En octubre de 2006, escribí en esta misma sección un artículo titulado “Al Maestro José Antonio, con cariño”, en el cual me referí al verdadero sentido y quizás el más importante aspecto del Movimiento de Orquestas Juveniles e Infantiles creado y dirigido por José Antonio Abreu. Dicho sistema es una fórmula eficiente e inteligentemente concebida para generar nuevos y buenos ciudadanos, quienes a través de la música y de la actividad orquestal aprenden valores como la búsqueda de la excelencia, el trabajo en equipo, la disciplina, la autoestima consciente y el respeto a los demás.
Días atrás, razones personales y de trabajo me llevaron por corto tiempo a la ciudad de Houston, donde tuve la ocasión de vivir la experiencia de asistir a una presentación de la Orquesta Sinfónica Juvenil Simón Bolívar, bajo la estupenda y carismática dirección de Gustavo Dudamel, en lo que fue el comienzo de una corta gira de la orquesta por varias ciudades de los Estados Unidos.
No sé, amigo lector, si soy capaz de transmitir lo que fue esa experiencia, pero lo intentaré:
Dudamel y la orquesta llenaron un viernes por la noche un teatro con capacidad para 3.000 puestos, al que hubo que agregarle sillas sueltas por la altísima demanda del público, conformado por unos cuantos venezolanos de los muchos que residen en esa ciudad y por una mayoría de estadounidenses que, motivados quizá por la fama indiscutible que precede a Dudamel, acudieron con interés para tratar de conocer de primera mano las razones que dan lugar a esa fama.
El concierto fue magistral desde el punto de vista de la ejecución musical y el sonido de la orquesta, que realmente refleja y proyecta el grado de compenetración que existe entre sus integrantes, así como la infinita comunicación entre la orquesta y Dudamel; pero lo más importante es que ambas se transmiten al público, que al percibirlas, se convierte en un actor más en la sala.
La gente no deja de maravillarse con el espectáculo de conjunto y con las sensaciones que se transmiten, a pesar de que sólo algunos, los más observadores y sensibles, se dan cuenta de dos elementos importantísimos: 1.- Gustavo dirige sin partitura, lo cual supone conocer de memoria y a la perfección la obra que se está tocando, pues sólo de ese modo puede llamar acertadamente cuando corresponde a cada línea de instrumentos y además indicarles la intensidad con la que deben sonar; 2.- A la hora de recibir el aplauso y la ovación del público, Gustavo no se sube al podio sino que la recibe desde el llano de la orquesta, en el mismo plano que sus músicos, que son sus compañeros y amigos, entre los cuales camina con la extraordinaria sencillez del guaro alegre y generoso que es, buscando a la muchacha que hizo un gran solo de flauta, o al muchacho que lo hizo con el corno, o al concertino, para invitarlos a ponerse de pie mientras él reclama para ellos el aplauso del público.
Quizás por eso es que esos músicos lo adoran, y ello tiene mucho que ver con el inmenso sonido de conjunto que tiene esa orquesta, el cual se escucha y se siente como algo enormemente superior a la suma de sus partes.
Por añadidura, ese concierto contó con un elemento adicional e inesperado: El gran Maestro Cruz-Diez estaba entre el público, pero no sólo como espectador sino como el genio creador que es, gracias a lo cual, con el concurso de un modesto equipo técnico encabezado por su nieto Gabriel, en pleno concierto proyectó los colores de una de sus obras sobre la orquesta en movimiento, a cuyo efecto los músicos habían dejado descubiertas sus camisas blancas para servir de pantalla de proyección, todo lo cual resultó en una experiencia inédita y maravillosa.
Al siguiente día hubo una memorable conferencia conjunta en la que Cruz-Diez, José Antonio Abreu y Dudamel, cada uno desde su personal perspectiva y oficio, así como desde la óptica de sus respectivos testimonios de vida, hablaron acerca del arte como medio o instrumento de cambio social, lo cual sencillamente se tradujo en una muestra de por qué la Humanidad prosigue su existencia, a pesar de tanta estupidez que hay en el mundo.
Estos tres individuos explican con su ejemplo y su existencia, por qué a la larga el saldo termina siendo siempre positivo.
Hasta la próxima, amigo lector.
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