Dicen que la vida es una escuela porque sus enseñanzas quedan grabadas permanentemente en nuestra conducta. Cada experiencia es irrepetible y única, pero además, la incorporamos de inmediato a nuestro diario quehacer. Es como una alcancía que vaciamos cada vez que necesitamos resolver una situación o problema, pero nunca está vacía ni repleta. Se alimenta automáticamente con cada suceso y acudimos a ella diariamente para aplicar sus lecciones. Es como la tinta de una pluma que fluye para escribir las páginas de nuestra vida, sellando nuestro carácter para hacernos únicos.
Lamentablemente, la vida no siempre nos provee lo necesario para ser exitosos. Muchos niños crecen en la calle o dentro de ambientes que en nada se parecen a un hogar. Los padres, ausentes porque deben traer el pan de cada día, entregan sus hijos al cuidado de maestros en la esperanza de que saldrán de allí formados para asumir los retos de la vida cotidiana: un trabajo satisfactorio, una vida familiar tranquila y una sociedad donde impere la ley, el orden y el respeto.
Y es entonces cuando yo me pregunto: ¿son las escuelas realmente ese crisol de virtudes donde se gradúan ciudadanos útiles y padres responsables? La familia está en crisis desde hace varias décadas y se ha reflejado en las escuelas también. La sociedad está convulsionada por una epidemia de divorcios que inevitablemente han deteriorado la educación de los hijos. Las madres se sienten agobiadas debido a una creciente responsabilidad y los hijos buscan en los compañeros de la escuela o en sus amigos de la cuadra una alegría que no hallan en sus casas. Afortunadamente, la mujer ha sabido salir airosa de tantas dificultades y ha tomado en sus manos las riendas del éxito. Ya podemos hablar de una sociedad matriarcal; y esto es especialmente cierto en las escuelas, donde 90% de los educadores son mujeres.
He conocido una escuela como ninguna otra. Una “Escuela” -con “E” mayúscula- donde se respira entusiasmo, profesionalismo y amor. He visto a niños felices porque se sienten atendidos y queridos. Allí no hay distinciones de color ni de clases, y tampoco, la posibilidad de que se introduzcan malas influencias porque su directora ha tenido el cuidado de seleccionar y conservar profesionales dotados con un profundo respeto hacia el niño. La disciplina es estricta y se involucran en esa responsabilidad todos los miembros de la comunidad educativa, incluyéndose no sólo los maestros, personal de limpieza y de alimentación, sino especialmente, la orientadora, el psicólogo, la directora y subdirectora, quienes intervienen de inmediato y eficientemente al primer signo de riesgo o peligro.
Claro está que es imposible evitar las desgracias ocurridas fuera de sus aulas pero allí se canalizan las soluciones oportunamente y se brinda apoyo para afrontar acertadamente cada problema. Sin embargo, lo que la hace especial es el sentido de familia que reina dentro de sus paredes. Es la familia ejemplar que toda sociedad sana debería imitar,-- porque se ha dedicado a desarrollar la personalidad del recurso más importante para la paz mundial: el niño en su edad temprana, acrisolando para siempre las mejores cualidades morales que lo harán exitoso como padre y ciudadano responsable. Hagamos también de nuestros hogares una “Escuela fuera de Serie”.
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