Había una vez un rey muy vanidoso que tenía tres hijas. Un día, quiso saber quién de ellas lo amaba más. La mayor le dijo: “su majestad, usted es tan valioso como el oro y el diamante. El rey, satisfecho con la respuesta, dirigió la mirada a su segunda hija, quien le contestó: “Padre, os amo tanto como al sol y la luna pues no podría vivir sin su presencia”. Su ego crecía a medida que lo adulaban y, por eso, esperaba la mejor respuesta de su hija menor, quien replicó: “Para mí, padre, usted es tan importante como la sal y el azúcar”. Ustedes lectores, se imaginarán cómo reaccionó el rey.
Algunas personas se creen tan poderosas que miran a los demás por encima del hombro, subestimando a quienes ven la vida de otra manera más sencilla. Esos reyezuelos de la ambición desmedida abundan en los ambientes de trabajo. Son aquellos que destruyen con ironías a cuanta persona se destaque por sus méritos y también descalifican a quienes le parecen insignificantes. Son los “ni-ni” de la oficina, pues nunca están satisfechos ni con unos ni con otros. Todos les hieden.
Afortunadamente, hay una fórmula especial para neutralizar el efecto de esa vanidad que obstaculiza el logro de los objetivos institucionales. Me refiero a un trío de personalidades que, como las hijas del rey, ofrecen su particular visión de la vida para generar un intercambio gratificante en cualquier ambiente. Ninguna oficina será exitosa sin ellas. Encontramos por ejemplo a la Devota, aquella que siempre da la mano para auxiliar tanto a quienes se lo solicitan como a los que están en apuros sin pedir ayuda alguna. Es la tabla de salvación cuando el barco parece naufragar.
Tan importante como la Devota es la Ecuánime, quien sabe expresar su opinión con comentarios absolutamente realistas y sensatos. Bajo su rígida coraza se esconde un corazón de oro que sólo conocen quienes hayan ganado su afecto, pero castigará con el látigo de la frialdad a quienes intenten abusar de su bondad. Es como el inmenso mar por su equilibrio y armonía, inspirando respeto a quien cabalgue con audacia en medio de su oleaje.
Un equipo de trabajo no está completo sin la Animadora pues aporta su buen humor, estimulando la actividad con una chispa de ingenio cuando la demanda de trabajo parece exceder la capacidad del equipo. Es ella quien libera las tensiones con la gracia de un comentario oportuno para reactivar la creatividad y unir esfuerzos.
He tenido la suerte de conocer a las tres y puedo decir con fundamento que estos personajes representan el vivo contraste de la vida con sus matices que van desde el verde esperanza hasta el dorado fiesta. Ellas son un modelo a seguir por ofrecer solidaridad, respeto y buen humor que nunca deben faltar en el medio laboral más exigente por la función reconfortante que desempeñan. Recordemos que no debemos vivir para trabajar, sino trabajar para vivir. Aprendamos a valorar esos principios de convivencia y la sencillez de las emociones compartidas porque allí se encuentra la sal de la vida.
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