Antonio Milla
Su cabello es de oro, su piel de terciopelo y sus caderas prolongan piernas torneadas que incitan sueños. La delicada nariz recuerda el bouquet de las flores o la carnosidad de frutas antes de madurar. Sus lágrimas huelen a miel con notas de duraznos recién cortados. Su madurez es fascinante y se torna hechicera al ritmo de ocurrencias alocadas. La boca nos recuerda el pan tostado y la mantequilla de la mañana, con efluvios de vainilla y acaso de nuez. Su cuerpo se eriza cuando mi mano lo acaricia para hacerlo girar y promete un final excitante a medida que las sensaciones se hacen más intensas y se adivina la cercanía del climax.
Oinos
Quien suponga que la protagonista es una mujer se equivoca, pues se trata de un varietal Chardonnay, descrito en la charla ‘Vino y Mujer: ¿hay algo mejor??. Un joven recién ‘graduado? de chef, quien ignora que tal voz francesa no implica título sino cargo: ‘jefe? (de cocina, claro), interrumpe para declamar que nada hay más sublime que la gastronomía. No sabemos si alude a la ‘tempurizada?, o a la forjada en el crisol Egeo de fogones y vendimias, al conjuro de las cráteras de Dyóniso y Anfisa.
Tal vez los vinos parezcan femeninos por lucir un vestido sensual. El tinto del año lo llevará ligero; los Malbec, Tannat y Carmenere jóvenes serán violetas y el Cabernet centelleante. La voz del borgoña resonará profunda y la del Syrah intensa, como corresponde a la primera cepa cultivada por la humanidad en la Mesopotamia. Los rosados vibrarán con notas indefinibles, mientras los blancos coquetearán medrosos, discretos, anárquicos o sutiles según la personalidad de la madera. Jereces y oportos serán sinónimos de generosidad. Fiesteros o elegantes, los espumosos perlarán con gasas la copa -seductora hendija cristalina- que alborotará labios atrevidos.
Travesuras
Una enóloga rioplatense preguntó con picardía durante una cata: “el vino, ¿tiene sexo? ¿femenino o masculino?”. La interrogante voló del aire al aire como una red vacía mientras la sangre del Tannat y del Syrah, caldos insignia -de Uruguay uno y de los viñedos de Carora el otro- se trepaba a las mejillas de quienes apuraron sus copas.
El vino no ha conocido jamás miseria sino sensualidad. Posee suficiente encanto (charme y glamour dicen los franceses), para crear su propio lenguaje. Nunca faltaron palabras para definir sus evocadores matices: ardiente, sensible, placentero, cálido, salvaje, sedoso, ácido, dulce o amargo como la vida misma. Y muchos otros adjetivos, ampliados hasta lo infinito, que reverberan en cama y mesa, porque los buenos caldos son como los buenos amantes: jamás pierden el sentido del humor. ¿Ni siquiera cuándo…? Ni siquiera cuando. Porque es entonces que irradian su mayor luminosidad: en el Antes, el Durante y el Después (nos referimos a la cata, por supuesto).
Vivir
A veces el vino enarbola masculinidad para afirmar su carácter. Otras, luce femenino, sobre todo si son hombres quienes lo beben. Pero, ¿a quién le importa esta bizantina discusión? Lo esencial es comulgar con el vino en buena compañía, momento y lugar. ¿Y después? ¡Ay!, después será el tiempo de compartir claroscuros que gotean desde las constelaciones, escuchando a Benedetti cantado por Serrat:
Una mujer desnuda y en lo oscuro es una vocación para las manos para los labios es casi un destino y para el corazón un despilfarro. Una mujer desnuda es un enigma y siempre es una fiesta descifrarlo.Hora de la sobremesa. El Sauternes tiñe dos copas y amalgama terciopelos con el dulce legado del Botrytis. Los leños crepitan en el hogar de piedra y entibian un plato de fresas con chocolate. Las sandalias de ella copian tornasoles. Una mujer vestida es un misterio y nos puede llevar una vida desnudarla.
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