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VitraHaus

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por Ricardo Avella avella.ricardo@gmail.com — Fotos Iwan Baan y Julien Lenoo

A pocos kilómetros de Basilea, cruzando la frontera que separa Suiza del territorio alemán, se encuentra el pequeño poblado de Weil am Rhein. Allí se ha instalado Vitra, una prestigiosa compañía que fabrica muebles de altísimo nivel, comprometida con el diseño y la arquitectura. En 1981 un incendio acabó con gran parte de sus instalaciones, construidas en la década de los años 50, y la empresa aprovechó la ocasión para replantear la imagen que quería dar al mundo. Desde entonces un conjunto heterogéneo de arquitectura contemporánea se ha ido construyendo sobre aquella llanura rodeada de campos cultivados.

Hoy el Vitra Campus es un museo al aire libre, donde el visitante podrá conocer más de una docena de obras realizadas por los arquitectos más conocidos (y publicados) del panorama contemporáneo: Frank Gehry, Zaha Hadid, Álvaro Siza, Tadao Ando, Herzog & de Meuron y el dúo de Sejima y Nishizawa, por nombrar unos pocos. La fábrica se presenta como el lugar ideal para reflexionar acerca de los derroteros que ha tomado la arquitectura en los últimos veinte años, para tomar posturas críticas, o al menos para hacernos una idea de los tiempos que estamos viviendo.

VitraHaus

Herzog & de Meuron, 2010

Salimos de Basilea en bicicleta, cuatro jóvenes arquitectos listos para recibir una fuerte dosis de arquitectura. Atravesaríamos la meca de las industrias farmacéuticas para adentrarnos en la campaña suiza, rumbo a la frontera con Alemania. En el camino nos conseguimos con la Fundación Beyeler, de Renzo Piano: una obra de gran elegancia, inundada de luz natural y con una increíble colección de arte contemporánea. Allí descansamos unos minutos sobre la hierba y proseguimos nuestro viaje. Cruzamos el límite fronterizo tranquilamente, sin necesidad de mostrar los pasaportes, y pronto estuvimos en Weil am Rhein. Jonathan, un gran amigo y nuestro guía turístico en Basilea, comentaba que este pequeño poblado alemán era famoso por albergar la sede de Vitra, pero sobre todo por sus supermercados donde el dinero rinde más a los suizos.

En medio de cultivos y viñedos, vimos a lo lejos las construcciones del Vitra Campus: reconocimos los silenciosos muros en concreto armado de Tadao Ando; las blancas formas del museo de Frank Gehry; y por último, hacia el norte, las casas apiladas de la VitraHaus. Este último edificio había sido inaugurado hacía pocos meses, pero las revistas especializadas y las plataformas de arquitectura en internet (que no son pocas), se habían encargado de que todos los profesionales del mundo conocieran la última obra financiada por la compañía, famosa por coleccionar “objetos arquitectónicos”. Las imágenes que habíamos visto eran extremadamente seductoras; pero observar una foto y vivir un espacio son dos cosas completamente diferentes. Ya me he llevado varias decepciones visitando edificios que los medios han hecho “famosos”, y debo confesar que visitaba el Campus con total escepticismo. Sin embargo, todos nos llevamos una grata sorpresa.

¿Cómo te gustaría vivir? Es la pregunta que está a la base del concepto desarrollado por los arquitectos suizos Herzog & de Meuron, un edificio que debía cumplir con un programa elemental pero muy sugestivo: el de presentar toda la colección de muebles y objetos para el hogar producidos por la compañía a lo largo de su historia. Allí el visitante podría descubrir su gusto por el diseño, y a través del contacto directo con los productos en una “casa” amoblada, visualizar cómo le gustaría vivir.

El edificio se concibe como una verdadera “casa”, y las dimensiones de los espacios interiores tienen una escala doméstica; pero un salón, un comedor o una alcoba no eran suficientes para contener la Home Collection de Vitra, y las “casas” comenzaron a sobreponerse las unas sobre las otras alrededor de un patio central irregular. Doce casas arquetípicas, con sus tejados a dos aguas, representaciones fieles y directas de la imagen que viene a nuestra mente cuando escuchamos la palabra ‘casa?. Apiladas en un caos aparente, negras como la tierra, con sus extremos vidriados abiertos al paisaje circunstante.

