Por José Antonio Parra
No puedo comenzar este texto sin hablar de lo inherente a la simultaneidad de eventos que cobraron vida en esos años. Y es que de acuerdo a la psicología profunda, hay un aspecto del mundo en el que los acontecimientos se dan de manera sincrónica, en concordancia con un “azar” —muy entrecomillas—. Es lo que se conoce como “sincronicidad”. El viaje debe empezar con mis primeras impresiones del mundo que presencié a principios de los años setenta, cuando buscaba números romanos en las matrículas de los automóviles: C que representaba al cien; MC al mil cien; y MMC al dos mil cien.
Y como hemos iniciado con una mirada de trascendencia, es propicio partir desde el Gran Apolonio de Tiana, de quien se dejan de tener registros hacia el año 100. Por ello, se presumió su muerte. En efecto, Apolonio fue un místico neopitagórico, considerado el verdadero Cristo: “el ungido”, “el maestro ascendido y liberado”.
En la antigüedad, entre las clases altas romanas, se le consideró un hombre milagroso porque logró resucitar a la hija de un senador. También fue centro de atención de brahmanes hindúes, así como un gran reformador de los rituales y prácticas en los templos y oráculos de ese entonces. Dice la leyenda que pasó 7 años en silencio, durante los cuales llegó a tranquilizar a una multitud sin decir una palabra. Lo último que se supo de él fue que desapareció en una suerte de transmutación en cuerpo astral.
Por esa misma época, el mundo político estaba bajo la influencia de dos poderosos sistemas: el Imperio Romano, en el Occidente, y la Dinastía Han, en la China del Lejano Oriente. La cultura romana tuvo un gran influjo, como bien se sabe, en nuestro ámbito geográfico. No sólo desde el punto de vista idiomático, sino en relación con las estructuras legislativas y políticas y religiosas. No obstante, durante el período imperial se llegó a un profundo nivel de decadencia, que devino en festines y bacanales hedonistas alrededor de las familias vinculadas al poder.
Hacia el año cien, en la China estaba en boga la Dinastía Han, que análogamente al Imperio Romano, representó en esa área de la tierra un momento de gran esplendor y decadencia. Bajo el poder de los Han nació el papel, la porcelana china y la brújula. Paralelamente, el taoísmo fue oficializado como religión. Sus monjes, fieles discípulos, se dedicaron a la magia, la adivinación, la hechicería y la alquimia, mediante el uso de narcóticos.
En el año 1100 comenzó a gestarse lo que hoy conocemos como Edad Media. Aún suele describirse como un periodo de oscurantismo, posterior a las invasiones bárbaras. Sin embargo, resulta muy interesante el trabajo silencioso y de gran rigor de los monjes cristianos, que dedicaron sus vidas a preservar la tradición literaria y artística del período clásico greco-romano.
Para el año mil cien, nació Hildegard Von Bingen, una de las más notables místicas de todos los tiempos. Como abadesa no sólo profundizó en las escrituras, sino también en todas las corrientes herméticas, y en un misticismo contemplativo que sigue siendo centro de atención. Recién se comercializan discos con sus piezas musicales, cargadas del espíritu del canto gregoriano y con gran contenido extático. También, para sorpresa de muchos, es recordada como una médica y poeta notable.
Durante las cruzadas hacia Tierra Santa, Balduino I, de Jerusalén, fue nombrado el primer rey de este territorio. Bajo esas energías míticas, el hatha yoga comenzó a difundirse en el norte de la India. Este tipo de práctica yoga se basa en los asanas o posturas que dan firmeza y elasticidad al cuerpo. No obstante, este tipo de ejercicio se diferencia del raja yoga en que tiene una cierta tonalidad budista, en lugar de la mirada védica, propia del hatha yoga.
Debo detenerme y hacer una acotación, a partir de lo que plantea Alan Watts, el famoso místico británico de la contracultura: el hatha podría movilizar energías no muy convenientes para el practicante. Watts, en definitiva, recomienda el raja o el brahma yoga.
Aquí, ahora, llegamos al desiderátum de lo que está planteado en el futuro; un futuro que es aquí, ahora y siempre. Llegamos al año dos mil cien, en el que la totalidad del mundo y de la cultura del hombre se vuelva hacia el territorio virtual: Internet; la Nube. Estamos, paradójicamente, en todos lados y en ninguno, al mismo tiempo.
La gran novedad de este mundo, además de las velocidades de transmisión y de almacenamiento, está en el hecho de que la “máquina” tiene consciencia existencial. Descubrió su propia existencia. El ser humano se hizo prescindible y sólo sobreviven algunas modalidades de carne y hueso, intervenidas genética, química o tecnológicamente. Además de ellos, quedan algunas tribus monoteístas aún virginales vagando en las selvas y desiertos.
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