Arranquemos con lo que parece una nota al pie: una de las mejores escenas que ha filmado Wes Anderson se encuentra en la película The Royal Tenenbaums. En ella un despechado Luke Wilson entra al baño, casi indefenso, y poco a poco se va rebajando su larga caballera y poblada barba. Todo está montado en close up y planos de detalle. De hecho, uno de estos últimos registra cuando el personaje toma la hojilla de la afeitadora y en otro se ve correr la sangre por sus antebrazos. El fondo es de un azul tristísimo.
Es cierto que acá hay un homenaje al filme Repulsion de Roman Polanski. Pero también hay que decir que ese clásico no contó con una canción tan contundente para acompañar una escena como la de Anderson: Needle In The Hay de Elliott Smith. Tan acertada que en el momento más duro de las imágenes la voz del cantautor, aún vivo para la época, susurra: “But you idiot kid/You don´t have a clue”.
Despecho, enamoramientos, suicidio, dolor, tristeza, Elliott Smith. Todo parece encajar sin problemas en un diccionario de sinónimos.
Hablar de Elliott Smith es hablar en pasado. También lo es hablar sobre coincidencias, presagios, advertencias. Como buen suicida, su vida está llena de pistas, algunas obvias y otras construidas por el personaje. Como buen suicida, la gente se enteró de las mismas cuando ya era demasiado tarde. Como buen suicida, ya nada se puede hacer. Esta lógica es irrebatible en casi todos los casos conocidos. Sólo basta hacer un poco de memoria.
Las pistas obvias: Steven Paul Smith fue hijo de un matrimonio white trash gringo con todo lo que eso conlleva: divorcios tempranos, mudanzas a la América profunda, infancias infernales, adhesiones a sectas religiosas y padrastros practicantes del abuso sexual (no por nada en muchas de sus canciones, como Some Song, Flowers for Charlie y No Confidence Man, aparece el nombre de Charlie — su verdadero padrastro - en plan monstruo/no por nada antes de morir dejó la Fundación Elliott Smith para niños maltratados).
En ese huracán introductorio existen cosas menos destructivas: su madre fue profesora de música en una escuela primaria, algunos familiares también fueron músicos, el mismo Steven llegó a componer, a ganar premios por eso y a tocar la guitarra, el clarinete, el bajo, el piano, la batería y la armónica cuando apenas era un crío.
Por alguna razón en su biografía sus novias tienen bastante peso. Smith da la impresión de haber sido de ese tipo de genios que no se pueden valer sin un amor, sin una doncella que haga y deshaga con ellos, que barra la colillas y los vómitos usándolos de escoba. Por ellas era capaz de todo (hasta de morir si las circunstancias lo ameritaban). De hecho, lo primero que hizo fue cambiarse el nombre por el de Elliott por una simple razón: la compañera del momento se lo sugirió y el hombre no dudó ni por un instante.
Así era Smith: taciturno, siempre pidiendo perdón y dispuesto a complacer a sus amadas. Qué se le va hacer.
Pero el ogro que pidió este perfil nació con el grupo Heatmiser. Para entonces ya hasta tenía carrera universitaria: Filosofía y Ciencias Políticas del Hampshire College de Massachusetts. Con la siguiente cita del propio Smith volvemos a lo que ya se dijo dos párrafos atrás:
“Creo que me demostró a mí mismo que podía hacer algo que realmente no quería hacer durante cuatro años. Excepto porque me gustó lo que estaba estudiando. Además, la única razón por la que me matriculé inicialmente fue debido a mi novia, aunque acepté asistir a pesar de que habíamos roto antes del primer día”.
Pero no hay que perderse y seguir con Heatmiser, el grupo que lo presentó en sociedad. Con ellos sólo llegó a sacar tres discos, todos en la época menos afortunada para una propuesta como la que ofrecieron (1992-1996). Sin embargo, la calidad de los dos primeros trabajos pudo sortear la alcabala del grunge. Heatmiser no era tan triste como el posterior Smith. Tampoco era grito pelado y alegría en la granja, pero sí había mucho de contención, de serenidad, de cierta fragilidad de esas que inquietan. Es decir, el sello ya estaba allí.
