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Escribimos para leernos

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Celebrado cultor del periodismo narrativo, el colombiano reunió en La eterna parranda (Aguilar, 2011) una selección de sus textos, esos que han hecho que se le considere uno de los mejores cronistas de habla hispana

Por Oscar Medina - Fotografía: Camilo Rozo

Que estas crónicas se ocupen exclusivamente de temas colombianos nada le restan para el lector de otra geografía. En realidad, calificarlas por su nacionalidad es quedarse corto. Muy corto de miras. Porque la habilidad narrativa de su autor, su sensibilidad y su dominio del oficio, les confieren la cualidad de contar mucho más que un país. Cuentan, en todo caso, asuntos de la naturaleza humana. Así, en plan universal: tragedias, triunfos, amores, alegrías, esfuerzos heroicos, derrotas aplastantes. Y lo hacen en el marco determinante de un color local: el de Colombia. Luminoso en ocasiones, sombrío en otros.

El barranquillero Alberto Salcedo Ramos encontró que su camino era el periodismo narrativo y por esa ruta ha transitado desde hace ya muchos años. Y tanto ha andado que hoy muchos lo consideran el mejor cronista de su país y uno de los más destacados del continente. Sea o no el mejor, más allá del afán por poner a la gente en pedestales, lo cierto es que Salcedo Ramos ha cimentado una sólida carrera como autor de eso que también llaman “no-ficción”. Sus textos han aparecido —o aparecen- en revistas como Soho, Gatopardo, El Malpensante, Arcadia y Etiqueta Negra y en algunas importantes antologías de periodismo latinoamericano. Es autor, entre otros, del libro El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé; y del recopilatorio de crónicas De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho.

También es maestro de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y ha ganado cinco veces el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, en Colombia; y una vez el Premio Internacional de Periodismo Rey de España. Y lo mejor es que aún no ha colgado el chinchorro: apenas está haciendo una pausa para presentar una muestra de su trabajo reunido en el recién lanzado libro La eterna parranda — Crónicas 1997-2011, que incluye sus celebradas semblanzas sobre los vallenateros Emiliano Zuleta y Diomedes Díaz.

- Usualmente el periodismo se concibe como algo fugaz, algo que nace, cuenta y se hace viejo en cuestión de horas y días. ¿Qué hace que estas crónicas que parten desde 1997 sigan vivas al día de hoy?

- La crónica sobrevive porque es la realidad convertida en relato, en narración. Lo que hace que no se envejezca es que va más allá de los datos. Cuando tú tomas La eterna parranda sientes que estás viajando por la Colombia de los últimos quince años. La realidad que cuentan las 27 crónicas del libro es colombiana, cierto, pero creo que va más allá de nuestras fronteras: las situaciones que narro son comunes a otros países de nuestro continente. En todo caso, mi aspiración es que el libro sea leído como una pieza literaria atemporal y universal, es decir, que el texto sea capaz de defenderse en cualquier lugar donde haya un lector dispuesto a encontrarse con él.

- Entre tu anterior recopilación de textos De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas (1999) a La eterna parranda, ha pasado un largo trecho de años. Hasta bigote tenías en la foto… Más allá de la evolución evidente en el estilo del narrador, ¿qué otras cosas sientes que han cambiado en el manejo y abordaje del oficio?

- Creo que ahora soy un narrador más informado acerca de mi propio oficio. Hay muchísimas más millas de viaje acumuladas en la suela de mis zapatos de reportero. Yo me atrevo a decir que nosotros, los cronistas, somos como los pilotos aéreos: se nos nota desde el arranque qué tanto hemos viajado, es decir, qué tanto hemos conocido. Un contador de historias madura en la medida en que ve más mundo.

- ¿Qué debe tener una historia o un personaje para que te resulte interesante?

- En principio el tema debe capturar nuestra atención de manera poderosa. Conozco dos buenos consejos sobre el particular. El primero es de Norman Mailer: ‘Si el tema es tan bueno como para mantenerte ocupado trabajando, no lo sometas a la duda?. El segundo es de Stephen Vizinczey: ‘Todo aquello en lo que no pueda dejar de pensar es mi tema?. Los temas de nosotros, los cronistas, salen de la misma agenda de donde sale el material para los demás géneros periodísticos: de la realidad. Para nosotros es importante que haya conflictos, y que nos ofrezcan un filón humano atractivo.

- Al revisar tu archivo de textos, ¿qué criterios manejaste para hacer la selección a incluir en el libro?

- Que fueran historias atractivas, que permanecieran vigentes a pesar del paso del tiempo, y que encajaran en un libro que proponía mirar la realidad desde diferentes ángulos: desde la cotidianidad, desde la guerra, desde la cultura popular.

- En esa revisión, ¿encontraste alguna historia que quisieras hacer nuevamente para mejorarla?

