El poeta granadino pintaba aceitunas, suspendidas de centenarios olivares, a la espera de que la constelación de Capricornio cruzara los cielos de fines de diciembre, anunciando la noche más larga del año y el inicio del vareo de las drupas colmadas de aceitoso zumo. El solsticio cubría de nieve a la Madre Tierra, nostálgica de la resurrección solar. Así nacieron ritos que ahora llamamos navidades: ancestrales cultos paganos enraizados con el arquetipo del Eterno Retorno.
Robles y menhires
Los antiguos ciclos agrarios atribuyeron tal fecundidad a los robles (drus) y sus ramas fueron honradas con piedras coloridas. Con el transcurrir de milenios, se encendieron hogueras entorno a los abetos perennemente verdes, símbolos de la eterna naturaleza. Otras festividades se sumaron: la Fiesta de Luces, también conocida como “Hanukkah” para los hebreros; la “Mitra”, una celebración indomesopotámica y la “Saturnalia”, una festividad romana.
En Salisbury, hace cinco mil años, se levantaron círculos de piedras que apuntaban al solsticio: el conocido Stonehenge, con menhires y avenidas ceremoniales. Ante tal aluvión de cultos decembrinos, al Papa Julio I no le quedó más remedio que aceptar -en el siglo IV- que la Navidad, para subsistir, debía coincidir con todos estos cultos.
¿Y los extra terrestres?
Stonehenge es terrenal pero develó fenómenos cósmicos que intrigaban a los humanos de antaño. No hay misterio en su construcción, pues duró siglos. Ni extraterrestres, ni divinidades tuvieron que ver con el logro humano de movilizar toneladas de bloques desde las montañas de Preseli. La ingeniería moderna explica los sistemas: rodamientos sobre troncos, bolas de piedra y ovillos de árboles que flotaban por los ríos.
La verdadera maravilla es que los celtas persistieran en ese esfuerzo durante generaciones, al igual que los grupos que levantaron las pirámides egipcias y mayas, los jardines de Babilonia, los canales de Tenochtitlan, o el observatorio de Machu Picchu. Cierta vez, los aprendices de brujo -que dudan de la creatividad humana- acusaron de incrédulo a Paul Éluard. Y él respondió, ajeno a supersticiones: “Hay otros mundos, pero están en éste”.
Recién nacidos
La Navidad debería ser la menos privada o familiar de las fiestas. Por no serlo, quizá no haya festividad más marchita y artificial. En ella (se nos dice), nació un niño frágil, durante una noche fría de invierno, de unos padres que nadie quiso admitir bajo techo. El hombre imagina el misterio, lo recibe entre sus manos como una iridiscencia, pero luego lo convierte en parpadeante bombillito de plástico. ¡La Navidad se inventó para que cayéramos en cuenta de que somos el mismo ser, el mismo tiempo cósmico, el mismo niño recién nacido… el más puro goce y el más grande amor!
¿Ha de ser la Navidad (como nos dicen), un festejo privado y consumista? ¿Qué hipocresía es ésta? ¡No! ¡A celebrar fuera de casa! ¡A abolir paredes y cerrojos! ¡Qué entre el que quiera a la posada que otrora se cerró y que ahora se abre para todos! Olvidémonos de ver una TV de coros acartonados. No nos indigestemos con panes de jamón, con jarabes champanizados y resecos o jamones planchados, que niegan lo culinario. ¡Comulguemos con la maravilla gastronómica llamada hallaca!
Canto galés y de ‘zofra?
Los niños siguieron naciendo y sentándose a comer alrededor de la mesa baja y comunitaria que los serbios paganos llamaron “zofra”, acaso la misma que los druidas decoraban con muérdago. Entonan un viejo himno a la esperanza:
Cantamos a las muchas formas que hemos tenido junto a la sofra, con vino, una espada y un pan; hemos sido escudo en un conflicto. hemos sido cuerdas en la cítara. Somos una palabra, una mano y un tiempo.
Revive la experiencia del Impreso On-line
| < Prev | Próximo > |
|---|