Para entonces el ogro se atiborraba de libros de Søren Kierkegaard, Samuel Beckett, T. S. Eliot y Fiódor Dostoyevski. También vivía pegado a la música de The Kinks, The Saints, The Clash, Lou Reed, The Velvet Underground, Elvis Costello, Smokey Robinson, Hank Williams, Kiss, Led Zeppelin, Bauhaus, Television, Belle and Sebastian, Quasi, Radiohead, John Doe, Stevie Wonder, Sam Coomes, Bob Dylan, Neil Young, Motown, AC/DC, Scorpions, los flamencos y Modest Mouse. En alguna ocasión afirmó haber pasado meses escuchando el White Album de los Beatles, sus mayores ídolos, y The Marble Index de Nico. Con semejante bagaje no se puede decir que el tipo fuera un tonto y desinformado.
Sin embargo, Heatmiser atravesaba tensiones. Por eso en 1994 Smith grabó en su casa en plan terapia y volvió tomar en cuenta la opinión de la novia de turno: “¿por qué no envías ese casete a la discográfica, Elliott?” ¿Y qué creen que pasó? El ogro se dejó convencer sin mucha resistencia y mandó el demo con las ocho canciones que tenía (muy Yoko Ono todo, ¿no?). Como se ve, poco importa lo culto que alguien pueda ser para no tener capacidad de tomar una propia decisión…
Para despistar, el ogro dijo que lo hizo sin pensar en que lo tomaran en cuenta por todo el tema grunge imperante. Incluso siempre fue de los del tipo de odiar sus piezas en cuanto las acababa. Juraba que todo era una mierda que lo dejaba mal parado, que lo que le encantaba era el proceso de composición. Lo cierto es que eso no lo pensó Christopher Cooper de Cavity Search Records. Todo lo contrario, el empresario pidió publicar el álbum entero. Y así nació Roman Candle y la posterior disolución de Heatmiser.
El personaje mostró canciones desnudas en low-fi. Su sello fue de lentas guitarras acústicas, un riff suelto por ahí, tambor tocado con escobilla y la voz que parecía un susurro de alguien recién despierto. La gente pensó que ese era el estilo Smith, pero lo cierto es que tampoco dispuso de mucho dinero para meter todo lo que quería en esa placa. Al año siguiente salió un disco bautizado con su nombre, una segunda parte de Roman Candle: folk, pop, sencillez y muchas canciones que hablan de las drogas pero “como ejemplo de la dependencia”. Y una cosa rara: en la portada aparecían siluetas de personas cayendo de las cornisas. ¿Será que quería decir algo por ese entonces?
Ya cansado de la etiqueta de atormentado, oscuro y depresivo Smith se lanzó con otro disco que abarcara más aspectos luminosos de su ser. Y entregó su joyita maestra: Either/Or. Aquí no se cortó con la instrumentación y fue el único intérprete de todo: voces, guitarras, baterías, teclados y bajos. Éste es el álbum de Alameda, Ballad of Big Nothing, Between the Bars, Pictures of Me, Cupid?s Trick, Say Yes y 2:45 AM. También es el trabajo por el que el director Gus Van Sant perdió la chaveta y la placa con el nombre del libro del filósofo existencialista Søren Kierkegaard. Cuando le preguntaban al artista la razón del título, él sólo se encogía de hombros y, mirando al piso (siempre miraba al piso), decía que le había interesado el problema de la absurda lucha entre la elección de una vida estética y una ética.
A veces, da la impresión de que ese fue el disco que lo mató. A partir de este trabajo, Elliott Smith comenzó a ser requerido. Sus fantasmas se arremolinaron ante la fama. También pasó algo parecido con su timidez, que se acuclilló detrás de las drogas, los antidepresivos y el alcohol. De repente, el ogro firmó con un sello mayor y Hollywood se le rindió de rodillas. Smith estaba aterrado. Poco a poco se transformó en sus canciones, las mismas en las que superponía su voz para ocultar algo entre tantos timbres y tonos (“Me encanta grabar dos veces mi voz en mis canciones, una encima de otra, porque así no me reconozco”, llegó a confesar). El estilo de Elliott fue comparado con el de un carpintero que barniza un mueble varias veces. Y él mismo se estaba transformando en ese cacharro: siempre desaliñado, grasiento, con capas y capas que escondían algo detrás de ese acné mal curado. Parecía uno de esos juguetes pegajosos que caminan en vertical por los espejos y paredes.
