¿Alguna vez se ha preguntado por qué cien?, ¿Cuál es el afán de llegar a vivir 100 años, a ganar 100 batallas, a cumplir 100 ediciones o a escribir 100 hojas?
Por Lucas Monsalve - Historiador
Nuestro mundo occidental cuenta de diez en diez, dentro de lo que se conoce como el sistema numérico decimal, ello hace del número cien un número especial pues con él se cumplen diez veces diez.
Diez son los dedos de nuestras manos, y allí coinciden los científicos e historiadores que está la clave de su importancia. Sin embargo el mundo no siempre ha contado con diez.
En la antigua Babilonia el sistema numérico fue sexagesimal, es decir, contaban de seis en seis hasta llegar a sesenta, en una lógica similar a la de los dedos con el diez, aunque con la practicidad de que el seis representa una cifra aún más flexible que el diez, ya que el seis y el sesenta son más divisibles, (sesenta es divisible entre todas las unidades sexagesimales). Así, por ejemplo, se empezó a medir el tiempo. Hoy en día ese antiguo sistema numérico babilonio ha sido heredado en su mayoría por la cultura árabe, pero en nuestra cultura occidental también conservamos algunas referencias simbólicas o utilidades prácticas hacia los números seis y sesenta, como la que vemos a diario en nuestros relojes o de forma más específica en la medición de los ángulos y las coordenadas.
Son los antiguos romanos -como en tantas otras cosas- los responsables del paso al sistema decimal. Los llamados números romanos se crearon contando del uno al diez y pasando por alto el moderno número cero (0). Diez -en romano X- son dos manos de cinco (V) invertidas, en donde la similitud de la mano extendida y el símbolo de la V no parecen ser casuísticas. Y cien en romano (C de centum) fue la representación de muchas veces diez y el paso hacia una nueva escala.
El número cien fue muy usado dentro del Imperio Romano, así se ve representado en su organización civil-militar; las llamadas centurias fueron agrupaciones del ejército romano concebidas bajo una lógica de 100 (paradójicamente las evidencias históricas muestran que era normal que las centurias romanas estuvieran compuestas por una cantidad de hombres distinta a cien, aunque cercana en cifra).
Igualmente la cristiandad que nace y se extiende bajo el velo de Roma asume este entendimiento proporcional. Existen varias referencias al número cien en la Biblia; en general se suele usar la cifra de cien denarios para representar una cantidad alta de dinero, pero también es fácil encontrar entre sus textos parábolas que hagan referencia al número cien para dar a entender una considerable cantidad; “¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿No deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió?” (Lc. 15. 3-7)
Recuerdo haber aprendido que los indígenas Yanomamis en el Amazonas solamente suelen contar del uno al cinco, y que a partir de allí todo es “mucho”, en un raciocinio adaptado a su mundo y a sus necesidades, en donde da más o menos lo mismo veintidós que veintisiete, por decir dos cifras altas para ellos. De igual forma se concebían en la antigüedad clásica los montos superiores a cien, simplemente como “abundantes”.
En nuestro mundo actual, - tan preciso y multiplicado- el número cien se nos ha quedado corto y su referencia ya es sobretodo simbólica. No obstante conserva su peso en el contar del tiempo; nuestro espacio temporal amplio sigue siendo la centuria (cien años), y el tope hasta ahora alcanzado de la vida humana suele rondar esa cifra como gesto indiscutible de vida longeva.
Sin que seamos demasiado conscientes el número cien forma parte de nuestra cultura; en la historia se cuenta que hubo una guerra que duró cien años, en la literatura un hombre narró Cien años de soledad, y nosotros mismos constantemente aludimos que: “más vale pájaro en mano que cien volando”, o que “no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”.
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