Su mamá llegó a decir: “Ese pobre Fabián. Leyendo su revista nos han entrado náuseas. Por mi parte siento vergüenza y asco de ser la madre de semejante granuja. Es un pobre desquiciado, neurasténico y con delirios de grandeza”. Su hermano no lo bajaba de hijo de puta. André Gide le temía, Kazimir Malévich se santiguaba al escuchar su nombre, Marc Chagall temblaba ante la posibilidad de topárselo en algún sitio y Guillaume Apollinaire lo quería matar a palos. Después del fallido coloquio Los artistas independientes de Francia y América, que dio en la Grand Central Gallery de Nueva York, el periódico The Sun del 20 de abril de 1917 escribió: “Era un verdadero lunático, pero también era, saltaba a la vista, independiente. ¿No era ése el tema de su conferencia?”
¿Y él? Bueno, siempre tuvo cosas que decir. Callarse no formaba parte de su temperamento. He aquí algunas joyas que lo atestiguan:
“Si escribo es para hacer rabiar a mis colegas, y para dar que hablar y hacerme un nombre. Con un nombre se triunfa con las mujeres y en los negocios”.
¿Y quién podía querer a alguien así? Sus mujeres, Renée Bouchet y Mina Loy; los artistas Marcel Duchamp, Blaise Cendrars, Francis Picabia, Robert Delaunay y Kees Van Dongen; y algún tiempo después, y sin siquiera haberlo conocido, el grupete de Tristan Tzara, Marcel Janco, Hans Arp y Richard Huelsenbeck.
Y es que su paso por el mundo no podía dejar a nadie indiferente. Arthur Cravan nunca armó ningún movimiento; el movimiento era él. Así lo creyó y así vivió sin siquiera una pizca de duda… Pero un momento, ¿no se comenzó este ogro con la mención de un tal Fabián? Pues sí, porque las vidas posibles de Cravan comienzan con la negación de su propio nombre: Fabian Avenarius Lloyd, nacido en Lausana, Suiza, el 22 de mayo de 1887, donde permaneció hasta los 16 años.
¿Y luego? Luego vendría una etapa de vagabundeo con múltiples reencarnaciones: fogonero y pastor de canguros en Australia, chofer de automóvil en Berlín, marinero en el Pacífico, caballero de industria en algún sitio, ladrón de bancos y vendedor de joyas falsas en Italia, mulero y recolector de naranjas en California, leñador de bosques gigantes en Inglaterra y otras lindezas más hasta el momento en el que llegó a París en 1909.
Para algunos su aterrizaje se debió a la atracción que sentía por el mundo literario que allí existía. De hecho, sus biógrafos sostienen que lo primero que hizo en la capital gala fue investigar a todos los miembros de la Academia Francesa, para luego visitarlos y presentarse en persona como escritor y sobrino de Oscar Wilde, con genes de Lord Tennyson y de otros personajes vinculados con la corona británica. Como es de esperar, nadie le hizo caso y menos a un jovenzuelo sin obra.
Sin embargo, Cravan, ese hermoso ogro de 1.90 metros y 105 kilos de peso, tenía otra pasión tan o más grande que la literatura misma: el boxeo. En Londres ya había hecho sus pinitos y no más pisar París se fue a entrenar en el arte de repartir trompadas en el club de boxeo Fernand Cuny.
Luego, tumefacto y contento, solía buscar momentos para escribir poemas, ir a museos y trabar amistades de distintas raleas. Cuentan que por esa fecha frecuentaba el salón de baile Bal Bullier con sus compinches Blaise Cendrars y Robert Delaunay. Allí danzaba, las seducía a todas y zurraba a las víctimas del infortunio. Muchas anécdotas afirman que no era raro verlo vestido con zapatos desparejados, trajes elegantes con colores chillones y camisas negras por fuera del pantalón, siempre abiertas, que dejaban al descubierto todos los tatuajes obscenos que se hacía para cada salida. Cravan creyó que el escándalo servía para agitar a la sociedad y cambiar sus estructuras, y también para darlo a conocer en el mundillo. Por eso no era extraño oírlo vociferar en las calles de Mortmatre, sobrio o beodo perdido, que los deportistas, los homosexuales, los ladrones del Louvre y los locos estaban por encima de los artistas.
Sin embargo, su obra cumbre parisina fue la revista Maintenant, que dirigía, editaba, promocionaba y escribía con todos los pseudónimos posibles. El primer número salió en 1912 y fue el mismo Cravan quien se encargó de su distribución. El método era un tanto sui generis: el ogro empujaba un carrito sin toldo repleto de magazines, casi siempre en el hipódromo, y a grito pelado pedía 25 céntimos por ejemplar. En sus páginas no se salvó ni Dios. Allí fue donde irrespetó en par de ocasiones a la mujer de Apollinaire (“He aquí una que necesita que se le levanten las faldas y se le meta una gran verga en cierto sitio”) y criticó como pudo a André Gide (“tiene la idea de alcanzar la fortuna de forma deshonesta y de manera inesperada mediante la poesía”), a Kazimir Malévich (“pintor de puro artificio”) y a Marc Chagall (“no puedo sentir más que desprecio por la pintura de un Chagall o Chacal”).
