A veces, para relatar ciertas vidas se debe caminar hacia atrás.
La madrugada del martes 22 de diciembre de 1987, Luca Prodan se le apareció a su madre, la escocesa Cecilia Pollock, al pie de su cama italiana. La vio sonriente, beato, y le dijo: “Hola, mamá”. La mujer se incorporó e intentó tocarlo. Luca se desvaneció. Sólo quería anunciarle que estaba bien, contento, vivo.
Al otro lado del mundo, en la casa de la calle Alsina 451, a una cuadra de la Plaza de Mayo de Buenos Aires, el cadáver del mismo personaje fue encontrado por una amiga, en su cama, en posición fetal y con una sonrisa de placidez. Se cree que murió por un paro cardíaco a causa de una hemorragia interna provocada por la cirrosis entre las nueve de la noche del lunes y las tres de la madrugada del día siguiente. Dos días previos, en su último recital con Sumo, Luca dijo en el Club Atlético Los Andes, delante de un público escaso y antes de cantar una versión de “Fuck you”: “Ahí va la última”. ¿Sabría este italiano, que había trastocado la historia del rock argentino, que a los 34 años tendría una sepultura en el Cementerio de Avellaneda con una roca traída de Traslasierra?
Había pasado un año exacto del encierro en los Estudios Panda de Buenos Aires para grabar el álbum que los llevó a Chile y con el que cerró la discografía de Sumo: After chabón. Aunque ese tercer disco fue el preferido de Luca porque “no tenía ningún hit obvio”, su proceso no estuvo exento de problemas: Prodan peleó en el estudio, hizo escenas y el resto de los miembros sólo lo utilizaron en las partes donde el cantante era imprescindible. El italiano, ahora entregado a una botella de ginebra diaria, errático y consumido, se estaba dando cuenta de que ya no tenía el mismo liderazgo interno en la banda.
Quizás parte de la culpa estuvo en su manera de ser. Luca Prodan nunca se cortó para hablar de otros músicos, aunque pertenecieran a su propia agrupación. Fue el primero en hacerlo en la escena argentina, mucho antes de que Charly García, Andrés Calamaro o Fito Páez jugaran a ser rebeldes. Para entonces decía de Roberto Pettinato, su saxofonista, que era un boludo y un agrandado con sus seguidores. De Fito llegó a afirmar que se le hacía un tipo sin vida vivida, un melódico nada más. Sobre Gustavo Cerati, Federico Moura o Daniel Melero tenía palabras de desprecio, pues los consideraba unos niños bien en busca de fama, incapaces de tocar con las tripas y entregados a los aparatos. Cuando hablaba de Luis Alberto Spinetta, no entendía por qué la gente se postraba ante sus arreglos y letras incompresibles. Miguel Abuelo era un hijo de la remilputa. Para concluir, reconocía en sus colegas australes una marcada propensión a copiarse de lo que ya estaba hecho. “Son unos pajeros, no los invitaría a comer a mi casa”, eran sus palabras para zanjar el tema.
Por eso, y más cosas, no era errado pensar que Luca Prodan fue una actitud en estado salvaje.
Argentina también era otra. Se estrenaba una primavera democrática, llena de libertades, un contexto ideal que hacía posible a Sumo y potenciaba las singularidades de Prodan. Por ejemplo, para los conciertos, iba en el mismo autobús en el que se desplazaba su público. Su casa fue un albergue okupa, lleno de pintadas, mugre, botellas vacías y gente sin oficio que pasaba horas bebiendo, fumando, cogiendo y cantando. El cuarto de Luca era algo así como el santo sepulcro del underground porteño: un colchón lleno de polvo y manchas en el suelo de una segunda planta, adornado por una ventana moteada de óxido y, en la pared, muchas figuras esbozadas por decenas de cajitas de Tic-Tac que formaban el más raro de los collages. Al pelado, como le decían en el barrio, le gustaba su casona. Aseguraba que en la noche aparecían fantasmas de gente que había muerto el siglo anterior por el método de tortura conocido en Argentina como mazorca, que no es otra cosa que la introducción de una tusa de maíz por vía anal.