- Todas las historias que aparecen en el libro fueron depuradas. Yo le pedí a mi editorial que contratara a un editor estupendo llamado Camilo Jiménez, quien fue editor general de la revista El Malpensante. A Camilo le pedí que me desafiara, que me ayudara a depurar los textos. Y creo que el esfuerzo que ambos hicimos se nota en el resultado final.

- Piénsalo rápidamente: ¿cuál es la crónica tuya por la que sientes más afecto? No la más elogiada ni la mejor, la que despierta tus afectos

- No tengo que esforzarme mucho para decirte que es la que le hice a Emiliano Zuleta, el autor de la canción “La gota fría”. En primer lugar porque ese viejo me hizo morir de la risa: no me he divertido tanto con ningún otro personaje a lo largo de mis veintiséis años de experiencia profesional. Además, esa historia es la que marca la ruptura entre el narrador que fui al principio y el narrador que soy ahora. Ahí empezó a madurar mi voz de cronista.

- Hay bastante consenso en eso de calificarte como el mejor cronista de Colombia. ¿Qué significa eso para ti? ¿La tentación de creer que todo lo que escribes es bueno?

- Si uno no cree que lo que escribe es bueno está jodido. Entonces, ¿para qué escribe? Sin embargo, no hay nada más peligroso que asumir mal los elogios. Es fácil sobrevivir a un insulto, a una ofensa, pero ¿qué coño le dice uno a una persona que se le acerca emocionada a alabarlo? Las ofensas tienden a retarnos, los elogios a aburguesarnos. La mejor cura contra eso es el trabajo: uno sigue viajando, investigando, escribiendo, y lo que digan es secundario. Debería serlo.

- ¿Cómo has hecho para esquivar los temas políticos y a los personajes de la política de tu país? Es decir, hay poco o nada de eso en tus trabajos, salvo —por supuesto- las historias referidas a la guerra interna con la guerrilla y los paramilitares

- No me siento orgulloso de haberme mantenido al margen de la política, ¿sabes? Creo que eso ha sido algo más casual que buscado a propósito. En Colombia hay una escritora llamada Marianne Ponsford que considera un defecto de nosotros, los cronistas, mantenernos tan al margen del tema del poder. Yo creo que tiene razón. Me gustaría asomar algún día mis narices por ese mundo, a ver qué pesco.

- Cómo es tu método de trabajo: ¿Corriges y corriges con obsesión o te sientas a escribir con las ideas ya maduradas?

- Soy obsesivo en el cuidado del texto. Aquí vuelvo a citar un consejo que siempre tengo a la mano, y es del gran Augusto Monterroso: “uno es dos: el escritor que escribe, que puede ser malo, y el escritor que corrige, que debe ser bueno”. Yo no avanzo tan rápido precisamente por eso: tengo el híper-consciente vigilante en todo momento. Me parece que el espacio para correr es la pista de fórmula uno. La escritura es otra cosa.

- ¿Qué futuro tiene la crónica en estos momentos en los que en los periódicos se asume que nadie lee y los gurús de la información apuestan todo a la brevedad y a la estructura fragmentada de la web?

- Hace poco me entrevistaron de un medio argentino y dije que me asombra que los editores insistan en creer que hay una especie de lector que no lee. Eso es tanto como creer que hay una salsa de tomate para personas que no consumen salsa de tomate. Ese supuesto es ya un problema: revela que los editores no creen, y si ellos no creen, ¿cómo van a creer los lectores? La crónica no es masiva, no es algo que convoque las grandes masas que convoca un trino de 140 caracteres en Twitter. Pero tiene más público del que piensan los incrédulos. En Colombia había una emisora que tenía como lema llegarle a ‘la inmensa minoría?.

- ¿Cuáles son los consejos clave que das a quienes participan en tus talleres de periodismo narrativo?

- El primero es que no crean que mi taller, o el taller de cualquier otro, les va a solucionar la vida. Hay que trabajar mucho, leer, escribir, equivocarse. Algunos asisten a los talleres o a las conferencias en busca de fórmulas. Toca que cada uno se haga más responsable de su propio proceso de formación, sin esperar fórmulas milagrosas.

- A escribir se aprende leyendo: ¿quiénes son tus maestros, tus referentes? ¿A quiénes hay que leer para saber de qué hablamos cuando hablamos de crónica?

- Yo llevaría más lejos tu afirmación. Diría, en coro con Aidan Chambers, que la escritura es lectura. La mayoría de los escritores, cuando responden a la pregunta de por qué escriben, se vuelven trascendentales y poco sinceros. La gran verdad es que escribimos para leernos. Uno es el primero que debe sucumbir al veneno que uno mismo ha creado a través del lenguaje. Si uno queda como si nada, quizá el lector tampoco vaya a inmutarse. Mi maestro es Gay Talese. También he amado la prosa de Rulfo, la de Ribeyro y la de Gabo, la capacidad de penetración sicológica de Dostoievski y la fuerza de Capote.

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