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Comer con los ojos: todo un arte

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Sobre una cesta de mimbre, un melocotón grande y rojizo sujeto al tallo, dos peras verdes y gruesas, cuatro racimos de uvas blancas y rojas muy maduras para ser comidas, una manzana bicolor con algunos agujeros hechos por los gusanos, varias hojas resecas taladradas por insectos, y un membrillo al que ya le han nacido hongos

Por Lucas Monsalve -Historiador

Comenzaba el siglo XVII y el maestro Caravaggio marcaba una nueva tendencia en el arte. Algunos de sus cuadros sólo tenían como tema central frutos, frutas y otros varios elementos relacionados con el comer y beber. Nacía lo que hoy conocemos como la pintura de naturaleza muerta o bodegones.

Sin embargo, si nos adentramos en la compleja evolución del arte de lo comestible, tendríamos que remontarnos como mínimo a los tiempos prehistóricos, donde los hombres primitivos decoraron sus cuevas con las especies de animales que consumían, algunos de ellos con claros gestos de haber sido cazados. No queriendo ir tan lejos, resultan aún más evidentes las decoraciones con banquetes llenos de manjares que acompañaban a las tumbas del antiguo Egipto, en rituales que reproducen el placer que significaba comer.

No obstante, la relación entre el arte y la comida es más notoria en el mundo grecorromano. Cuenta el sabio Plinio que en el siglo V a.C. los artistas griegos Zeuxis y Parrasio compitieron para ver quién era el mejor pintor. Zeuxis pintó unas uvas con tanto detalle que engañó a los pájaros que creyeron que eran de verdad, mientras que Parrasio representó una tela con tanta exactitud que logró equivocar al mismo Zeuxis quien quiso apartarla para ver el cuadro. Así, Zeuxis, logró confundir a los pájaros con sus frutas pintadas, pero Parrasio le engañó a él.

La costumbre antigua de imitar a la naturaleza por medio de la virtuosidad del engaño fue un arte considerado como banal, no por su técnica, sino por su contenido. La burla a los sentidos fue para los antiguos un arte menor, pues sólo proporcionaba placer sensorial, y los sentidos no fueron para los griegos la vía para el conocimiento, ni para la belleza. En un símil artístico, una escultura de un dios griego era a un cuadro de frutas fielmente pintadas, lo que la tragedia era frente a la comedia; lo divino versus lo profano.

Más comunes fueron en el mundo antiguo las representaciones de cestas con frutas a modo decorativo, en los frescos o mosaicos de casas y villas romanas, que imitaban a los xénia, ofrendas alimenticias que se hacían a los forasteros cuando llegaban a casa, y que era habitual que acababan convirtiéndose en la decoración de la estancia destinada como recibidor o comedor. Curiosamente cuando yo pienso en los xénia me viene a la cabeza la bandeja de frutas que siempre decora la mesa en casa de mi tía María Eugenia y que de forma gentil ella suele ofrecer comer alguna de ellas a sus invitados. Estoy seguro que ustedes pueden sacar un ejemplo similar, en una estética de lo cotidiano que ha perdurado inadvertidamente por más de dos mil años.

Pero el arte de presentar y representar a los alimentos no siempre ha tenido un fin decorativo. En sus escasas manifestaciones durante la Edad Media y en su primera etapa como género independiente durante el siglo XVII, la naturaleza muerta estuvo llena de simbolismos. Esto se conoce como el vanitas, es decir, los bodegones con contenido moral, donde se interpreta la fugacidad de los bienes terrenales, el peligro de los placeres o la brevedad de la vida.

Los historiadores del arte discuten si éste fue el sentido que le quiso dar Caravaggio a su primer famoso bodegón conocido como Cesto con Frutas, donde varias de ellas se muestras podridas o consumidas por bacterias o insectos, en una imagen de lo deseable ya caduco. Otros cuadros de naturaleza muerta son más explícitos y acompañan de forma un poco extraña a los alimentos con calaveras, libros, armas o relojes abiertos.

Un gran número de frutas, plantas y animales representan claros símbolos. Por todos es conocida la fruta del pecado, la manzana. Pero además de ella muchas otras poseen imágenes alegóricas. En arte, las naranjas y azahares, simbolizan fecundidad, el higo y la avellana la salvación, la uva blanca la eucaristía, la ciruela feminidad y fidelidad, el vaso de agua la pureza fértil, y la castaña el fruto preservado del pecado, no en vano castaña y castidad tienen el mismo origen etimológico (casta).

De igual forma, el dramatismo de algunos bodegones con escenas de animales de caza capturados o degollados y sangrantes antes de ser cocinados, nos recuerdan el sentido trágico de la transitoriedad de la vida y nuestra naturaleza más instintiva, y a mí en especial me recuerdan a mi profesor de filosofía, que nos decía que los hombres preferimos comer en una mesa, con mantel, cubiertos y copas, conversando de forma distendida, o en su defecto, frente al televisor o con el periódico, para olvidar de alguna forma el grotescos acto animal que implica comer, todavía más si alguno de los alimentos son carnes.

El triunfo de lo estético

En el siglo XVIII con la victoria definitiva de lo cotidiano frente a lo trascendental en el arte, se terminó de robustecer el género de la naturaleza muerta. Su auge en España, de la mano de varios pintores discípulos de los grandes maestros Velázquez o Zulbarán, inundó Europa y traspasó el Atlántico bajo el nombre castizo de bodegón que hasta hoy día utilizamos. Se olvidaron de lo simbólico para deleitarse en los detalles. Los bodegones permitieron representar la ostentación, la opulencia, el confort, descargados de tantas alegorías.

Pero la verdadera explosión vino a inicios del siglo XX, con la llamada modernización del contenido y la conquista artística de lo insignificante. Monet, Cézanne, Renoir, Van Gogh, por nombrar algunos de los más grandes, se valieron de los bodegones, como de los floreros o los jardines, para expresar su arte de forma libre, en una autonomía de lo pictórico frente a lo temático, un arte compuesto sólo por la voluntad del pintor. El artista moderno, vio en la naturaleza muerta la posibilidad de transmitir sin sentirse agobiado por el fantasma de lo narrativo, lo moral o lo literario.

De igual forma el cubismo interesado en el análisis de los objetos más como formas que por su significado, encontró en las cestas con frutas y alimentos cientos de geometrías distintas, para ser diseccionadas, recolocadas, sobrepuestas, en un divertido juego de colores y formas que ofrece la naturaleza de lo cotidiano.

Pero más allá de los grandes pintores, hoy en día la estética de la comida se ha impuesto. No es necesario ir a una pinacoteca para ver frutas en óleo. La esencia de representar alimentos deambula por doquier. En algunos casos en los comedores y cocinas de nuestras casas, con algún que otro cuadro, quizás pintado por un familiar o amigo aprendiz de artista, que con mayor o menor gracia intenta adornar sin llamar demasiado la atención. En la mayoría de los casos, por medio de la publicidad y la contemporánea sociedad de consumo, que han hecho del arte de maquillar a los alimentos su mejor herramienta para engañar a nuestros sentidos y hacernos comer con los ojos. Como dice el historiador y crítico del arte, Francisco Calvo, hoy los bodegones no nos son extraños pues “vivimos en un festín visual, el festín de la mirada, que puede permitir todo salvo realmente comer”.

Fuentes: - Francisco Calvo Serraller. El festín visual. Introducción a la Historia del bodegón. En: El Bodegón. Fundación Amigos del Museo el Prado. Madrid, 1999. - Joan Ramón Triadó. El Bodegón. Arte Carroggio. Barcelona, 2003.

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