En la época de Sumo, la zona pertenecía más a los bajos fondos. Luca se sentía a gusto así. Caminaba por las cuadras de San Telmo y en todos los bares de mala muerte era bien conocido. Allí saltaba las barras y sacaba su botella de ginebra, que siempre le guardaban en el refrigerador. Los parroquianos lo saludaban con cariño, como uno más, sin saber que aquel loco italiano era el líder de un grupo que en su segundo disco, Llegando los monos, había llevado la elasticidad de su propuesta a escalas impensadas. Para principios de 1986 ya eran unas vacas sagradas del rock en Argentina y Uruguay. “El ojo blindado”, “TV Caliente”, “NextWeek”, “Los viejos vinagres”, “Heroína” y “Estallando desde el océano” se habían transformado en himnos instantáneos sin importar si estaban cantados en inglés o si eran temas reggae, punks, new wave o continuaciones del legado dejado por Joy Division. Ya en esa época, Luca había asimilado la argentinidad como un campeón. Su canción “Que me pisen” arrancaba con unas palabras que ponían en éxtasis a su público austral:
“Yo quiero a mi bandera
planchadita
planchadita
planchadita”
Dos años antes, Sumo había grabado su primer disco bajo el título de Divididos por la felicidad, otro homenaje no muy velado a Joy Division. Prodan aún no le había decretado la guerra a los rastas por someter a las mujeres y tener una falsa moral, por lo que en el álbum destacaron, además de “Mejor no hablar (de ciertas cosas)” y “La rubia tarada”, tres canciones reggaes: “Kaya”, “Regtest” y “No acabes”. Ya para esa época, todo el mundo se preguntaba de dónde había salido ese pelado que era un camión de actitud, cantaba en inglés en plena Guerra de Las Malvinas, exploraba otros géneros musicales y parecía salido de un manicomio.
Lo que no sabían era que, meses atrás, Luca había hecho de todo. Junto a Sumo, formó dos banditas para recaudar dinero en los pubs: Hurlingham Reggae Band y Sumito. También mandó una carta a Manchester a la baterista de Manicured Noise, Stephanie Nuttal, una amiga de vieja data: “Si estás aburrida, vení”. Ella, casi niña, se presentó en el aeropuerto de Ezeiza sin saber una palabra de español y grabaron poco material. Buenos Aires, en la época de la Guerra de Las Malvinas, no era el mejor escenario para una británica. Así que Nuttal tuvo que abandonar el país a petición de su madre. Sin embargo, Luca ya lo había conseguido: sus actos revertían la razón principal de su aterrizaje argentino.
En 1981, un año antes, la historia mil veces contada plantó a Luca Prodan en Traslasierra, un pueblo cordobés, en pos de una medida desesperada para escapar de la heroína. El italiano tenía un amigo instalado en la zona, Timmy McKern, un escocés con quien ya había estudiado en su adolescencia. Prodan sentía que la vida se le iba por las manos, y una vieja postal enviada por su compañero hizo el milagro. El ogro vio verdor, vegetación, paz. Necesitaba algo para su autoestima. Su realidad era una catástrofe sin fin: en 1978 presenció la muerte de su hermana mayor, Claudia, a causa de la heroína que él mismo le había ofrecido. Un año antes fue Luca quien casi falleció por un coma hepático. También estuvo preso en varias ocasiones. La más severa de todas: por haberse fugado del servicio militar con el uniforme puesto. Allí, en la mazmorra, pasó más tiempo del esperado por negarse a que su padre le pagara la fianza. Fue en ese lugar donde compuso lo mejor de su repertorio, con su guitarra y armónica. Dijo que estar preso era como estar en la escuela sin hacer nada.
En Traslasierra quiso sentar cabeza, distanciarse del vómito de su existencia. Buscaba una vida plácida, lejos de la mano rígida de su padre, de su familia adinerada, de su paso obligado por el elitesco Grodonstown College -el sitio en el que fue internado-, donde estudió con el príncipe Carlos de Inglaterra y del que tuvo que escapar cuando la amargura minaba su ser. Por eso Traslasierra, para olvidar, para empezar desde cero, para comprar vacas con los 20 mil dólares que tenía ahorrados y convertirse en un hombre de naturaleza. Era su último instinto de preservación. Pero nada de eso pasó. Cuando Luca recobró sus fuerzas, buscó gente, se fue a rematar su apartamento londinense, adquirió instrumentos, se agenció aparatos para grabar y colocó el ahora famoso aviso en prensa: “Cantante de educación rígida y experiencia en drogas pesadas busca banda argentina que quiera instalarse en las sierras a ver qué sale”. Nadie, ni él mismo, se imaginó qué iba a salir de esto.
Veintiocho años atrás, un hecho dio suficiente cuerda para hablar de un doble milagro: una mujer disfrutaba del ballet en el mejor palco del Teatro dell?Opera di Roma. Estaba tan embelesada con el espectáculo, que tardó en darse cuenta de que el líquido que goteaba de su vestido de gala era producto de la ruptura del saco amniótico. Cuando le dijeron que debía correr con su esposo al hospital, la parturienta se negó: “No, no lo haré. No tengo ningún dolor, nada. No voy a perder el ballet”.
Corría la madrugada del 17 de mayo de 1953. Sucedieron, como se mencionó, dos milagros: el de la vida y el del principio del mito. Cecilia Pollock traía al mundo a Luca Prodan, arriba de todo, en un palco. En el lugar preciso que él mismo había elegido.
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