Un joven sin recursos consigue empleo en la fábrica de un pariente lejano rico. Se involucra con una bellísima aristócrata de la que se enamora, pero el joven tenía una novia, humilde, empleada de la fábrica, por lo que se le presenta un espinoso dilema moral
Por Nelson Cordido Rovati - nelcordido@yahoo.comHe aquí uno de esos casos en que la película iguala a la novela en que se basa. El libro Una tragedia americana de Theodore Dreiser, atrapa al lector desde la primera página, al igual que el filme lo hace con el espectador desde la primera escena. La censura de la época obligó a endulzar varias situaciones que no eran permitidas mostrar en el cine, pero esto no desmejoró la historia.
En 1931 se realizó una producción con el mismo título de la novela que resultó un total fracaso de taquilla. Los productores estaban reacios a lanzar la nueva versión con el mismo título (Una tragedia americana), por lo que ofrecieron cien dólares a quien sugiriese un mejor título. George Stevens y su socio Ivan Moffat, propusieron con éxito Un lugar en el sol, aunque nunca cobraron los cien dólares.
Esta película tiene uno de los comienzos más hermosos y significativos del cine. La primera escena es una carretera bastante transitada y gradualmente los créditos van apareciendo sobre la toma. A lo lejos vemos un hombre caminando lentamente, de espaldas a la cámara, pidiendo cola. El hombre se detiene y vuelve hacia la cámara mostrándonos su rostro por primera vez, en un magnífico primer plano. Es Montgomery Clift (George Eastman), sonriente, que mira una valla publicitaria que dice: “Es un Eastman” (Eastman es la empresa de su tío). Pasa un carro de lujo a alta velocidad sin detenerse ante las señas de George, que se queda mirando hasta que el vehículo desaparece. Luego se detiene un viejo y destartalado camión y su conductor ofrece llevarlo. George duda unos segundos algo incómodo, luego se decide y sube. Ya en el camión se siente a gusto.
Este inicio condensa una serie de elementos importantes en el desarrollo de la narración. Nos presenta al protagonista. Muestra el contraste entre los dos mundos en que se desarrolla la película: la belleza y el lujo que George Eastman admira en la valla y que de inmediato ve pasar fugazmente, y la pobreza de la que procede. La protagonista es Elizabeth Taylor (Ángela Vickers) con apenas 17 años, quien en la vida real era muy amiga de Clift.
Se trata de una historia que habla de muchas cosas pero sobre todo de las relaciones humanas, de los sentimientos, del amor y de la pasión. George es un joven sin dinero al que su tío millonario le da un modesto empleo en una de sus fábricas, pero no le brinda la oportunidad de pertenecer a su exclusivo círculo social. En la fábrica conoce a Alice Tripp (Shelley Winters), una obrera ingenua y romántica con quien inicia un idilio. Un tiempo después, en una fiesta en casa de su tío, conoce a otra chica; Ángela, que es todo lo contrario de la anterior: bellísima, sofisticada y rica. George y Ángela se enamoran. Mientras Alice, quien ahora está embarazada producto de su relación con George, le exige matrimonio, convirtiéndose en un estorbo para los objetivos del chico: Ángela y la posibilidad de prosperar.
La riqueza del personaje de Montgomery Clift es simplemente magistral. De un ser casi angelical se va convirtiendo en un demonio. De un ser inocente a un individuo maléficamente calculador. Salió de las alcantarillas de la sociedad y se conviertió en víctima por su desmedido deseo de prosperar. El director pone mucho cuidado en los detalles de actuación. Por ejemplo el movimiento de Montgomery Clift, su mirada, su personaje parece encontrarse incómodo, fuera de lugar en los ambientes lujosos de la mansión de los Eastman.
Elizabeth Taylor saliendo de la adolescencia, bellísima, con un rostro angelical, ya demostraba lo que es ser una gran actriz. Igualmente la actuación de Shelley Winters es extraordinaria. También se destaca la soberbia actuación de Raymond Burr, el inolvidable Perry Mason.
Una de las mejores escenas es cuando Alice y George llegan a la casa de la primera. Está lloviendo y la cámara nos coloca dentro de la habitación, cuya ventana se encuentra al pie de la calle. Suena música en una pequeña radio en la ventana.
Las secuencias que transcurren en el Lago de los pájaros son muy interesantes. Los encuentros de George y Ángela son de gran belleza, el lago está apacible y se respira quietud. Pero cuando George regresa con Alice al atardecer, el lago tiene otro aspecto; es más amenazante, fantasmagórico e irreal. Hay tensión en la pareja. Los que vieron la película Amanecer (1927) de F.W. Murnau encontrarán una gran similitud en las escenas del lago. (Sala de Espera Octubre 2009 — Cine Imperdible).
El filme se llevó seis estatuillas: mejor director, mejor fotografía (blanco y negro), mejor banda sonora, mejor montaje, mejor guión, y mejor diseño de vestuario.
Los amantes de los errores no se pierdan la escena en que Alice y George salen del cine y van camino a casa. Alice utiliza diferentes zapatos en la caminata. Otro detalle interesante es que los condenados a muerte, antes de ir a la silla eléctrica, les cortan el pelo al rape. Cuando George es llevado a la silla eléctrica no le han afeitado el pelo.
La película se rodó en 1949 pero no se estrenó sino dos años después para no competir con El crepúsculo de los dioses (1949). Paramount consideró que el momento de lanzarla para obtener mejor retorno era en 1951, y efectivamente fue un éxito en taquilla.
En 2005 Woody Allen dirigió Match Point, que tiene grandes similitudes con la cinta de George Stevens, pero con los papeles invertidos en cuanto al protagonista porque en la de Allen se enamora de la chica pobre y en la de Stevens de la rica.
Acerca del director
George Stevens nació en California el 18 de diciembre de 1904. Se inició en el mundo del cine como camarógrafo de cortometrajes. Debutó como director en 1934 con Agencia matrimonial. Pero se dio a conocer con Sueños de libertad (1935) con Katharine Hepburn.
Su primera etapa está relacionada con musicales como En alas de la danza (1936), Señorita en desgracia (1937), Ardid femenino (1938), y Serenata nostálgica (1941).
En 1945 lo encargaron de revelar al mundo las horribles imágenes del campo de concentración de Dachau. Esto cambió la orientación de sus películas, que pasaron de comedias románticas y musicales frívolos para entrar en una etapa más madura, donde dirige filmes como Un lugar en el sol, tema de esta columna, Raíces profundas (1953), Gigante (1956), y El diario de Ana Frank (1959).
Sus últimas películas fueron La historia jamás contada (1965) y El único juego en la ciudad (1970). Murió en su rancho en California en 1975.
Pueden ver un extracto de la película en la siguiente página de Internet: www.librospeliculas.blogspot.com
Hasta el próximo número donde comentaremos el musical más importante de la historia del cine: Cantando bajo la lluvia (1951) de Stanley Donen y Gene Kelly.
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