Sus anuncios tampoco eran moco de pavo. Cuando falleció un artista escribió en los obituarios: “Nos ha alegrado mucho la noticia de la muerte del pintor Jules Lefebvre”. Al momento de hacerle publicidad a un restaurante afiló la pluma para regalar estas líneas: “La comida es el hogar de los sentimientos. Los hombres pueden cargar sus cuerpos. Chéz Jourdan. Restaurateur”. Poco antes de cerrar su impreso lanzó esta patada de ahogado: “Habiendo solicitado a través de mi revista el envío de regalos en especie o en metálico, me extraña no haber recibido ninguna suma de dinero y quiero hacer un nuevo llamamiento a las personas que tienen imaginación”.
Maintenant sólo duró cinco números, pero fueron suficientes para escandalizar y para que su creador pasara a la historia con todos los honores para la tribu dadaísta, futurista y surrealista. Esta revista también recoge casi toda la obra conocida de Cravan, que como mucho llega a las 100 páginas. Allí el sobrino siempre en ejercicio llegó a escribir sobre su tío el artículo ¡Oscar Wilde vive!, en donde traza una fantasía fantasmagórica sobre la aparición de su familiar en su casa parisina. Del mismo modo, además de embestir contra los independientes, publicó el extenso poema¡Arre!:
“Quisiera estar en Viena y en Calcuta.
Tomar todos los trenes y todos los navíos,
fornicar con todas las mujeres y engullir todos los platos.
Mundano, químico, puta, borracho, músico, obrero, pintor, acróbata, actor;
viejo, niño, estafador, granuja, ángel y juerguista; millonario, burgués, cactus, jirafa o cuervo;
cobarde, héroe, negro, mono, Don Juan, rufián, lord, campesino, cazador, industrial,
fauna y flora:
¡soy todas las cosas, todos los hombres y todos los animales!
¿Qué hacer?”
Esa era la época feliz de Arthur. La etapa de sus performances, que él mismo gustaba en llamar boxing-dance. Hay una anécdota, de cientos, que viene al caso: en cierta oportunidad el ogro empapeló toda París con esta convocatoria: “El conferenciante bailará, boxeará y al final del acto se suicidará”. Curiosos, amigos y, sobre todo, enemigos se agolparon para dar cuenta de la despedida del estorbo. Cravan salió sonriente, ante la cara de los presentes. Sacó una colt 45, disparó varios tiros al aire, después acusó al respetable de pobres voyeristas y, luego de su danza boxística, dio una detallada conferencia sobre la entropía.
Superado este inciso, vino la primera guerra mundial, y la huída a Barcelona del boxeador-poeta-tránsfuga. En esa ciudad tampoco se quedó corto. Llegó proclamándose como el campeón del pugilismo en Europa, pero nunca fue muy específico con el origen de sus preseas: el único título que se le conocía se hizo realidad gracias a la enfermedad de su rival, quien no pudo presentarse al cuadrilátero.
Lo cierto fue que en la ciudad española aprovechó la presencia del campeón norteamericano Jack Johnson para desafiarlo al mayor de los combates que tendría que ver el mundo. Fanfarrón, dijo a los cuatro vientos que iba a rellenar sus guantes de boxeo con rizos de mujer. Las notas al margen sostienen que la noche anterior a la pelea el polemista descubrió que Johnson ya había cobrado por adelantado. Así que lo increpó en un bar de Las Ramblas y terminaron liándose a puños. De allí se fue, furioso, aullando que no contaran con él en la pelea y fue bien entrada la madrugada cuando lo consiguieron como una cuba en un bar del barrio chino. Allí lo bañaron y lo llevaron a pelear a la plaza de toros La Monumental. La fecha exacta: 23 de abril de 1916. No es difícil imaginar al hombre hecho guiñapo y oliendo a alambique, recibir todos los golpes posibles del norteamericano. Por suerte el castigo duró hasta el sexto asalto. Johnson sabía que si lo tumbaba antes recibiría menos dinero. Así que le dio un macetazo en el oído izquierdo y vio cómo se vino abajo el bisabuelo del dadaísmo.
La gente se encolerizó. Hubo motín y furia. Cravan salió disparado al puerto más cercano, y pagó su plaza en el camarote del barco Monserrat con el poco dinero que sacó de la pelea. En cubierta dijo: “Después de Poe, Whitman y Emerson, Johnson es el más grande norteamericano que haya existido. El día que haya en su país una revolución, haré cuanto esté a mi mano para que sea nombrado rey de los Estados Unidos”. León Trotsky, un compañero de tripulación, quedó sorprendido con el personaje y llegó a escribir en su diario: “El barco estaba poblado por gente de lo más variopinta y en su conjunto poco atractiva. Numerosos desertores de diferentes países (...) Había un boxeador, literato a ratos, sobrino de Oscar Wilde. Confesaba abiertamente que prefería destrozar las mandíbulas de los yanquis practicando un deporte noble, que dejarse hacer pedazos por un alemán”.
