Si pensar en la muerte es una preocupación que aparece en cualquier momento de nuestra vida, basta toparnos con ella más o menos cerca para que la idea se vuelva angustiante e inmovilizante. En estos casos la muerte es de otros, es ajena (de un familiar, de un amigo, de un conocido), y, sin embargo, nos induce a pensar en la nuestra. De este modo, nos surgen una serie de interrogantes frente a la realidad de la muerte. Es tan segura y lógica que en el mismo instante que nacemos contraemos, sin quererlo, la deuda de morir. Por ello, la vida y la muerte están intrínsecamente entrelazadas; y por ello estas interrogantes son abordadas desde distintas disciplinas humanas tales como la medicina, la filosofía, la psicología, la antropología y la literatura. Al igual que la vida, la muerte está condicionada por factores biológicos, psicológicos y socio-culturales; sobre todo, en referencia a nuestro cuerpo físico, a nuestro cuerpo de carne y hueso, que es el vehículo con el cual actuamos en la tercera dimensión o mundo físico. No obstante, ocurre que la mayoría de nosotros no llegamos a estar en un pleno estado de conciencia en lo relativo a que nuestro cuerpo o caparazón está sujeto y condicionado al tiempo, o lo que es lo mismo, que se deteriora con el transcurrir de los años y, que por lo tanto, en el momento menos pensado o esperado, ineludiblemente llega el día en que sus funciones biológicas y su metabolismo se detienen. Cuando eso sucede se dice que ha llegado la muerte física. ¿Podríamos decir entonces que el tiempo es otro condicionante de la vida? Pero, ¿qué es el tiempo? ¿Existe realmente o solo se halla en nuestra imaginación? Como respuesta, algunos gustan señalar que el tiempo es la sucesión de pasado, presente y futuro, pero lo curioso es que ni el pasado, ni el futuro son, porque sólo nos queda el presente, un instante que no deja de dejar de ser y que continuamente desaparece entre dos nadas, sin casi duración. ¡Claro! Esto no es nada fácil de entender y, por supuesto, no es nada sencillo imaginar un mundo sin el tiempo, puesto que sería un mundo sin presente, sin movimiento, sin reposo… Sin el tiempo nada sería posible porque el mismo tiempo es una condición necesaria para todo lo que conocemos: ser es ser en el tiempo. Ahora, pensemos en el presente. Lo que hacíamos hace apenas un instante ya es pasado y ahora ya no es, ahora sólo existe como recuerdo. Pero lo fascinante es que el tiempo no deja nunca de fluir, ese es el gran misterio: el presente deja continuamente de ser, sin por eso desaparecer. Es decir, deja de ser, pero sigue siendo. Un flujo eterno, que desaparece en un pequeño instante… imposible de agarrar o detener. Ahora, hablemos del futuro: ¿Qué es el futuro? Según los entendidos, “nada real, una mera posibilidad que simplemente no es. Podemos ir todo lo rápido que queramos, pero nunca saldremos del presente, ni por supuesto, del tiempo”. Por su parte, San Agustín sostenía: “si el presente no se convirtiera en pasado, no sería tiempo, sería la eternidad”. Y se planteaba: “si el presente para ser tiempo ha de convertirse en pasado, ¿Cómo podemos decir que es, si sólo puede ser cesando de ser? Por lo tanto, el tiempo existe mientras las cosas cambian”. En relación a esta premisa, debe decirse que el universo ha estado cambiando mucho incluso antes de que el hombre existiera, razón por la cual, desde el principio de los tiempos se ha observado el nacimiento y la muerte de estrellas ocurrido hace millones de años y se sigue observando su expansión. Por lo tanto, he aquí una pregunta sin respuesta: ¿Existiría el tiempo si no existiera el hombre? Aristóteles afirmaba que el tiempo no existe, “sólo es la medición de un cambio que opera en nosotros y en nuestro alrededor”. Y tenía razón, todo cambia, todo fluye, por eso Heráclito decía: “Nadie puede nadar dos veces en la misma agua del mismo río. Cambian las aguas y cambiamos nosotros. ¿Acaso existe el tiempo dentro de nuestro cerebro? No. El pensamiento es libre y vuela sin obstáculo, saltándose la barrera del tiempo sin nada que lo detenga. El tiempo existe porque sabemos que un día moriremos”. Y porque sabemos que es así, todos somos pasajeros del tiempo, lo tomamos al nacer y lo dejamos al morir. El morir está incluido en el privilegio de vivir y el envejecer en un triunfo de la supervivencia, pues sólo envejecemos si la muerte no ha llegado antes. El tiempo es implacable porque nunca deja de fluir y todo lo que existe está sometido a su efecto: noche y día, vida y muerte. La existencia se despliega ante nosotros en ciclos consecutivos del tiempo que se repiten indefinidamente: inhalación y exhalación, sístole y diástole, día y noche, vida y muerte. Todo nace y todo muere, y, aunque no lo queramos, cada cosa está atada al ritmo incesante del ineludible tiempo. Tiempo para el tiempo.
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