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En su próxima vida sólo quiere ser escritor

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De todo lo que es, ¿qué hubiera querido ser Plinio Apuleyo Mendoza: periodista, escritor o diplomático?
Texto y foto: María Ángeles Octavio - mariaoctavio@yahoo.es

“Recobrar de un golpe la memoria y encontrarse con una realidad que el tiempo había ido desvaneciendo y que ahora aparece idéntica al recuerdo, tal vez más paciente y sufrida, como un pariente pobre que uno vuelve a encontrar a la vuelta de los años ensombreciéndole el corazón (…) Era sólo una realidad olvidada que ahora volvía a hacerse presente mostrándole sus fastos y remiendos. Esto es lo mío, de aquí soy no debo olvidarlo”.

Estas son reflexiones de Martin, un periodista con alma de poeta, el personaje de la última novela Entre dos aguas, de Plinio Apuleyo Mendoza, recientemente editada por Ediciones B. Estos son pensamientos que de una u otra forma el escritor le presta a su personaje porque esta novela tiene mucho de la vida de Plinio Apuleyo Mendoza. Él mismo afirma que la verdadera narrativa con valor literario tiene que apoyarse en vivencias. Tiene que nutrirse de la experiencia de quien escribe.

Más que tres letras

El nombre de Don Plinio Apuleyo Mendoza no puede prescindir del Don. Hay seres humanos a quienes llamamos Don por su edad, sobre todo en Colombia en donde sabemos que el respeto va siempre por delante. Plinio califica para esta deferencia por su edad, sin embargo, este no es el caso de Don Plinio, a él no se le puede quitar el Don porque más allá de la formalidad existe una caballerosidad y clase en su persona que nos impiden deslastrarlo de estas letras. Más allá de sus capacidades como persona, periodista y diplomático Plinio Apuleyo Mendoza posee un don sin igual, tiene don de gentes, don de palabra, don de la memoria, don de la precisión. Plinio tiene un don para contar anécdotas que deja boquiabierto al más pintado, además de una capacidad de análisis de la historia y el acontecer político que impresionan. Su gran error o destino fue no poder dedicarse de lleno a la literatura. Ésta lo prestó al periodismo, al periodismo duro. Ese que investiga, que no escribe complaciente, que saca roncha. Ha tenido la suerte o la desgracia de acompañar a otros en momentos importantísimos. El azar así lo ha querido, más que el azar han sido sus pasos, las decisiones que ha tomado a lo largo de su vida y las que por él tomaron quienes lo trajeron al mundo.

Su nombre es muy peculiar, él dice que sólo ha conocido otra persona con el nombre de Plinio. Por un altoparlante en la feria del libro de Madrid escuchó que llamaban a un Plinio con otro apellido y acudió a ver quién era, cuando llegó el otro Plinio ya se había ido.

Al preguntarle por la historia de su nombre él cuenta que tuvo un bisabuelo llamado Pedro Mendoza que era médico en un pueblito andino de Colombia. A ese pueblo, en aquella remota época (fines del siglo XIX, llegaba un hombre con una mula cargada de libros para venderlos en las aldeas. Eran los clásicos de la antigüedad editados por la editorial Ercilla. Ese bisabuelo se fascinó con Plinio (no sé si el viejo o el joven) y con Apuleyo, el autor de El Asno de oro, un clásico del siglo II. Y le puso esos dos nombres a su abuelo. Este no se atrevió a usarlos. Se llamó sólo Apuleyo Mendoza, él era oriundo de un pueblo llamado Toca. “Cuando nació mi padre lo bautizó Plinio. Mi padre fue un hombre muy conocido en Colombia. Se llamaba Plinio Mendoza Neira. Era político, editor, diplomático y periodista”. Cuando él nació hubo entre su padre y su madre una discusión sobre el nombre que debían ponerle. Ella quería que se llamara Plinio. Su padre estaba empeñado en que llevara el nombre de Apuleyo, como su padre que acababa de morir. Se confiesa víctima de la solución salomónica. “Nunca pude prescindir de los dos nombres. En el colegio yo no quería que nadie se enterara de que me llamaba Apuleyo, mientras que en casa me llamaban Apuleyo porque mi padre ya era Plinio. El problema se agrava hasta tal punto que todo el mundo cree que Apuleyo es apellido y en Bogotá he llegado a aparecer en la A en la guía telefónica, en el aeropuerto pregunto por la M y nada, voy a hacerme una radiografía y lo mismo”.

Testigo de excepción

Fue amigo de Jorge Eliécer Gaitán y presenció su asesinato. En la tarde del 9 de abril de 1948 Plinio Mendoza despidió a su hijo en la puerta del edificio Agustín Nieto. Plinio Apuleyo cruzó la calle para almorzar con su hermana Soledad en la cafetería Monteblanco y cuando se sentaban a la mesa, oyó los disparos y los primeros gritos de los peatones. Bajó entonces a la Carrera Séptima y vio el cadáver de Gaitán. Cuando él cuenta esta historia hace un gesto con las manos como si estuviera sosteniendo el cuerpo.

Su paso por Caracas fue muy significativo para el periodismo venezolano. Contrató talentos de la talla de Gabriel García Márquez. En 1958, Plinio junto a García Márquez estaban en la terraza de un edificio en Caracas presenciando el bombardeo al Palacio de Miraflores. Esto fue nada menos que el derrocamiento del dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez.

