Súbito ella, una de esas ninfas que hormiguean al atardecer en la acera de enfrente, minifalda e irresistibles flip flops, cruza la calle. Él, un muchachón, muy probablemente apuesto, esbelto y con el pelo erizado, se detiene y la ve cruzar. Ahí están los dos viéndose el uno al otro por encima de los carros que pasan; ella en una acera, él en la de enfrente.
No hay que sumar dos más dos: se pelearon. Se odian, si el odio cabe en un segundo.
Ahí se quedan sólo como para que yo los mire. El muchacho hace verónicas a los carros raudos de fin de jornada, con sus ojos desconsolados.
Ella mira a un lado y a otro, hasta que él ve oportunidad para cruzar la calle. ¿Un segundo, dos?
¿Cuánto tiempo ha pasado entre ellos? ¿Cuál idiotez dijo él, que es a él a quien corresponde la idiotez? ¿Un requiebro mal formulado tal vez, a falta de otro recurso retórico?
La retórica es la peor auxiliar a la hora de genitales urgencias. ¿Qué tosca proposición habrá soplado ese inocente de pelos erguidos?
-No tengo plata, mamita…en el ascensor, yo sé cómo detenerlo.
Ella lo mira con asco fingido, y no menos ansia. Bate la pollina y cruza la calle sobre sus uñitas bien untadas de rojo.
Él saliva mientras se esfuerza en dejarla ir. Pero, caramba, ella voltea y vuelve a agitar su breve melena negra y suave como un sombrero coquetón.
El muchacho contiene las manos en los bolsillos amplios de su pantalón de camuflaje. Y mira hacia arriba, como si estuviese a punto de pedirme un consejo.
Nada tengo que decirle; sólo que cuando a mí me tocó igual trance no era moda llevar esos pantalones de bolsillos tan holgados como el desconsuelo. No había dónde guardar el despecho, al menos, tal elegantemente, como un James Dean cualquiera.
Ella va hasta el kiosco y pide algo: media cajetilla de cigarrillos. El isleño anima el yesquero y ella inhala una bocanada y vuelve a mirar hacia la acera contraria. Escupe el humo, pero su novio no se inmuta, se mantiene inánime como un guardián de Buckingham, en pleno verano.
No hay semáforo en esa esquina y ellos siguen, ella en una acera y él en la otra.
Ella apenas da un par de caladas al cigarrillo de la excusa y lo lanza a una alcantarilla.
Él cruza la calle con la mirada gacha hasta llegar a ella, a su lado, a escasos centímetros. Así, sin cambiarse de acera, va la pareja calle arriba, sin mirarse, bajo frondosos mangos que desconocen, ensimismados, viéndose los pies que van uno primero y otro después, como les enseñaron en la escuela a bailar el joropo fastidiosamente.
Truena sobre la montaña que los cobija a su pesar. Ellos siguen calle arriba, un zigzag que los aleja y acerca según el viento previo a la tormenta, la hora de verse cara a cara, encerrados, a lo mejor demasiado pronto. La urgencia de juntarse, el apremio a pesar de los mayores. El mal humor. Amor.
Vuelve a tronar sobre la frente del cerro Ávila. Cierro el ventanal. Falta poco para que mi balcón se inunde de las aguas inevitables. Me guardo en mi habitación, entre mis libros húmedos de heredad. A la espera de que pase el aguacero.
Pienso en los dos jóvenes amantes que no llegaron a tiempo a casa o para siquiera estar bajo techo, cualquiera. Los veo bajo un alero a la espera de que nunca escampe.
De esas tormentas ya tengo suficiente. Que escampe y mañana, como quién dice, será otro día.
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