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Cuando la casa te queda grande

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¿Se acuerda Ud., amigo lector, allá en sus años de mozo, cómo soñaba con la posibilidad de llegar a comprar, o mejor aún, construir, la casa que desde su óptica particular pudiera ser la casa ideal?

¿Recuerda que, cuando por fin logró culminar los años de estudio y preparación profesional, investido ya de las herramientas indispensables para salir a la palestra a demostrar todo lo que creía haber aprendido y la capacidad que creía tener para “comerse el mundo”, llevaba en el fondo del corazón la íntima ilusión de poder comenzar pronto a ganarse y reunir unos realitos para, algún día, llegar a tener esa casa?

Años de trabajo, estudio y más trabajo, buenas y malas experiencias, empeño responsable, deseos legítimos de superación y uno que otro golpe de suerte, hasta que se pudo comprar un apartamentico por medio de una cuota inicial que se reunió “rajuñando” de aquí y de allá, y firmando tres cuartos de kilo de giros representativos de una o dos hipotecas, gracias a las cuales se hizo Ud. flamante propietario de una deuda enorme y de la esperanza de llegar a pagarla algún día, para poder entonces sentir que había pasado a ser efectivamente propietario del apartamento y que había dejado atrás la deuda.

Superado ese primer escalón, y siempre dándole y dándole para seguir adelante, ya con la responsabilidad gustosa pero pesada de sacar adelante la familia que había decidido formar, sintió que llegaba el momento de aspirar a un apartamento más grandecito, con más habitaciones y espacio para los muchachos, que de cuando en cuando se lo dejaban libre a Ud. para compartir el espacio con los amigotes en esas sabrosas tenidas caseras. Entonces puso Ud. a andar la rueda nuevamente y se metió en otra deuda de largo plazo.

Con la misma receta de antes, pero ahora con el látigo de la inflación y la devaluación dándole en la espalda y en el bolsillo, y agradecido de contar con la ayuda y el apoyo indispensable de su Bruja (léase esposa) al pie del cañón, que haciendo gala de las artes propias de su oficio y condición para hacer rendir los reales hizo posible que casi siempre alcanzara para todo, logró por fin salir también de esa nueva hipoteca.

Ahora, gracias a Dios y a que la sana condición humana conserva siempre el instinto y el deseo de superación, le llegó el momento de rescatar y acometer aquel viejo sueño de tener casa, sin las limitaciones e inconvenientes comunitarios de la propiedad horizontal, para que los muchachos pudieran desenvolverse mejor y para que Ud. pudiera igualmente desenvolverse mejor celebrando esas humeantes y olorosas parrillas y las parrandas de músicos con los amigotes. Y así, con un gran resto de ilusión, con algo más de solidez y rogando al cielo que le diese salud y tiempo para acometer el nuevo proyecto, dio Ud. el paso de meterse en la casa que sus posibilidades materiales y sus gustos, podían adecuadamente sostener.

Larga carrera, ¿no? Pero llegamos a la meta con la satisfacción y la consciencia de que, más que el logro material, lo importante era la realización de aquel sueño de juventud, con todo lo que ello encierra.

El tiempo pasó, tus hijos crecieron, se hicieron adultos y emprendieron la aventura de sus propias familias, gracias a lo cual te hicieron abuelo casi sin que te dieras cuenta de lo que estaba pasando, y de pronto adviertes que te van quedando espacios vacíos que poco a poco van haciendo más evidente su oquedad, porque ya no están aquellos locos bajitos que luego crecieron y partieron, llevándose consigo la energía vital que daba sentido a esos espacios.

Es ahí cuando comprendes que la casa te queda grande, que ya cumplió su función y que es tiempo de que te apartes y la dejes libre para que otro tenga la oportunidad de materializar con ella un sueño similar al que tú ya tuviste y viviste.

Es tiempo de reducirte nuevamente a un apartamento para no hacerte esclavo de esa casa, y te vas, llevándote contigo los buenos y malos recuerdos, por fortuna con un saldo positivo, para dejar que la noria de la historia haga lo suyo.

Ahora te toca aprender a disfrutar para ti, el tiempo que te quitaba la casa.

Hasta la próxima, amigo lector.

Para ver el artí­culo original en la revista haga click.


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