacer un solo de timbal durante una presentación en directo con estos tipos raros que empezaban a motorizar una corriente subterránea de ska en una Caracas que parecía no saber mucho de eso. Para Oscarello, que venía del mundillo de la salsa y de algunos experimentos de fusión latina, estos muchachos menores que él eran radicales en su onda de ska y punk con acento británico: “Al final me enchufé y quise seguir tocando con ellos”, dice.
El tiempo pasó, el diálogo sonoro fluyó y en cierto momento —que algunos fijan con la aparición del disco Canto popular de la vida y la muerte (1994)- la banda terminó de perfilar esa identidad particular que hace posible el encuentro del vasto universo de ritmos latinos con el ska: el sello de Desorden Público.
Eso, por supuesto, también es este disco en el que, como dice el vocalista Horacio Blanco, hay de todo: muchos caminos abiertos que al mismo tiempo transitan sobre la base del género que le dio origen a la agrupación. Todo queda muy claro al pasearse por sus canciones: merengue, calypso, pianos en montuno, reggae, cumbia (…) pero con la estructura del ska sosteniendo la armazón y las bases. “El ska es la columna vertebral de los temas”, apunta Coco (Francisco Díaz), productor del disco y tecladista de la agrupación.
“Cuando comenzamos, en 1985, lo hicimos sin mucha conciencia de nada”, señala Horacio: “No sabíamos que estábamos entrando en un circuito de trabajo como éste. Y esa inocencia le dio a la banda un empuje bien interesante. Sentíamos que la noción compleja de la industria no era para nosotros. Y es lo mismo que sentimos hoy. Sigo percibiendo que hay mucha similitud entre lo que hacíamos y lo que hacemos ahora, que es el mismo proceso artístico y creativo. Y aunque hoy manejamos más herramientas tecnológicas y personales —por nuestra formación profesional-, siento que es el mismo Desorden. Nacimos como una banda muy crítica del entorno y que al mismo tiempo aspiraba a gritarle unas cuantas verdades al mundo, con una estética —en el sentido pleno de la palabra- alternativa. Aprendimos del punk la filosofía de ‘si quiero, lo hago?. Desorden siempre ha sido así. Si queremos hacer la más arrabalera de las cumbias, mezclada con ska y electrónica, la hacemos. Las reflexiones vienen después”.
Dale play
El compacto arranca con el característico sonido de la sección de metales de Desorden y el subidón de optimismo que es ese tema llamado Sale el sol. Continúa con ánimo de juerga ska con Música de fiesta. El tercer tema sigue por esa onda, pero en clave de merengue y retrata a Caracas desde su título: Ciudad de los locos. Pero luego surge otra de las constantes en la lírica de los desordenados: la aproximación crítica a ciertos aspectos sociales o a situaciones de actualidad.
Si una muy buena canción se llama El poder emborracha, no hay mucho más que decir salvo que, en este caso, a la voz de Horacio se suma la de Rubén Albarrán, el frontman de la reconocida banda mexicana Café Tacuba. A esa le sigue, Los caimanes, una suerte de sátira muy ska sobre el canibalismo corporativo, el afán de competencia, las ganas de sacar a todos del camino “en el gobierno, en las empresas y en el peor de los infiernos”. Suena a continuación un preludio, una introducción con guitarra eléctrica en punteo de trova al tema Los contrarios, que da nombre al disco y que constituye la apuesta más arriesgada que hace Desorden Público en su placa número 11: hablar de la polarización política que crispa los nervios del país.
Llegados a este track, Horacio advierte: “Me llama la atención que es difícil encontrar en la música que se hace hoy, visiones críticas de lo que estamos viviendo. Hay algo en el hip hop y en el reggae, pero en otros géneros no. Extraña que en un país con una realidad tan compleja no hayan bandas diciendo cosas. Me gusta que desde la óptica de la polarización, este disco es difícil de etiquetar. Nosotros somos músicos, antes que cualquier otra cosa. En este país hay un grupo importante de personas que decidió asumir el guión de los políticos en pugna y ver todo desde ahí. Pero la música no funciona así. Las expresiones artísticas generan, por antonomasia, espacios de convivencia. Queremos hacer música para que la gente la escuche más allá de sus preferencias políticas. Escogimos el título Los Contrarios porque va directo al problema de la intolerancia. Estoy consciente de que no es un asunto fácil, pero nos estamos jugando esa carta”.
La canción número 8, Tierra de gigantes, retoma el optimismo, las ganas de creer en que aquí todos echamos para adelante. Y lo hace incorporando ritmos de calypso y las voces de las Hermanas Machado, de la agrupación Vasallos del Sol.