Cuando subimos al cuarto piso y emprendimos el recorrido expositivo, descubrimos que las visuales habían sido atentamente direccionadas y que el “caos” en realidad no existía. El orden fue dictado por el paisaje (no por la lógica cartesiana), y las cajas alineadas son una serie de vistas que terminaron siendo enmarcadas por la silueta pentagonal: la ciudad de Basilea a lo lejos, o el cerro de Tüllinger que se levanta suavemente a pocos metros del Campus.

Las relaciones que se establecen entre los distintos volúmenes dotan a la obra de una gran fuerza comunicativa, sobre todo en el interior del edificio. En la VitraHaus los cuerpos se intersectan unos con otros, generando espacios sumamente sugestivos y ricos en perspectivas: todo el recorrido es una sorpresa laberíntica —un “mundo secreto” según los arquitectos. El programa fue un pretexto para explorar un tema recurrente en la práctica contemporánea: hoy día los espacios intersticiales cobran protagonismo, y el mismo concepto de “intersticio” adquiere una nueva dimensión. Ya no hablamos necesariamente de espacios residuales, típicos ‘descuidos? de la arquitectura y el urbanismo modernos; tampoco se trata del “espacio servidor”, aquel genial artificio introducido por Louis Kahn, quien exploró la idea del muro como contenedor de lugares. Hoy el “caos controlado” es apreciado por la capacidad que tiene para generar tensiones espaciales: lo que resulta de la interacción de aquellas piezas dispersas sobre el tablero puede ser un espacio poético e inspirador, que no habríamos podido descubrir sin abrazar las posibilidades del “desorden”. En este sentido, Herzog & de Meuron lo que hacen es sumarse a las búsquedas formales y espaciales que emprenden los estudios de Sou Fujimoto, SANAA o el de los hermanos Aires Mateus en Portugal, entre muchos otros.

Al terminar nuestro recorrido, nos conseguimos los cuatro en el café de la VitraHaus. Estábamos emocionados, y la experiencia nos hizo reflexionar sobre un sinfín de cosas. Era imposible ver el paisaje construido sin tomar conciencia de lo particulares que son los tiempos que vivimos. Hemos superados los dogmas y las doctrinas; y la arquitectura no está exenta de esta nueva y liberadora condición.

Vitra Campus o el laboratorio de la contemporaneidad

Una vez más Vitra apuesta por las exploraciones de la vanguardia arquitectónica; mientras tengan el dinero para hacerlo poco importa si su olfato los traiciona. Hace veinte años apostaron por las promesas del movimiento deconstructivista: Zaha Hadid construyó en Weil am Rhein su primera obra, aquella famosa estación de bomberos en la que nadie podía trabajar sin salir mareado; y Frank Gehry dio un importante vuelco a su carrera en aquel pueblito al proyectar el Vitra Design Museum, la obra que lo llevó a descubrir una arquitectura dinámica y unitaria. En aquel momento el deconstructivismo era para muchos el futuro de la arquitectura; hoy día es historia. Álvaro Siza y Tadao Ando, practicantes de lo que llegó a conocerse como regionalismo crítico, también construyeron un par de obras en aquella explanada; y Nicholas Grimshaw, exponente del High-Tech, proyectó un edificio para la producción dentro del Campus.

En fin, todas las promesas de la arquitectura congregadas en un mismo sitio. ¿Existe acaso un lugar más adecuado para reflexionar sobre los caminos que hemos recorrido en los últimos años? Muchas de las ideas que se han materializado en los edificios del Vitra Campus hoy han sido olvidadas, pero la inquietud que despertaron dio lugar a nuevas búsquedas que nos han llevado al punto en dónde estamos parados. La investigación de nuevas formas para vivir el espacio tiene un valor, y Vitra decidió convertirse en el laboratorio de la contemporaneidad.

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