Hace milenios, Grecia dibujó la cultura de un Mare Nostrum surcado por sirenas y tritones. Eran tiempos de diosas humanizadas y de humanos que se tornaron dioses, como sucedió con Asclepio (Esculapio en Roma), en premio a su ars medica. El Centauro Quirón le había enseñado la ciencia del Pharmakon, contenido en las plantas: veneno o medicina según se usara para bien o para mal; algo que después reafirmaría Paracelso al crear el primer vademécum, encabezado con una dramática frase: “Nada es veneno; todo es veneno; la diferencia está en la dosis”.
Una fémina de barro
Mucho antes, las tabletas cuneiformes asirias recogieron relatos de los asentamientos humanos de hace ocho mil años en Mesopotamia. La diosa madre Ishtar -una y trina- tomó arcilla del Éufrates, agua del Tigris y -siendo también Tiamat y Aruru- amasó a la primera mujer. Luego, sembró el árbol de los cuatro vientos, Kassu, en el cual se columpiaban las Tabletas del Destino y advirtió: “Jamás las leas, porque no volverás a ver el rostro de la vida y la muerte será tu señora”.
Más tarde nació Zu, el primer varón, brotado del cuello de la mujer primigenia. Robó una tableta e intentó descifrarla. Como castigo, las aguas habrían de anegar el País de los Dos Ríos. A Utnapishtim le fue anunciado: “Construye una barca y deja tus riquezas. Sube a tus hermanos animales, sin olvidar el trigo silvestre y la vid salvaje. Flotarás durante muchos días, mientras la humanidad vuelve a ser fango”. Después, aguas salobres cubrieron el mundo. Por fin llegó un crepúsculo en el cual la paloma y el cuervo no regresaron: se habían posado sobre el Monte Natsir. Las aguas descendían.
Allí, hace cuatro mil doscientos años, Hammurabi promulgó la primera ley médica: “Si un médico ha tratado a un hombre de una herida grave, mediante la lanceta de bronce y el hombre cura; o si ha abierto la nube de un hombre con la lanceta de bronce y ha curado el ojo; recibirá 10 siclos de plata. Si ha hecho morir al hombre o destruido el ojo, se le cortará la mano”.
El arte de curar con Pharmakon
El sol de hace tres milenios calcinaba los escombros de Troya, desde los cuales Odiseo inició su peregrinaje de diez años rumbo a Itháka, sin presagiar que cíclopes y diosas confundirían su deriva. Homero cantó la gesta y el Mar Egeo sintió erizarse su piel de vino. Era el tiempo de Asclepio, nativo de Epidauro en la Argólida griega, quien subiría al Olimpo como dios de la medicina.
Ignorando el embarazo de la ninfa Coronis, Apolo, celoso, la acribilló con saetas hasta constelar de rubíes su pecho, pero ella logró dar a luz por cesárea atribuida al centauro Quirón, futuro preceptor del niño a quien Coronis -antes de morir- bautizó con el nombre de Asclepio. Su sabio uso del Pharmakon fue premiado con la inmortalidad. Los Asclepieia -templos en su honor- se extendieron a través del Peloponeso y su imagen, empuñando el alado Caduceo hermético, fue reverenciada.
Un gallo para Asclepio
Al suicidarse, Sócrates alzó la copa con cicuta hacia sus discípulos: “Honor a quien me venza, con la verdad, en vosotros”. Cuando el veneno actuó, le susurró a Platón: “Recuerda que le debo un gallo a Asclepio”. La cultura griega está contenida en estas frases. El pensamiento lógico emerge liberado de la superstición. El sentido de la ética -aún en la muerte- supone una estética. Mente sana en cuerpo sano es una actitud ante la vida encarnada en Niké de Delos, efigie artística de una mujer sana y seductora, que no sólo corre el Maratón sino que sonríe al hacerlo. La sensual conjunción helénica de Eros y Psykhé, había comenzado.
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