Cae la tarde sobre Caracas. Oscurece rápido y más temprano que de costumbre; no obstante, el cielo despejado, pleno de noviembre, mes que auspició mi nacimiento en este valle de bucares y mijaos, mangos bajitos y calles intransitables. Voces al atardecer e importuno corneteo a primera hora de la mañana.
Pulso delicadamente la cuerda que enrolla los listones de presumible aluminio y torpe fabricación china que a la menor ventisca se descalabran como si la persiana en cuestión fuese sacudida por un huracán.
Cada vez que aplico el mecanismo deleznable de mi persiana china, me pregunto si la próxima vez volverá a subir para contemplar El Ávila desde la mesa en la que fatigo mi escritura. La gran montaña tutelar de la capital venezolana que los caraqueños, irrenunciablemente y mientras existamos, llamaremos siempre El Ávila.
Subo la persiana y recuerdo una canción de Soda Stereo de la época de mi temprana juventud, pero en mi modesto reproductor de CD suena el “Concierto para la mano izquierda” de mi entrañable Maurice Ravel.
Veo hacia la cima de la Silla del Ávila, que muchos años atrás transité junto a mi hermano mayor; subimos la cuesta atisbando el uno al otro entre la niebla sin decir nada, el exigente empinamiento de la ladera occidental.
Esta tarde casual, la bruma climática no deja constatar si allí sigue la cruz blanca que mi hermano Eduardo y yo veíamos como destino, y que en efecto atestiguamos al vencer la cumbre para destapar las latas de sardina, beber de la cantimplora y encender nuestros primeros cigarrillos.
Pienso en un cuento de Rodrigo Blanco Calderón que trata de un personaje extraviado en El Ávila. El autor, con un par de cervezas de por medio, me aseguró que su precisa ficción tiene un correlato en la realidad factual.
Me hizo la aclaratoria porque yo no podía creer que alguien se perdiese en El Ávila, esa montaña tan próxima como mi madre.
En mi CD ahora suena “La Mar” de Claude Debussy y El Ávila sigue impertérrito y visible, adornado afeminadamente por unas nubes que se antojan sobras de algodón de azúcar.
Temprano en la mañana, cuando el cachivache chino que hace de persiana en mi aposento dejó colar los cuchillos solares de la mañana, salté de la cama, ¿qué más?
Me espabilé como pude y muy ambientalista yo, con un breve chorro de agua sobre la cabeza. Vestí y calcé. Salí al abasto a proveerme de los ingredientes de mi modestísima cuisine de marché.
En la puerta de la bodega estaba ese señor de edad inmemorial con la mirada del mismo color que el Mediterráneo inoculó en sus pupilas.
Sorbía un café bajo la visera de la gorra de un equipo de béisbol del que nunca tuvo ni tendrá noticia.
Me dije: “Yo a este señor lo conozco”. Pero, no nos saludamos. No cruzamos miradas, tan prudentes él y yo.
De vuelta a mi mesa de trabajo alcé la vista y vi El Ávila emborronado por los desaseados vidrios de mi ventana. Y entonces tuve certeza de quién era el señor que bebía café a la entrada del abasto.
Desde que yo era a niño, cada tanto toca el timbre un italiano sin dientes. Lleva botas de goma y un tobo con agua enjabonada. Saluda con la lengua universal de la sonrisa.
No habla, sólo sonríe. Entra a casa sin mayores trámites. Es quien limpia mi ventana. Tal vez desde antes de que yo naciera, el italiano pasa su estopa enjabonada sobre el vidrio del solario en el que ahora escribo, y en mi infancia incubara mi destino.
“No digas piedra, di ventana”, suena un poema de Eugenio de Andrade.
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