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El carro limpio en Caracas

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Durante años, mis amigos se han burlado de mí y han hecho fiesta en torno a un hecho característico de mi modo de ser: mantener el carro siempre limpio y pulido.

En efecto, es así amigo lector. Es algo a lo que siempre he prestado mucha atención y dedicación, lo cual ha servido para que los amigotes siempre me hayan calificado de maniático, y quizás tengan razón.

Pero resulta que ahora, en los tiempos y circunstancias que corren en Venezuela, y particularmente en Caracas, mantener el carro limpio y pulido se va convirtiendo en una manía cada día más difícil.

He contado siempre con la buena y eficiente colaboración de Álvaro Martínez, conocido entre mi familia y mis amigos como Alvarito, un colombiano decente, amable y trabajador, que durante años se ha ganado la vida dignamente lavando y puliendo carros a domicilio, o en los estacionamientos de alguna compañía grande cuyos empleados no tienen tiempo de llevar su carro a hacer las colas de un autolavado.

Gracias a él -que periódicamente va a la casa, desayuna y comparte conmigo las sabrosas arepas que hornea mi Bruja, para luego pegarse durante horas a echarle brazo y pulmón a la labor de pulir los carros de la familia- éstos se han conservado siempre relucientes y en buen estado la pintura de la carrocería, e impecablemente limpia la tapicería y los espacios interiores, de modo que el verdadero responsable es él y no yo.

Ocurre sin embargo que en esta vida moderna, que cada día tiene menos de vida, el deterioro generalizado de los espacios públicos y de la conducta cívica es tan grande y recurrente, que el esfuerzo de Alvarito prontamente se pierde sin que pueda uno hacer nada para evitarlo.

Salgo de mi casa en Los Naranjos y me encuentro con que un contratista de la Alcaldía pasó esa máquina horrenda que va pelando la capa de rodamiento por mi calle y por otras muchas de la urbanización. Así que durante semanas queda la calle como una zona de guerra por la que el transitar de los vehículos hace levantar espesas nubes de polvo que van a depositarse sobre esos mismos vehículos. De modo que cuando llego a la famosa bajada que conduce a Plaza Las Américas y el Boulevard de El Cafetal, el carro viene ya cubierto con esa capa de polvo y demás inmundicias disueltas y mezcladas en él.

Me encuentro entonces con un aguacero que, al mezclarse con la tierra de las muchas construcciones que se están edificando a ambos lados de la vía, desde Plaza Las Américas hasta el Alto Hatillo, se transforma en un barro espeso y rojizo que más adelante se mezcla con un permanente rebose de aguas negras, el cual aumenta cada vez que llueve y forma un viscoso torrente que corre por la pendiente y se deposita al final, produciendo un enorme charco.

Justo en el momento en que llego a ese charco, me pasa por al lado uno de esos muchachitos que andan en uno de esos vehículos rústicos equipados para cruzar ríos y montañas, pero que como la mamá no los deja ir a “rustiquear” en esos sitios lejanos por temor a que le secuestren al niño, éste trata de aliviar sus penas demostrándole a los demás que su carro sí pasa sin dificultad ni temor por cualquier charco, así que lo atraviesa a la máxima velocidad que el tránsito le permita, bañando de agua sucia a todo el que se encuentre a los lados.

Ese muchachito, que nunca en su corta vida ha lavado un carro, ni menos aún lo ha pulido, no tiene idea del esfuerzo que Alvarito puso para que mi carro quedara brillante, como recién salido de Agencia, ni tampoco de la arrrrr… que su acción provoca en mí y en todos los que se encuentran en la misma condición que yo; pero lo peor, amigo lector, es que tampoco le importa.

Cuando por fin logro llegar a Las Mercedes, zona donde trabajo, las Calles están anegadas como es ya costumbre, porque los drenajes nunca han funcionado bien, y entonces es un autobusero quien con saña y sin ningún recato, se solaza levantando con su enorme vehículo toda el agua sucia que puede, bañando carros y transeúntes, y “al que le caiga la chupa”.

Al siguiente día no habrá lluvia, pero igual estarán las aguas negras que corren por la mayor parte de las vías de Caracas, y las calles “peladas” y agujereadas por la máquina del contratista de la Alcaldía, habrán acumulado agua y barro que más tarde se convertirá en polvo, para volver a comenzar el ciclo y llegar al mismo resultado: en Caracas, no se puede mantener el carro limpio por mucho tiempo.

Hasta la próxima, amigo lector.

 

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