Cravan. Las vidas posibles. Si se examinan con calma las notas al pie de esa época histórica, su nombre siempre tendrá que ver con Gertrude Stein, Jean Cocteau, E. M. Forster, Ezra Pound, André Breton y Guy Debord. De allí que este escrito descanse en tantas citas. Arthur es el personaje ubicuo de una de las etapas más convulsas del mundo del arte. El tipo que se cambió el nombre por el del poeta Rimbaud y el apellido por el del poblado en donde nació su primera amante que registran las biografías: Renée Bouchet, nacida en Cravant. El poeta que contravino la imagen del romántico tuberculoso que llora a su amada en los cementerios. El loco boxeador. El zafio que quizás sabía que cravanter significaba pegar en francés antiguo.
En adelante su vida será casi apócrifa. Sólo se conservan fotos de él, incluídas las del combate con Johnson, y dos imágenes en movimiento: una en donde se ve su silueta de oso polar protector inclinándose hacia Renée Bouchet y la otra entrenando al aire libre. Son apenas segundos de ambas películas filmadas en Barcelona. El resto del metraje, simplemente se esfumó. Nada más acorde con el resto de la biografía del personaje. En adelante todo es calima argumental.
Cravan conoce a Mina Loy y los dos excéntricos caen rendidos al amor. El plan del ogro es digno de su genio: deja embarazada a su amante y parte a México en busca de mejor ventura para su familia. Atraviesa a nado la frontera del Río Grande (algo que ya había hecho de Hendaya a Fuenterrabía para llegar a España) y se instala en Veracruz en procura de buen billete impartiendo clases de boxeo y altos conocimientos. Un anuncio de esa época da cuenta de ello: “Cravan, profesor de cultura física en la Academia de México, dará próximamente una conferencia sobre arte egipcio”.
Sin embargo, Arthur fracasa sin miramientos. Pasa hambre y desolación. Sus alumnos se debaten entre el amor hacia la lucha libre y el estallido de la revolución mexicana. A Cravan le hablan de bonanzas y venturas en tierras argentinas, y con lo poco que consigue le compra un boleto en tren a Loy y se agencia un barquito para encontrarse en territorio austral (“la primera condición que debía tener un artista era la de saber nadar”, había dicho). El poeta William Carlos Williams escribió lo que sucedió después, en 1918: “Una tarde, habiendo acabado triunfalmente el trabajo, se subió a la embarcación para probarla en la bahía antes de cenar. Nunca regresó. En la orilla, embarazada, ella vio la pequeña canoa mecerse mientras se alejaba. Se pasó años pensando en que volvería a verlo”.
Cravan desaparece con 31 abriles y casi 100 páginas. La teorías se amontonan: el ogro en la panza de un tiburón mexicano, asesinado con una puñalada en el corazón en una taberna de Veracruz, acribillado a balazos en el Río Grande en plena Revolución Mexicana, como incógnito en Cuba, en Perú en su función de profesor de boxeo, en Patagonia en apoyo al movimiento obrero del anarquista español Antonio Soto, otra vez en Europa filtrando falsos inéditos de su tío Wilde, en Java como gerente de una plantación, en Ginebra ejerciendo de retratista anónimo en el río Léman, en el barrio bonaerense de Pompeya metiéndose cocaína a lo largo de una semana loca con Duchamp y miembros de un grupo de tango antes de fugarse en un carguero ruso, etcétera. Y todo eso sin contar con la ristra de nombres y oficios que van apareciendo de posibles Cravan: Dorian Hope, Sebastian Hope, B. Holland, Edouard Archinard y B. Traven.
Loy lo busca por años en hospicios, cárceles y nosocomios de todo el mundo hasta perder la fe. Deja inacabada una novela de nombre Colossus, inspirada en su amante, y queda obsesionada con el gran amor de su vida hasta el punto de escribir versos para ser entendidos por Sherlock Holmes:
Cuatro años después de su desaparición, René Clair estrena su corto surrealista escrito por Francis Picabia, Entr?acte. Las escenas se suceden como pistas ocultas del homenaje al ogro: allí aparece un barco de papel, unos guantes de boxeo y unos ojos sobreimpresionados en el mar. Después un grupo de gente, entre ellos Picabia, Man Ray, Marcel Duchamp y Erik Satie, corren, ensombrerados, detrás de un ataúd que cae al suelo. Al abrirse sale un mago y con su varita desaparece al sarcófago, a cada uno de los asistentes y a sí mismo.
En 1966, en Aspen, Colorado, poco antes de morir a sus 87 años, Mina Loy concedió su última entrevista a una reportera norteamericana. Cuando le preguntaron por el mejor momento de su vida, dio una respuesta sin siquiera titubear:
“El mejor momento de mi vida es cualquiera de los que pasé con Cravan; el peor, todos los demás”.
Visto lo visto, quizás no fue la única que pensó de esa manera.
Revive la experiencia del Impreso On-line| < Prev | Próximo > |
|---|