Para quienes piensan que llevarlo a los Oscar fue un aventura, pues, tienen razón. Van Sant quiso toda la banda sonora de Good Will Hunting compuesta por Elliott, pero la reticencia de los ejecutivos ante el desconocido, y el miedo del artista, tan sólo lograron despachar una canción nueva: Miss Misery. ¡Y ésta fue nominada al instante! El ogro quería morirse con la noticia. Ése no era su público, pensó. Así que se negó. Los productores lo amenazaron de mil maneras. Y, al final, a Smith lo bañaron, perfumaron y vistieron con un esmoquin blanco de Prada para que saliera a torear al ruedo con guitarra en mano. En el video aparece entre tanto glamour y orquestas, pequeñito, entonando la letra del tema con su susurro característico: “Fingiré durante el día, con algo de ayuda de Johnnie Walker rojo”. Nunca mejor dicho.
A la salida, ya con menos miedos comentó: “No estuvo mal dar una vuelta por la luna por un día”. Y ya puestos a hablar de marcianadas, basta decir que ese día fue el mismo que terminó premiando a Celine Dion por la canción de Titanic…
No hace falta seguir el cuento de manera cronológica. Digamos que después pasó de todo. Ojo, y esto no es una hipérbole para terminar pronto. Smith se vuelve a deprimir, Smith se emborracha, Smith se cae por un barranco y lo ataja un árbol, Smith no lee las críticas de sus discos porque lo afectan, Smith se mete en la heroína a pecho descubierto, Smith deja un disco por la mitad después de enemistarse con un músico amigo, Smith pelea con la discográfica y Smith hace conciertos muy escasos y desastrosos. Quizás sea bueno detenerse en estos dos momentos por pura ociosidad biográfica.
De los segundos se sabe que el 20 de diciembre de 2001 cantó en Portland con el aspecto de un vagabundo. Allí perdió la memoria y como que olvidó cómo se tocaba la guitarra. El público, no se sabe si fiel o furioso, no dejó de gritarle las letras y los acordes de su instrumento. En mayo del año siguiente se repitió la catástrofe en Chicago, al punto de que un reportero de Glorious Noise llegó a escribir esta línea: “(...) no me sorprendería en absoluto si Elliott Smith muriera en menos de un año”. En noviembre, en pleno recital en Los Angeles, el músico se peleó con un policía y pasó la noche en el calabozo con su novia (¿con quién más?), con las manos y la espalda lesionada, etc. etc. etc.
Con los de la discográfica se querelló metiendo la poca promoción de sus discos XO y Figure 8 como excusa. Pero lo que de verdad no quería era que le sacaran a la venta sus últimas canciones. El rifirrafe con los ejecutivos fue de pronóstico reservado. Primero dijo que todo el pleito era como una intromisión a su vida privada. Segundo: los acusó de haber entrado en su casa para llevarse los archivos musicales que tenía en su Mac. Tercero (y no menos demencial): ya, sabiéndose perdido, les aseguró que se quitaría la vida si no lo liberaban del contrato que lo ataba. Esa era la época en la que no dejó de hablar de matarse, en la que se metía 1500 dólares de heroína y crack al día, en la que intentó provocarse una sobredosis.
¿Por qué cuando todo parece arreglarse las cosas terminan por irse a la mismísima mierda?
A finales de 2002 Smith se sometió a una limpieza en el Neurotransmiter Restoration Center de Beverly Hills. De allí salió con ganas de vivir. Y lo demostró al abandonar el alcohol, la cafeína, la carne roja, el azúcar refinado y las drogas de un plumazo. Sólo le importaba estar al lado de su novia, la misma que fue a parar con él al calabozo hace unos párrafos atrás, Jennifer Chiba, la mujer que le recomendó grabar con una Mac, su compañera de piso y existencia. Probablemente, y como cosa nada rara en esta vida, su único cable a tierra.
Repuesto y estable el 21 de octubre de 2003 Elliott tuvo una discusión de pareja con Jennifer Chiba. Cuando la cosa se puso violenta la mujer corrió y se encerró en el baño. Luego vino el silencio, la curiosidad y el alarido que la hizo salir disparada adonde estaba su novio. Allí se lo encontró, de pie, con cara de haber hecho algo desproporcionado y con un cuchillo de sierra clavado en el mero pecho. Chiba luego contaría a la policía lo que sucedió en cuanto desenterró el utensilio de cocina de la carne y las vísceras: el desplome del gran cantautor, la caída al suelo de Steven Paul Smith, el hombre capaz de hacer todo por sus amadas, incluso, morir.
En algún lado descansaba un post-it escrito del puño y letra del ogro ejemplar, su última composición, la que ningún seguidor quería: “Lo siento tanto. Con cariño, Elliott. Dios me perdone”.
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