Un día del mes pasado, una tarde cualquiera, estuvimos cerca de la frontera que separa la razón del delirio.
Veíamos el partido de vuelta de liga Supercopa, jugado en el Camp Nou de Barcelona, entre el equipo blaugrana y el Real Madrid. Un partidazo, como se dice en la jerga, con emociones a mil por hora. Goles aquí, goles allá, y un resultado incierto. Ganó el Barsa 3-2, pero no le costó poco.
Casi en simultáneo, otro canal internacional ofrecía el juego Liga de Quito-Yaracuyanos, perteneciente a la Liga Suramericana. De nuevo alteraciones del sistema nervioso, sobresaltos a cada instante, y victoria ecuatoriana por 1 a 0. No encontrábamos para dónde ver: cambio de canal para acá, cambio de canal para allá, y en ese momento pensamos que el control remoto ha sido uno de los grandes inventos del siglo 20.
Termina uno y continúa el otro. De súbito, otra línea internacional nos ofrece el Francia-Portugal del Mundial Sub 20, y ¡ay, Dios mío!, qué hacer. Yaracuyanos batiéndose en la altura de Quito, y franceses y portugueses a brazo partido en Colombia. Ganó la raza lusitana, 2 a 0, y el pase a la gran final del torneo estaba garantizada. Minutos después entraron a la cancha Brasil y México, en busca del otro finalista. Victoria verdiamarilla por el mismo marcador, y la final en idioma portugués era un hecho.
Cuatro partidos en una tarde noche ponen a prueba todos los estados de ánimo, todos los pormenores del corazón. Fue un día de locura futbolística, de sinrazones, de salirse de lo común. A tanto llegó el asunto, que estuvo a punto de escapar de cualquier entendimiento humano; confundíamos a los jugadores de un equipo con otro, unos verdes y otros azules, cualquier cosa.
¿Qué está pasando con el fútbol? ¿Se ha vuelto una moda, un uso, o es parte de una cultura que no teníamos y que ahora está comenzando a echar raíces? Interesa, interesa mucho a la gente que, encaramados entre los apretujones del metro, pregunta: “¿Quién ganó anoche el partido tal?”.
Y, detrás de la tramoya, florecen los negocios y los negociados. Más allá de los partidos, aparecen los empresarios internacionales manejando a los jugadores como si fueran fichas: “¿te interesa un defensa? Pues tengo cuatro. Elige”. El Barcelona-Madrid fue visto en más de 100 países y vendió millones de dólares en camisetas, recuerdos y videos del partido, aunque en verdad corrió un riesgo: ¿no se irán a cansar los aficionados de tantos y tantos enfrentamientos catalanes-madridistas? En el año que corre van ocho partidos de estos, y ya está perdiendo la novedad. Pero, no hay caso: los demás partidos del fútbol español han perdido sazón, picante, y da cuando menos flojera ver un sábado o domingo en la tarde un Zaragoza-Espanyol, por decir algo.
Los jóvenes del Sub 20 viven, en su medida, ese comercio. Juegan y, una vez consumado el quiebre, echo el pase al compañero, miran hacia la tribuna para saber que lo elaborado complació a los empresarios, de lo comprometidos que están. Todo ellos, argentinos, brasileños, uruguayos o chilenos, ya mordieron el señuelo de la contratación.
Venezuela no elude el gran negocio, pero en su dimensión. Dos de los jugadores que estuvieron en la reciente copa América partieron al exterior (Gabriel Cichero y César “Maestrico” González), y tomadas las medidas, ese es el tamaño. Llegará el momento, de mantenerse la tendencia, en que serán decenas, decimos en la flor del optimismo.
Hoy estamos frente al televisor y nos “amenazan” con otros cuatro partidos. Sangre fría y respiración profunda para soportar tal andanada.
Revive la experiencia del Impreso On-line
| < Prev | Próximo > |
|---|










