Quien escribe es de la romana vieja. De novias a escondidas, películas de vaqueros, de tres venezolanos en grandes ligas, de fútbol hazmerreir de Suramérica. De traje de kaki para el liceo, de pelotica de goma, salsa y Tito Rodríguez. De esos tiempos en los que era interminable la espera porque comenzara el campeonato de beisbol profesional, con todas sus ilusiones, con aquellos peloteros míticos, Víctor Davalillo y César Tovar.
Había una liga de beisbol, Caracas-Magallanes siempre al frente, una precaria de fútbol profesional, Portugués-Galicia e Italia en vanguardia en el que llamó ”fútbol de colonias”, equipos que van y equipos que vienen, y nada más. Aún no comenzaba el basquet ni ninguna otra cosa. Tiempos de sueños, tiempos felices. Días de radio, como en la película de Woody Allen, cuando nos imaginábamos a los grandeligas como monstruos inalcanzables, y a los cracks del fútbol como tipos venidos de otra galaxia. ¿Cómo serán los jonrones de Mickey Mantle y Willie Mays, las jugadas imposibles de Pelé y Garrincha? Creímos el relato que nos hablaba de las faltas abusivas de los futbolistas de Inglaterra contra los de Uruguay, en la inauguración del Mundial del 66, desmentidas poco después con la irrupción de la tele. La tele desmitificó a nuestros dioses y creó unos nuevos.
Inclusive, ligas como la de Verano vieron su caída de estrepito varias veces, y todo porque el país, aun en los años de abundancia, no aguantaba beisbol todo el año. Alguna vez se intentó con una de voleibol, pero el fantasma del fracaso siguió acechando. Y con el fútbol de salón se trató de crear un circuito consolidado, pero vuelta al fondo del pozo otra vez después de tres o cuatro años de inútil insistencia.
Acabamos de abrir el diario: el fútbol, el basket, el beisbol. Más allá, en páginas atrás, el voleibol, el fútbol de salón, el waterpolo, el softbol. ¿Qué es esto, Dios nuestro? Todos quieren tener su liga, y aupados por la iniciativa del Instituto Nacional de Deportes, o por la empresa privada, aparecen y desafían las condiciones de país, las condiciones de económicas. Todos quieren tener su liga, y vaya si la tienen.
Por curiosidad hemos seguido por la televisión este desarrollo. En el voleibol, deporte de gente que vuela como astronautas, unos cientos se apiñan en los gimnasios, y de no ser porque conocemos que algunos son atletas internacionales - algunos de ellos juegan en Europa - nos parecería un torneo escolar. En el fútbol de salón, en una cancha desesperantemente chica, pocos se citan; el waterpolo a piscina abierta pareciera un campeonato entre amigos, y la de softbol parece haber desaparecido.
Ligas que perecieran un desafío a la inocencia, porque no hay para tanto. Viven el beisbol, fútbol y basquet con sus camadas infinitas de gentes; las otras, picadas por el germen de la indiferencia, de la precariedad, del condicionamiento económico, van a la zaga. Es muy extraño, pero siempre se ha dicho que estos deportes necesitaban circuitos internos para crecer, pero parecen morir al nacer. Acaba de pasar con el fútbol de playa: clasificó un Mundial sin liga; ¿tendremos también un circuito de balompié sobre las arenas? Allá los brasileros con Copacabana, Ipanema, Leblon y la Barra de Tijuca, con torneos no sólo de este deporte, sino también de fútbol de campo en la playa, con sus medidas y todo eso.
Es una corriente, una moda, un no querer quedarse atrás. Un navegar de contracorriente ir con los tiempos actuales, porque el asunto es sobrevivir a toda costa. Tener una liga es ser feliz, y a ser felices tenemos derecho todos.
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