Hoy perdí algo valioso. Parte de integridad. Eché por la borda un estado casi de pureza. Y todo para escribir estas líneas: hoy, por primera vez en la vida, escuché canciones de Justin Bieber. Y no sólo eso: busqué sus videos en Youtube… y vi algunos.
Nadie me obligó a hacerlo. Fue una experiencia voluntaria. Periodismo gonzo. Inmersión. Puro riesgo.
Registro de datos: el clip del tema “Never say Never”, en el que hábilmente susurra y bailotea el hijo de Will Smith, ha sido visto más de 15 millones de veces. Al de “Love Me” (que es una canción ajena), le han dado play más de 85 millones de veces. Al de “Never Let You Go”, más de 150 millones. Y el de “Baby” pasa de 625 millones.
¿De qué clase de monstruo del pop estamos hablando? Bieber es un niño, quizás sobre decirlo pero hay que recordarlo. Apenas tiene 16 años y una periodista de Rolling Stone se refiere a “su capacidad sobrehumana para humedecer las bragas”.
Me perdonarán sus fans, pero lo que se observa en esos videos es justamente a un muchachito con cara de ser más muchachito de lo que realmente es, con un corte de pelo que le deja como un casco y le hace parecer un muñequito de Lego con su pelo de Lego; un carajito sí, talentoso, que canta y que baila con su mentecita puesta en la escuela coreográfica de Michael Jackson y que parece estar cantando siempre la misma canción. La misma que muchos otros también cantan y que es esa cosa insípida —pero muy vendedora- que los productores de “estrellas” han fijado como el molde de lo que debe ser un sonido lo suficientemente negro y lo suficientemente blanco como para dejar a todos contentos.
Lo que menos me interesa de Justin Bieber es la música que hace o que dicen que hace. En realidad, lo que me interesa de Bieber es… nada. Sin embargo, cayó en mis manos la edición de marzo de la versión mexicana de Rolling Stone en la que Justin aparece en la portada porque una muy buena crónica acerca de su vida y milagros es el tema central de la revista. Y esa fue, también, la primera vez que leí con detenimiento algo sobre Justin Bieber. En casa, por supuesto, sin que nadie me viera…
Lo de Bieber es casi un milagro. Como él mismo ha dicho, de no ser por Internet no estaría donde está. Su madre, Pattie Mallette, fue abusada sexualmente durante su niñez y a los 15 se fue de casa, se entregó a las drogas y al alcohol y a los 17 intentó suicidarse. Sobrevivió y encontró refugio en una iglesia evangélica, aprendió un oficio, se regeneró. A los 19 quedó embarazada sin haberse casado como sus “hermanos” esperaban y así Justin tuvo un padre que iba y venía y que —al parecer- nunca estuvo del todo.
Pasaron trabajo, vivieron en un sótano, sucio, maloliente y plagado de ratones. Justin ni siquiera tenía una cama: dormía en un sofá. Pero desde muy pequeño demostró habilidades musicales. Cantó en la iglesia y en la calle. Y un día ganó el segundo lugar en un concurso de aficionados en Ontario (Justin es canadiense).
A diario debe haber miles y miles de personas tratando de alcanzar la fama a través de Youtube. Se esfuerzan. Son capaces de despojarse de todo pudor, de hacer las mayores tonterías, de desplegar lo mejor de sus talentos. Algunos alcanzan cierto grado de notoriedad, siempre asociado al ridículo. Pero son pocos los verdaderamente afortunados. La mamá de Justin colgó los videos de ese concurso y ahí empezó todo: miles de personas les dieron play. Y un día los vio Scooter Braum, un tipo de Connecticut que producía “fiestas de hip hop para niños blancos”, según dice la autora de la crónica…
Braum había trabajado con una disquera de hip hop y en ese momento operaba como cazatalentos independiente. Se comunicó con Mallette y le propuso el negocio de su vida: que llevara a Justin a Atlanta y él se encargaba de su carrera, además de darles casa y contrato. En menos de dos años, Bieber ya estaba fichado por Islan Def Jam Music Group. Y la máquina de hacer dinero no ha parado desde entonces.
Algo deben tener muy claro quienes conducen la carrera de Justin: deben explotarla al máximo. El “pobre angelito” transita por la adolescencia: por ahí deben venir el acné, los cambios de voz, los “gallos” inoportunos. Quizás algún día ya Justin luzca —al fin- mayor que las niñas que le acompañan en sus videos. Quizás su voz se altere: se haga mejor o peor. Lo que le toca son los años de la incertidumbre pero, en todo caso, para cuando suceda lo que ha de suceder, ya habrá producido lo suficiente como para asegurar que nunca más tendrá que vivir en un sótano. Se casará con su noviecita Selena, tendrá un hijo a los 25 y se impondrá la lógica de la industria: su música quedará en el olvido.
Yo, al menos, ya he comenzado a olvidarla.
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