Chacao dejó de ser su territorio. Desde hace un tiempo para acá, los esténciles de este artista venezolano se han expandido por otras ciudades del mundo. Ahora, siguiendo un nuevo estilo y experimentando formatos de mayor dimensión, pero sin dejar de lado su objetivo de siempre: embellecer el espacio público
Por Mirelis Morales Tovar ? @mi_mo_to — Fotografía Cortesía de ERGONo se conformó con las calles de Caracas. Él quería expandir las fronteras de su trabajo artístico. Y, por lo visto, lo logró. Desde hace unos meses, han comenzado a aparecer —con el mismo misticismo que lo caracteriza- esténciles identificados con la firma de Ergo en ciudades como Portugal, España, Bélgica, Inglaterra y Francia.
Basta abrir su blog www.estencilesvenezuela.blogspot.com y sorprenderse al ver lo lejos que ha llegado este chico. Ahora, sus imágenes de mujeres, niños o ancianos con aquellas miradas inquietantes y cuyo aspecto rompe con los cánones de la publicidad, deleitan visualmente a quienes recorren las calles de Lisboa o quienes pasean por los comercios de Barcelona. O bien, quienes asistieron al Plastic Festival de Bruselas.
Eso sí, su estilo no es el mismo. Por lo visto, Ergo dejó atrás aquellas reproducciones hechas en pequeños formatos, que resultaban manejables para él y conocidos para su público. En esta nueva etapa, se enfrenta a los retos que le propone la arquitectura del viejo continente. “Venir a Europa me llevó a un cambio en la manera de trabajar, en cuanto a la temática y el estilo. Eso para mí ha sido importante e invaluable, ya que me vi obligado a salirme de mi zona de confort y explorar direcciones distintas. Aquí los soportes cambian, te encuentras con espacios urbanos distintos, arquitecturas distintas y un urbanismo más desarrollado, que exige que las obras sean mejor pensadas”, afirmó.
No obstante, el objetivo de embellecer el espacio público se mantiene. “En Caracas uno busca rellenar el espacio dejado por las autoridades y los ciudadanos, para cumplir con una función que es de otro. En Europa esa función es realizada por la gente a cargo, lo que convierte el trabajo en una crítica. No a la ausencia de visión urbana, sino a la visión misma. Por estos lados, el trabajo se convierte en una contribución al debate de cómo debe ser el embellecimiento de lo público. Un debate que realmente no existe, o es muy unilateral, en Caracas”.
La mudanza de su obra no supuso un abandono de su visión original del trabajo artístico. Pero sí implicó un vuelco en el enfoque de sus piezas, pues más que enfocarse en el debate social, ahora Ergo se da el lujo de ver el arte urbano como un fin en sí mismo. “Es un cambio de enfoque, de lo social a lo humano. Es una destilación más, en la vía de lo macro a lo micro. Esa necesidad de contribuir al debate social que me lleva a iniciarme en el arte urbano en Venezuela, lo hago ahora desde mi trabajo profesional. Lo que me permite entonces enfocar mi trabajo de calle en las inquietudes personales”.
En esta nueva etapa, Ergo se ha permitido experimentar. Salirse un poco de la representación de la realidad, que conseguía con sus esténciles, y meterse de lleno en la búsqueda de lo imaginario. Así lo demuestra en uno de sus últimos trabajos “Las Hojas de Veurne”, que realizó en Bruselas, en el que retoma el dibujo y descubre el mundo más allá del blanco y negro. “No sé para dónde va todo esto, pero me siento más entusiasmado que antes. Me da curiosidad, y creo que en el fondo, eso justifica cualquier metida de pata en el camino. Llevo mucho tiempo sin pintar, pero el llevarlos a la calle sirve de catalizador para seguir dibujando, para mejorar la técnica. Mantengo el esténcil como método y estructura. Saber que me ofrece la versatilidad como para hacer algo así, me hace sentir optimista de que todas las horas sobre el cartón y todos esos dedos cortados, valieron la pena”.
Un aprendiz
Es la evolución de un artista. Este joven de 31 años, de profesión antropólogo, nunca estuvo vinculado al mundo del grafiti. Las primeras veces que utilizó un aerosol lo hizo para ventilar ciertas ideas políticas. Él fue el artífice de aquel mensaje poco amistoso hacia el presidente de Bolivia que apareció en las paredes de la embajada y que decía “Mamá” “Evo”. Así como de la imagen de Gandhi con una ametralladora. Pero luego de descubrir que con eso no lograba cambiar las cosas, desistió.
Más tarde aparecería la silueta de una mujer que lo cautivó y lo animó a replicarla en las paredes. Allí le agarraría el gusto a gente que fuera distinta y que se saliera de los patrones que impone la publicidad. Comenzó a buscar formatos para plasmar sus trabajos y dio con las casetas telefónicas. Por más de un año, se encargó de intervenir cuanta caja metálica se topaba en el municipio Chacao, principalmente. Al menos 35 tuvieron grabado su peculiar apodo, que en latín significa “por ende” y “por consiguiente”.
Desde sus inicios, le ha impregnado un poco de misticismo a su alter ego. Pocos saben cómo se llama realmente. Ni conocen su rostro descubierto, pues siempre se retrata con el tapabocas que utiliza para trabajar. Los más curiosos quieren saber cuál es su intención, tras esos rostros afroamericanos o indígenas. Pero lejos de tener una pretensión ideológica o política, su objetivo siempre ha sido embellecer un espacio de la ciudad que pasa inadvertido. Ayer, lo hacía en Caracas. Hoy, en Bruselas, Lisboa o España. Mañana quién sabe dónde. Lo cierto es que hay que estar atentos porque por allí viene con más.
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