Las andanzas recientes por América del Sur nos han parado frente a una nueva realidad. Realidad futbolística, quisimos decir. Porque, recurriendo a nuestros recuerdos de adolescencia, pudimos comparar lo visto hace unos días en las canchas del Nuevo Mundo con lo evocado, y vaya si hay sus diferencias notables. Expliquemos mejor este asunto: para nosotros, para quien escribe, decir Peñarol era decir Peñarol; River Plate era River Plate; y Santos, pues Santos. Pronunciar Peñarol era hablar de Spencer, de Joya, Mazurkiewicz y Rocha. Mencionar River era citar a Onega, a Mas, Artime y Amadeo Carrizo. Y de Santos, qué decir: Pelé, nada menos, Coutinho y toda su pandilla de magos de la pelota.
Y lo visto hace unos días, sin pretender hacer parangones acerca de quién ha sido mejor, nos sumergió en los pantanos de la decepción: corrían los partidos de la Copa Libertadores de América, además de los campeonatos nacionales, y sentimos allá en lo hondo que el fútbol ya no es como antes. Los nombres de los jugadores de ahora no forman parte de nuestra cultura cotidiana, y su fugacidad contrasta con aquellos héroes eternos de nuestra remota juventud. La perdida elegancia es ahora sustituída por el estado atlético; el amor por el balón ahora se llama vértigo; y los sortilegios han quedado entrampados en las urgencias por ganar a todo evento: los perdedores no tienen lugar ni en el fútbol ni en la sociedad.
Y no es que estemos alucinados por los relámpagos de la nostalgia (“Todo tiempo pasado fue peor”, leímos cierta vez en un libro de Ernesto Sábato), sino que las diferencias entre una época y otra, nos parece, son notables. Ahora no se juega a ganar, sino a no perder, y el pelotazo que irrespeta a las nubes es el lugar común más común de los días que corren.
Pero como todo en la vida, esta nueva situación tiene una explicación. El fútbol no se deslinda del entramado social, y si hay bonanza, pues bonanza tendrá; y si hay crisis, pues crisis habrá. Y como los tiempos que vivimos en Suramérica, confusos y tumultuosos, no hablan claro, entonces lo mejor de lo mejor del fútbol ha corrido, en estampida indetenible, hacia otros destinos. Y los grandes ahora están en Europa, adonde, luego de vivir cinco siglos en América, se ha mudado El Dorado.
Jugadores suramericanos en Italia, España y Portugal siempre ha habido, solo que las aperturas actuales, el Mercado Común Europeo y la exposición mediática de otras ligas, han hecho que el monstruo necesite cada vez más alimentos. Y nada resulta tan atractivo en Roma, Madrid, Barcelona o Lisboa, que los jóvenes americanos dominando balones y marcando goles imposibles. No hay futbolista más o menos talentoso de 20 años de edad que no sea apetecido por aquella gente del otro lado del Atlántico, y por eso, casi cada año, cada Peñarol, cada River o cada Santos, son una nueva versión de sí mismos. Es el continente viejo donde se consigue la otra mitad del mapa que conduce al botín: la plata grande está en Europa, no en este lado del planeta.
La situación ha terminado por favorecer a aquellos países en los que el fútbol no tiene la luminosidad de Uruguay, Argentina o Brasil. Entre ellos, Venezuela. Por eso se dice que, apelando al lugar común, que “las distancias se han acortado”: ¿Y cómo no se van a acortar si un partido Peñarol-Nacional en Montevideo, más parece un choque entre jugadores sub 20 que un clásico de los años 60?
En buena medida, los éxitos recientes de equipos como el Caracas FC se afianzan en lo comentado en estas líneas, aunando a ello el mayor interés que ahora despierta el fútbol en la afición deportiva venezolana, y la creciente atención que los medios le dan. Así las cosas, el Caracas de hoy es el mejor Caracas posible, que como quiera que sea, ha tenido la habilidad suficiente para sacar partido a las nuevas circunstancias.
Así las cosas, ¿veremos en poco tiempo a un equipo venezolano campeón de la Copa Libertadores? Ya lo hizo el modesto Once Caldas de Colombia, y más recientemente la Liga Deportiva Universitaria de Ecuador. Si es verdad que los tiempos son otros, pues que un título en manos del Caracas o del Táchira no tome a nadie mal parado en la cancha.
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