Mucho se ha escrito sobre México. Es el país con más Patrimonios de la Humanidad reconocidos por la Unesco. No en vano su cultura trasciende las fronteras de todos los países del mundo. Captar su esencia no es fácil por la fusión de influencias precolombinas y españolas, dando origen a una cultura predominantemente autóctona. Su idiosincrasia está constituida por una amalgama de las cualidades guerreras de los aztecas con la tradición cultural de las avanzadas civilizaciones tolteca y maya. La influencia española ha quedado impresa en las construcciones coloniales de las ciudades principales, en su pasión por la música y en el fervor religioso del pueblo mexicano. Y cuando viajas en el metro de la ciudad de México, una extensa red de vías férreas que movilizan a millones de personas con una eficiencia asombrosa, puedes observar en el comportamiento de la gente su amor por la paz y por la convivencia ciudadana. También en los ambientes rurales observas el orgullo de la gente humilde por sus productos y artesanía. Es un país tradicionalmente orientado al turismo.
En este, mi cuarto viaje, conocí otras ciudades mexicanas de la mano de mi familia. Nuestro recorrido desde Ciudad México a través de Poza Rica, Xalapa, Coatepec, Xico y Veracruz ha sido muy intenso y vibrante de emociones. Y es que hay una profunda diferencia entre visitar y compartir. En Café Tacuba, por ejemplo, celebré con mi hermana Lina el cuidado por la decoración típica, el uniforme impecable y almidonado de las mesoneras, como también la armonía de la estudiantina en sus interpretaciones musicales, brindándonos espontáneamente el “Alma Llanera”, mientras disfrutábamos de un plato de Pozole. Vi lágrimas de emoción en los ojo- amor de mi familia aún golpeada por la desaparición de mi sobrino Ale. En lo particular, de Xalapa me llevé el recuerdo del intenso y agradable perfume de las flores Copa de Oro que, inclinadas como haciendo reverencias a nuestro paso, nos rodearon durante todo el paseo por el hermoso parque alrededor del lago. De los cafetales de Coatepec me queda el más aromático y sabroso café que haya tomado. De las Cascadas de Texolo en Xico, me traje la risa cristalina y nerviosa de mis sobrinas Nora y Aurora al caminar por un estrecho puente sobre el abismo donde caen las turbulentas aguas. Ni hablar de la bella Veracruz que me abrazó con sus calles empedradas en las noches llenas de luz. Sin embargo, nuestra compañera inseparable en México fue la música.
Nadie puede negar que México es sinónimo de alegría al caminar por sus calles, donde te encuentras con un hombre uniformado tocando en su organillo “Carta a Eufemia”; o bien, con dos músicos ejecutando en su marimba las emotivas notas del “Jarabe Tapatío”. En Veracruz, ciudad de “La Bamba”, también admiras la destreza de un bailarín atando un lazo con los pies y terminas bailando un danzón en la plaza mayor. Sus Mariachis en la Plaza Garibaldi te deslumbran con sus sombreros, trajes y música, siendo ésta el primer producto de exportación. Sus violines, trompetas y guitarras desgranan, una a una, las hermosas canciones que recorren el mundo, como aquella que encendió el orgullo nacional de mi sobrino Javier, mientras bailábamos tomados de la mano con su hija, paso a paso y cantando la letra de “México lindo… y querido, si muero lejos de tí, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí”.
Revive la experiencia del Impreso On-line| < Prev | Próximo > |
|---|










