Ellos quisieron y pudieron. No se frenaron en sus limitaciones. En la ausencia de su sentido de la vista, de la audición o de su motricidad reducida. Más bien, potenciaron sus capacidades y hoy se forman en el Programa de Educación Especial del Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela
Por Mirelis Morales Tovar / @mi_mo_to — Fotografía: FESNOJIVUnos no ven. Otros no escuchan. Pero todos -indistintamente de su condición- sienten la música. La viven, se emocionan, se apasionan. Usan su tacto para leer las partituras y, a cambio, su desarrollada audición les permite aprender con mayor velocidad. Los demás se valen de su ritmo interno para seguir el toque de la percusión o de sus manos para mostrarle al público que existen otros códigos de comunicación. Así, cada quien a su manera, los integrantes del Programa de Educación Especial del Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela demuestran que para ser músico sólo se necesita estar vivo.
Esta iniciativa, según cuenta su director Jhonny Gómez, surgió en 1995 como parte de la Orquesta de Iniciación Musical. Al grupo de 300 niños regulares se incorporaron 7 chicos con dificultad visual y 10 con déficit de aprendizaje en un intento de integración. Hoy, 15 años después, el programa instruye a 380 niños con discapacidad —visual, motora, auditiva y cognitiva- sólo en la sede principal, ubicada en la ciudad de Barquisimeto, Estado Lara y 1.560 en el resto de las 18 sedes ubicadas en el país.
A ese paso, el Programa de Educación Especial dejó de ser un experimento. Ahora, pasó a convertirse en un modelo de educación musical, del cual han surgido agrupaciones como la Banda Rítmica, el Ensamble de Flautas Dulces, el Quinteto Somos Lara, el Coro de Manos Blancas, el Ensamble de Campanas de Colores y el Ensamble de Campanas de Bronce o tubulares.
Su éxito se ha fundamentado en su método de enseñanza. Y la clave ha estado en explotar las capacidades de los chicos y no en enfocarse en su discapacidad. “Todo ser humano tiene capacidades y talento. Por ello, no trabajamos la discapacidad sino la capacidad”, explica Gómez. “Ellos son muy talentosos y el público reconoce el trabajo que realizan a través de sus aplausos, que es su mayor reconocimiento”.
La incursión de estos jóvenes en la música ha servido no sólo como mecanismo para integrarse a la sociedad, sino también como medio para transformar su núcleo familiar. “Muchos de ellos permanecían encerrados en sus casas. Ahora, los padres ven que los muchachos se pueden incorporar a un estudio y que éste les puede servir para insertarse en el campo laboral. Al brindarles la oportunidad, se integran y demuestran su capacidad para la música”, acotó Gómez.
Todos comienzan conociendo los instrumentos. Escuchando sus sonidos. Reconociendo sus vibraciones. Enamorándose de ellos. Ya después, los docentes se encargan de trabajar su potencial y de definir su vocación musical. “Las personas con discapacidad visual pueden tocar cualquier instrumento. Incluso, aprenden más rápido, porque su canal de aprendizaje es el oído. Los jóvenes con discapacidad auditiva se orientan mucho hacia la percusión (timbales, el redoblante, el triángulo). Les enseñamos a descubrir su ritmo interno y a trabajarlo junto a otros chicos, para seguirlo en equipo”.
Al final, esos esfuerzos confluyen en el Coro de Manos Blancas. Unos como parte del bloque de voces, en su mayoría jóvenes con discapacidad visual, dificultad cognitiva o discapacidad motora. Y otros como parte del bloque gestual, cuyas manos envueltas en guantes blancos demuestran que en la música existen otras maneras de comunicar.
Muchos han sido los reconocimientos que le han valido a este programa. Nonino fue el último que obtuvieron. Y ahora Italia —específicamente en la ciudad de Trieste- desea replicar el modelo. Un modelo que más que educativo, se ha vuelto un modelo de vida a seguir. “El ser humano es grande y tiene un potencial que tiene que desarrollar. Todos tenemos las mismas condiciones. Nadie está exento de una discapacidad. Sólo hay diferentes formas de ver la vida”, comentó Gómez.
¿Cómo ayuda la música?
La música en sí misma no es capaz de curar una discapacidad, pero sí es un gran medio para trabajar los problemas asociados y, de manera particular, la esfera emocional.
En la medida que se trabaje con música que genere una respuesta afectiva, se van a activar estructuras cerebrales del sistema límbico, específicamente la amígdala y el hipocampo, que están relacionadas con la afectividad, la memoria y el placer.
La música puede ayudar a reconocer las emociones propias y a controlarlas, así como a identificar las emociones del otro y generar empatía con los semejantes para comunicarse de forma asertiva. De tal manera que la música sirve para mejorar las relaciones interpersonales y la capacidad de establecer un rol social, lo que redunda en la optimización de la calidad de vida y la autoestima de personas discapacitadas.
Muchas veces, el lenguaje verbal no es suficiente para comunicarse. Por eso, cuando las palabras no pueden decirlo todo, entonces empieza la música.
Erika Flores — profesional de la Psiquiatría.
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Ser músico no tiene límites 