City of the Death es el primer cover de la selección: se trata de un tema de The Clash en el que participa Campino, miembro del combo de punk alemán Die Toten Hosen (el saxofonista japonés Kanikazu Tanaka, es otro invitado en el tema Los dados de la muerte). En realidad son tres las versiones ajenas: la segunda es Dispersos, original de Alí Primera, y que vuelve sobre la necesidad de unir a la gente. La tercera cierra el disco con algo de luz, luego de esa tanda crítica y del sabroso sarcasmo de Llora por un dólar, y es It Must Be Love, abordada con elementos latinos y dub concebida en su momento para un disco homenaje a Madness editado en Francia hace ya un par de años.
El sonido de Los Contrarios le debe mucho a su productor: “Lo que quería era algo un poco más agresivo, con las guitarras adelante aunque siempre manteniendo el sonido steady de Desorden”, dice Coco: “Y también jugar con baterías más comprimidas para lograr un tono más inglés en ese sentido”.
El disco, calcula, llegó al estudio 60% ya estructurado a fuerza de ensayos. Y una vez grabado todo, la banda alzó vuelo —literalmente- y Coco se quedó enfrascado en sus labores de productor.
No sólo hubo elementos que regrabó o rehizo a su manera. También durante las sesiones en estudio alzó la batuta: “Traté de sacarlos de la zona de confort. Fui un poco más firme al indicar por dónde quería que se llevara el sonido. Afortunadamente, a la banda le gustó y todos estamos contentos”.
Abrir con esa onda optimista fue decisión unánime: “Todos coincidimos en que debía arrancar con Sale el sol y Música de fiesta. De ahí en adelante, fue como imaginar un concierto de Desorden Público”.
Faceta de papás
Oscarello
El percusionista de Desorden Público tiene dos hijas que son fanáticas feroces de la banda: “Van a los conciertos, a los ensayos, se saben todas las canciones. Los del grupo son como su familia, es una relación bien chévere”.
María Victoria, de 18 años, avanza en sus estudios de piano y Camila, de 12, estudia canto. Ambas son melómanas como su padre, y aunque no les llama mucho la atención la percusión, de vez en cuando en casa suena alguna descarga familiar y hasta les gusta escuchar a maestros como Gerardo Rosales y el gran Palmieri. “La mayor está practicando ahora ritmos latinos y a veces me pongo a tocar con ella. Y a la menor la pongo a tocar güiro conmigo”, dice.
El nacimiento de María Victoria no supuso mayores cambios en la dinámica del padre que también es odontólogo: “Lo que puedo decir es que me dio más vida para seguir trabajando. Y me encanta involucrarla con la música. A ella y a Camila. Hemos ido a ver muchos conciertos, a Paul McCartney, a Durán Durán. Aunque, claro, también les gustan sus vainas pop”.
Danel
“Estoy aprendiendo a ser papá”, dice. Y es cierto: Aurora nació hace 1 año y 3 meses. Danel tiene 46 años y lo suyo con la música es a tiempo completo: forma parte de Papashanty Soundsystem, de La Sonora Ponzoña, de Círculo Dub y de The Clutch, una banda homenaje a The Clash en la que comparte con Caplís (compañero en Desorden Público) y Ulises Hadjis. En algún momento del día trabaja como diseñador. Y en otras noches como pinchadiscos.
“Yo sigo tocando, sigo haciendo música como siempre. Si cambio eso, me muero de hambre. Lo que sí hemos modificado son los horarios de ensayos. Los hacemos en las noches y como todos en Desorden somos padres, nos funciona bien”.
Coco
El productor y tecladista es padre de tres: Fabiana (8 años), Asia (3) y Matías (1 año, 10 meses). De modo que sabe qué se necesita: “Tener mucha organización. En esas edades los niños demandan mucho tiempo. No tienes la oportunidad de llegar a la casa y seguir trabajando en cosas pendientes. Yo tengo un estudio de grabación y eso implica operar en horarios complicados, por eso me organicé y puse un horario más tipo oficina”.
También reconoce que sin apoyo, no se puede: “En general requieres de una pareja con gran comprensión de lo que es tu trabajo. Mira que no es fácil lidiar con alguien que tiene que irse cinco semanas de gira (…) El tiempo que estás en casa, debes dedicárselo a los hijos. Evidentemente cambia tu vida social. Eso le pasa a todos. Y cuando estás de viaje das gracias a Dios que existe Skype”.
Horacio
Hoy en día su hija Nadia (17 años) vive en Roma. “Su aparición implicó un reordenamiento de muchas cosas en el plano espiritual y material. Y aunque no esté aquí y vernos sea complicado, saber que está bien, saber que existe y que es feliz, es algo extraordinario. Y creo que esa energía influye en mi trabajo creativo”.
El cantante recuerda un momento especial: “Me acompañó a una presentación sinfónica de Desorden. Fue muy interesante ver su reacción de mi trabajo en un contexto distinto, con una orquesta. Fue como si al mismo tiempo me viera como su papá pero también como otra persona”.
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El baile de Los contrarios 