Fue uno de los primeros en leer el manuscrito de Cien años de soledad. García Márquez le escribió que el problema con Cien años de soledad no era escribirla, sino tener que pasar por el trago amargo de que la leyeran los amigos que le interesaban y que le habían dado alegría sus comentarios. Además acompañó a su amigo a recibir el premio Nobel en Suecia. De este evento recuerda que Gabo no quería usar smoking siempre había dicho que no usaría smoking y se fue vestido con un liquiliqui oscuro. Una señora que vio el discurso del premio nobel le preguntó a Plinio que por qué Gabo se había vestido de mesonero.

En 1971 por recomendación de García Márquez, Plinio fue nombrado director de la revista Libre, en París. Los colaboradores de esta publicación eran sus amigos Gabriel García Márquez, Juan Goytisolo, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa, entre otros, lo cual hace a Plinio, en justicia, parte del boom latinoamericano.

Privilegio de periodista

Ahora que vino a presentar su última novela Entre dos aguas me tocó acompañarlo. Éste fue un privilegio enorme. A todos los lugares que fuimos él recibió grandes muestras de afecto, la verdad es que los periodistas se peleaban por entrevistarlo. De nuevo la casualidad persiguió a Plinio y aquí en Caracas estaba Santiago Gamboa que era el orador de orden de la Conferencia anual de la Fundación para la Cultura Urbana. Santiago se emocionó enormemente al saber de la coincidencia y lo invitó a su evento. En éste le dedicó unas hermosas palabras en las que el dijo que era como un padre y un mentor para él. Que cuando más necesitó una mano él estuvo allí para dársela. Fue un momento muy emotivo.

Para Don Plinio la memoria es una angustia. En nuestras conversaciones me dijo que recordar se le hacía pesado hoy en día, sobre todo cuando evocaba seres queridos que se han ido. Sobre todo cuando pensaba que había podido hacer más por ellos. Es un hombre sensible y generoso, con una memoria tan prodigiosa que lo persigue para recordarle aquello que prefiere olvidar. Por esta razón está escribiendo sus memorias. Alguno escritores las ponen en blanco y negro para quitarse el peso de encima. Esperamos con ansias este trabajo porque si alguien sabe cómo definir el perfil de un ser humano es Don Plinio, sus obras de Pintores en Francia o de políticos colombianos son dos joyas.

Plinio el 100% escritor

- ¿Cuándo comenzó a escribir?

- A los 13 ó 14 años. Escribía unas prosas líricas sobre temas como la llegada del mes de diciembre (mes de luz y alegría en la Bogotá de entonces), los páramos, la sabana, Cartagena o Tunja, la ciudad colonial donde nací. (Una ciudad para meditar, fue el título), mi primer encuentro con el mar, etc. Mi padre, que era editor del más importante semanario de entonces, decidió publicarlas en un libro que tituló: Primeras palabras con motivo de mis quince años. Durante muchos años tuve vergüenza de ese libro de prosas líricas, pero hace un par de años lo encontré en una calle de Bogotá, en un puesto de viejos libros, y lo leí como si fuera de otro. Y me sorprendió. Era increíble que lo hubiese escrito un muchacho de 14 años.

- ¿Qué lo llevó a escribir?

- No sé. El hecho es que me apasionaban las novelas. Recuerdo haber leído Crimen y Castigo en un baño del colegio donde estudiaba, escapándome de las aulas de clase. Me pasaba la vida solo, leyendo novelas.

- ¿Cuáles son las lecturas que le marcaron el camino como escritor?

- Releyendo mis Primeras Palabras menciono a Azorín y a Tagore. Pero más tarde descubrí los americanos: Faulkner, Dos Passos, Hemingway, Cadwell, y creo que fueron de mucha influencia cuando empecé a escribir narraciones.

- ¿Cuando escribe tiene la historia clara de principio a fin o ésta se va desarrollando a medida que avanza?

- No nunca tengo la historia completa en la cabeza. Sólo una vaga intención que se va definiendo a medida que escribo.

- ¿Cómo ha dejado huella su vida personal en sus letras. Me refiero a los viajes y los cargos que ha desempeñado?

- Mas que los cargos, lo que ha dejado huella son los lugares donde he vivido. He vivido más de 35 años en Europa (París, Roma, Lisboa, Madrid) sin perder nunca mi contacto con Colombia, incluso con los lugares donde tiene lugar el terrible conflicto armado que existe desde hace 45 años en mi país. Y todas estas vivencias inevitablemente quedan en mis novelas.

- ¿Puede un escritor escribir de temas que desconoce o se le ven las costuras a esas historias?

- Naturalmente que puede hacerlo. Incluso puede conseguir con historias inventadas ser el autor de un best-seller. Pero la verdadera narrativa con valor literario tiene que apoyarse en vivencias.

- ¿Si volviera a nacer qué haría diferente en su vida para lograr sus sueños?

- No dejaría que otras actividades como el periodismo o la diplomacia me robaran un tiempo que preferiría dedicar a la literatura.

Algunas de sus obras son

El desertor, Años de fuga, La llama y el hielo, Los retos del poder, Zonas de fuego, El sol sigue saliendo, El desafío neoliberal y Entre dos aguas. El olor de la guayaba con Gabriel García Márquez, Manual del perfecto idiota latinoamericano y El regreso del idiota con Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa.

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