Brujilda es una chismosa compulsiva, de esas que no piensan en el daño que hacen al honor de los demás. Sólo busca divertirse a costa de quien sea y aprovecha cualquier reunión social para averiguar la vida ajena y comentarla con sus hermanas, amigos y conocidos, es decir, ¡con todo el mundo! Si alguna historia está incompleta, ella le añade lo que le parece, como si ella conociera muy bien a quien es objeto de sus críticas. Si le añadimos que Brujilda es muy simpática y que tiene el don de la persuasión, tenemos la perfecta destructora. De manera que cualquier cosa que ella diga, tiene la rúbrica de “la verdad”. Además, es tan sociable que no se pierde ninguna reunión, ni siquiera aquellas cuya anfitriona le caiga mal. En estos casos, se arrincona en una mesa con los más allegados para cotorrear en voz baja, evitando compartir con las víctimas de sus chismes. Cualquiera diría que Brujilda, la chismosa, es modelo de virtudes. Un juez tan severo debería ser un personaje honesto y de conducta intachable. Pero no. Ella, como otros seres humanos, ha sido también protagonista de los mismos errores que critica, pero los oculta, pensando en que nadie más los conoce. ¡Qué ingenua!
Un día, después de practicar su afición durante años, Brujilda se encontró con Guadiña, la implacable, quien, al contrario de Brujilda, no destruía con chismes sino de frente, espetando verdades en la cara de quienes, como Brujilda, socavan la respetabilidad ajena. Y es que Guadiña no soportaba a las hipócritas y las sorprendía diciéndoles “¿y justamente tú me dices eso?”. Fue entonces cuando, con el látigo de su lengua viperina, Guadiña puso en su lugar a Brujilda, revelando hechos veraces e irrefutables de la vida de Brujilda que habían permanecido ocultos a familiares y amigos. Brujilda, entonces, reaccionó muy ofendida por la “calumnia” y se alejó para siempre manifestando que jamás perdonaría a Guadiña. ¡Quién sabe si Brujilda aprendió la lección o seguirá con su costumbre ponzoñosa!
Pero admitámoslo, todos hemos escuchado y repetido rumores que surgen cuando se oculta información necesaria y oportuna. El rumor es la manera más natural de reaccionar ante estas circunstancias. Eso sí, amigos lectores, debemos hacer una distinción entre rumor y chisme. Rumor es una noticia vaga y confusa que circula entre la gente para explicarse algún hecho. Chisme es la murmuración sobre alguna noticia verdadera o falsa para dañar a alguien. Esta aclaratoria la hago porque he escuchado que se emplea indistintamente rumor y chisme. El rumor es espontáneo pero el chisme es premeditado. Para evitar rumores, hay que informar. Todos sabemos a quién le corresponde ese deber en el trabajo, hogar o país. En casos de chismes, lo mejor es respetar la vida de los demás.
¡Cuántas vidas se han destruido por chismes o peor aún, por evitarlos! A nadie le interesa aquel error que hayamos cometido en nuestra vida y, por eso, tenemos el derecho a no divulgarlo; pero tampoco debemos sentir placer o satisfacción por el mal ajeno. Afrontar las consecuencias de nuestros propios actos con valentía es más fácil cuando no se piensa en el “qué dirán”. Asimismo, hay que sanar viejas heridas en lugar de mutilar la vida de otros con comentarios agridulces para desviar la atención de las propias miserias, como si con ello encontráramos alivio. Las palabras son como el agua derramada: después que las decimos es imposible recogerlas. Pensemos muy bien antes de hacer un comentario: si no aportamos nada bueno, es preferible hacer silencio. Hay un refrán que dice: “Si en la vida quieres triunfar, hay que saber ver, oír y callar”. Es mejor ser dueños de lo que callamos que convertirnos en esclavos de lo que decimos. Recordemos que con la vara que medimos, seremos medidos; o lo que es lo mismo: quien tiene techo de vidrio no debe arrojar piedras.
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