Por mucho que trató de disuadirlo, no pudo. Notó que su amigo consideraría una afrenta no aceptar su invitación: hospedarse en su casa y ahorrarse gastos de hospedaje y comida. Mucho se ufanó el futuro anfitrión de las dotes culinarias de su esposa canadiense.
En los viajes frecuentes a los que obligaba su oficio, siempre prefería el anonimato de los hoteles, pero tuvo el desliz de informar a su ex compañero de bachillerato a través de Facebook que pronto viajaría a Toronto.
Así que, tras muchas horas de vuelo y al menos tres trasbordos, se encontró con el antiguo ex condiscípulo que lo esperaba en el aeropuerto, previsiblemente calvo y con bastantes kilos de más; aunque feliz.
Tras las presentaciones de rigor, esposa suficientemente simpática y para nada inspiradora de malos pensamientos, y dos primorosas criaturas rubias, finalmente agradeció unos instantes de soledad sentado en una cama generosa de grueso edredón y almohada de plumas. Disfrutó del silencio compacto de las habitaciones alfombradas y con calefacción.
Se desvistió y pasó al baño con la aprensión adquirida de otras ocasiones en que le tocara ser huésped de un amigo demasiado obsequioso.
Se fijó que no faltara el papel higiénico. Comprobó que el excusado funcionara como es debido. Bajó la manilla y descubrió que el tanque estaba vacío. Primer ataque de pánico. Pero, pronto descubrió una pequeñísima llave de paso. La experiencia lo llevó directo a ella; de otro modo, tal vez habría sucumbido a la desesperación.
Se cercioró de que no faltase toalla ni jabón y decidió tomar una reparadora ducha. Y entonces empezó una nueva aventura para el experimentado huésped.
Por intuición, posó su mano en la manilla de la derecha: el agua caliente. No le extrañó que la llave en vez de girar a la izquierda, lo hiciera a la derecha. Se acordó de que estaba en un país miembro del Common Wealth, los súbditos de Elizabeth tan unidos por ciertas arbitrariedades que conservan a todo trance.
Esperó a que brotara el vapor del agua caliente, pero pasó un minuto o más y seguía muy fría. Por no dejar, probó con la manija izquierda y brotó una catarata hierviente que lo hizo saltar fuera de la ducha. Como pudo, cerró la llave.
Precavido, entonces, de cuál era la llave del agua fría y la de la caliente, se tomó su tiempo para temperar la regadera. Finalmente, pudo dejarse mojar por la temperatura adecuada. Así se estuvo un rato relajado, hasta que le pareció escuchar gritos afuera.
Alarmado, procedió a cerrar ambas llaves, la de agua caliente primero, ¡ups! Un chorro hirviente cayó sobre su brazo. “Verdad que la fría es la de la izquierda”, trató de fijar en su mente. Cerró la caliente y casi muere congelado. Cerró la fría.
Los gritos que creyó escuchar cesaron, pero igual como pudo se ajustó la toalla a su cintura y recorrió empapado el trecho hasta la puerta del cuarto de huéspedes.
Salió al pasillo y pudo escuchar los gorgeos de los hijos de su amigo y el parloteo amoroso de la madre. Los aromas de los sustanciosos potajes con que se alimenta la gente del Norte le abrieron el apetito.
Volvió al baño. Giró la manilla y volvió a brincar. Otra vez se equivocaba. En segundos el baño era un sauna sofocante. Tirado en un rincón, exhausto, dejó que el agua corriera.
Finalmente, tomo aliento —o vapor más bien?, se levantó y como pudo logró acallar la tempestad hirviente que brotaba de la ducha.
Salió a la habitación y se dejó caer sobre pesado edredón. Entre sueños le pareció escuchar unos golpes a la puerta.
“¿Todo bien?”, escuchó. “La cena está lista”. Se quedó dormido y soñó con el Salto Ángel.
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