Tranquilo, amigo lector, que no le voy a hablar de política, ni le voy a ofrecer un partido nuevo. Lo que sucede es que el Editor resolvió dedicar la edición de esta revista a nosotros, los padres, y por extensión, a los varones en general.
Suena un poco feo eso de que uno escriba sobre sí mismo, por más que se disimule un poco la cosa con la excusa de que en verdad no es sobre mí, sino sobre “el gremio” o el “colectivo”, como se dice ahora; pero al fin y al cabo, en un país en el que el Patrón gasta sin recato alguno miles de millones en propaganda, lobby, películas, libros, panfletos, volantes, entrevistas, franelas, gorras, muñecos y pare Ud. de contar, sólo para hablar de sí mismo y alimentar la vana ilusión de hacer perpetua su imagen, no tiene nada de particular que Ud. y yo, a cuenta del Día del Padre, aprovechemos para hablar de nosotros mismos.
Comencemos por decir que la Cultura, esa entidad inasible que, sin embargo, tanto peso tiene en la vida de los humanos, nos impone desde pequeños la carga de tener que crecer, desarrollarnos y hacernos viejos, dentro de la inquebrantable y rígida regla de que los hombres no lloran.
Poco ha valido que un poeta se haya atrevido a decir, refiriéndose a una lágrima que dejó escapar el personaje de su poema: “…lágrima de hombre, no crea otra cosa, que los hombres lloran como las mujeres porque tienen débil, como ellas, el alma”; ni que más de un psiquiatra, psicólogo o psicoanalista haya desarrollado convincentes y enjundiosas teorías acerca de los beneficios emocionales y conductuales que suele tener el llanto oportuno y honesto, sin que por ello se pierda un ápice de los genes varoniles. La historia siempre es la misma: ¡Aguante callao y trague grueso, pero no llore!
No es que me declare llorón, pero sí pienso que el mundo pudiera ser mejor si los varones nos permitiéramos el derecho de llorar cuando el alma lo necesita.
Esa misma Cultura nos impuso, desde los tiempos del Imperio Romano, la carga de tener que representar y ejercer el rol de Pater Familiae, lo que significa que se supone que tienes que dar buen ejemplo, administrar sabia y eficientemente el patrimonio, llevar y mantener el buen orden familiar (lo que por cierto, no siempre te hace el miembro más popular de la casa), tienes que fajarte y echarle un camión de bolas criollas en la calle para tratar de ganarte decentemente un puesto respetable en la sociedad, y tienes además que ser simpático y agradable para los amigos y las novias de tus hijos, los amigos y los novios de tus hijas, la suegra, los cuñados y las amigas de tu mujer.
Justo es reconocer que la Bruja de uno ayuda en casi todas esas tareas, pero la etiqueta del “responsable de…” siempre la lleva uno pegada, y no resulta en estos tiempos nada fácil administrar el patrimonio familiar de manera medianamente acertada, cuando todo te cambia de un día para otro según los caprichos del Patrón, que con un dedo y la boca, destruye en minutos más de lo que en sus mejores momentos podía mover o cambiar “la mano invisible del mercado”.
Menos mal, amigo lector, que siempre nos queda el refugio de las parrillitas, las reunioncitas de músicos, la eterna y siempre incondicional solidaridad de aquellos amigos que hicimos en el bachillerato, cuando no mediaban intereses que condicionaran el afecto y la amistad, uno que otro buen amigo adquirido más recientemente, y que, si tenemos la suerte de vivir lo suficiente como para comenzar a ver la madurez adquirida por los hijos, tienes el chance de que un día inesperadamente te agradezcan las tantas veces en que te tocó decir que no, y cuando eso ocurre, sientes que todo valió la pena.
Lo importante, amigo lector, es que podamos tener la tranquilidad de que lo poco o mucho que en el ejercicio de ese rol de Pater Familiae hayamos hecho, haya sido siempre animados por la Buena Fe y la mejor intención. Si lo hicimos bien o mal, es cuestión de apreciación y será según el color del cristal a través del cual se mire.
¡Felíz Día del Padre!
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