Que el mundo es una porquería ya lo sabemos. Hay evidencias de sobra y hasta un tango respetable que lo dice mejor que nadie. Por ejemplo: quieres ir a contracorriente, expresar un montón de rabias e ideas que te sacuden el cerebro, ubicarte al margen de todo para simplemente hacer lo tuyo como te plazca y terminas machacado, absorbido y transformado en emblema de eso mismo que tanto querías cuestionar: terminas convertido, por ejemplo, en una estrella del rock.
Tú no. Ni yo. Hablo de otros. Hay algunos que se empeñan a toda costa en consagrarse como ídolos generacionales, monstruos que activan una maquinaria asombrosa que no siempre saben cómo llevar de las riendas. De ese calibre fue, por ejemplo, Michael Jackson: obsesionado por ser más grande, más grande y más blanco, más blanco. Y están esos otros como Kurt Cobain que no lo buscaron. O sí, pero no tanto. Que evitaron el endiosamiento. Puede ser, pero no mucho. Que procuraron ser el bicho raro que no se atiene a los moldes. Pero tampoco tan raro. Y que, ya lo ves la vida es así, aportaron su carne a la vorágine del marketing y su sangre a la insaciable industria del consumo. Eso mismo de “la remerita del Che”, que canta Kevin Johansen.
Quién te manda Kurt Cobain a hacer un disco como Nevermind. Ese álbum de Nirvana acaba de cumplir 20 años. De hecho, son varios los discos importantes que recién alcanzaron las dos décadas: Ten, de Pearl Jam. Achtung Baby, de U2. El llamado “disco negro”, de Metallica. Out of Time, de REM. Innuendo, el último de Queen con el fabuloso Freddie Mercury aún vivo. Los dos Use your illusion, de Gun?s and Roses. Blood Sugar Sex Magic, de Red Hot Chili Peppers. Dangerous, de Michael Jackson. Y seguro algunos otros que se escapan.
En todo caso, el más celebrado, el más recordado por su aniversario ha sido Nevermind. Y eso tiene una buena explicación. Estamos hablando de uno de esos pocos y singulares discos que de alguna manera marcan un antes y un después y que definen y reflejan a buena parte de una generación. En las 12 canciones de Nevermind esa generación de jóvenes estadounidenses devenidos en punks de nuevo cuño, encontraron una voz y un espejo y hasta una etiqueta: eso que llaman grunge.
En consecuencia, la chispa prendió en otros países occidentales potenciada, como siempre, por la industria. La misma industria musical que vio en el grunge la nueva veta de la cual extraer oro durante un buen rato. Y así se multiplicaron las bandas y los muchachos de cuidado estilo desaliñado. Y la maquinaria. Y la maquinaria.
Nevermind, pese a todo, trascendió. Y no sólo en el universo pop. En 2005 la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos agregó el disco de Nirvana al Registro Nacional de Grabaciones, junto con otras producciones del siglo XX valoradas por su importancia cultural, histórica y estética.
Una de sus canciones, “Smells Like Teen Spirit”, es considerada himno de la década de los noventa. Se supone que dijo lo que muchos jóvenes querían decir. Sobre ella, Kobain poco ahondó. Pero su compañero Dave Grohl comentó alguna vez que Cobain escribió esa letra cinco minutos antes de cantarla por primera vez, apenas un palabrerío para acompañar acordes. En unos pocos meses de 1991 Nirvana grabó los temas y el disco salió a la calle con la modesta expectativa de vender 250 mil copias. Pero fue el bombazo que ya sabemos que es.
La banda alcanzó fama y gloria. Seattle se puso de moda. Muchas agrupaciones menores aprovecharon el empujón que les daba la existencia de Nirvana y Cobain fue elevado a la categoría de semidios martirizado por los demonios de su cabeza, el nuevo niño maldito atormentado por la fama, arrinconado por la droga y aparentemente dispuesto a abandonarlo todo para huir a un espacio más calmado.
Tras el golpe inicial, el sistema —como siempre— absorbió al elemento Nirvana y lo puso en su lugar: el de un producto. Hoy, la viuda de Cobain, la muy disfuncional Courtney Love, alimenta la teoría de una conspiración que la despojó de una herencia que en su delirio calcula en 250 millones de dólares. Sin embargo, ella, el resto de Nirvana y la malvada industria discográfica acordaron que 2011 sería el año de exprimir el legado de Nevermind: al menos cuatro ediciones especiales, discos de colección, grabaciones inéditas, raras como las maquetas originales de los 12 temas, dvd, blu ray… y, claro, millones de franelitas de Kurt y todo lo que pueda funcionar para hacer negocio. Después de todo, es lo único que realmente importa.
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