No hay que mentir ni engañarse: de momento no pienso dejar los malos hábitos que he cultivado hasta hoy. No se trata de una conversión, ni de un rapto de inspiración que empuje cambios radicales. Ni se trata tampoco de hacerle un altar. Pero debo reconocer que ver a Maickel Melamed pasar más de 15 horas esforzando su cuerpo y su organismo al máximo para demostrarnos —y demostrarse— de lo que es capaz el poder de la voluntad, te remueve algo muy adentro.
Justo cuando piensas que se acabaron los héroes, aparece este tipo que concentra el significado pleno del concepto “querer vivir”. Ahora que es famoso por haber completado la ruta del maratón de Nueva York, no se debe perder de vista que Maickel había nacido condenado. Y el empeño de su familia, el amor de sus padres, la entrega de sus amigos y su descomunal fuerza interior se concentraron para rebelarse contra las imposiciones de la naturaleza y voltearlas a su favor.
Como tantos, el 6 de noviembre seguí su hazaña desde la comodidad de la computadora, la facilidad del celular y la conexión a Twitter. Guardé distancia emocional mientras observaba la proeza. Después, como tantos, sólo pedía que a ese loco del carajo no le diera un “yeyo” en alguna calle de Manhattan: mucho antes de alcanzar la meta ya para mí había dado una gran lección. Pero Maickel no es tan conformista, y tenía que cruzar la línea final.
Esa noche por Twitter, el fotógrafo Iván González hizo circular esta maravillosa imagen. González —la infidencia es de su esposa— vivió la ruta de Melamed siempre al borde de las lágrimas: desde que lo siguió con su cámara por Caracas, quedó tocado por el “efecto Maickel”, como tantos otros.
Esta fotografía, particularmente, habla mucho de Maickel: no es el rostro esforzado, la mueca de dolor, ni la sonrisa de la conquista de un sueño. Es otra cosa: el comienzo del trabajo, el momento del día a día de alguien que te dice: “es tu turno”. Es la silueta del hombre en la que ya intuimos, sin ver detalles, que la adversidad es su compañera de vida y que, hasta ahora, la ha sabido dominar.
Es, a fin de cuentas, una imagen que te hace respirar profundo. Se la pedí a Iván porque quiero tenerla a mano, que la miren mis hijos, hasta que puedan entender de qué se trata. Y también porque quería dejarla en esta página como un pequeño obsequio navideño.
(Si quieren conocer más del trabajo de González: http://ivangonzalez.photoshelter.com)
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