Llovía. Hasta hace poco tronó el cielo como aviso incierto. Más pareció un incordio en las alturas, un seco disgusto del dios Zeus que una temporada de lluvia como es costumbre en los trópicos, abundante y tenaz, a veces calamitosa.
El desarreglo climático conjuró las aguas esperadas para 2009. No obstante, uno que otro chaparrón sorprendió a más de un transeúnte sin paraguas.
Es circunstancia habitual la de hallarse en este equinoccio impredecible sin el paraguas oportuno. El paraguas, esa prenda que fácilmente se deja olvidada en la silla de la sala de espera de un consultorio.
Es así que un aguacero repentino pone de carrera a los muchos que transitan las aceras y embosca al resguardo del primer alero a la vista.
Y bajo un saliente cualquiera que mal protege de la ventisca empapada, queda el ciudadano contemporáneo reducido a condición parecida a la de aquel sirviente de samurái, guarecido de la lluvia en las ruinas de Rashomon.
La espera torna en animación suspendida, el tiempo se detiene y dilata hasta que escampe.
Es la intemporalidad de la lluvia que obliga a la pausa y la contemplación. En la avenida, la actividad se ha detenido también en un atasco de tráfico: la vida aguarda tras la agitación de los limpiaparabrisas. Bajo el chubasco, el corneteo de los carros ya no es impaciencia de los conductores, sino resignación automática ante la disolución del paisaje bajo las nubes.
Allí, bajo el alero obligado, el paseante detenido deja de ver el reloj; el apuro de un trámite interrumpido entre la agencia de un banco y la taquilla de pago de la luz es postergación irremediable.
Queda uno como ese desempleado sirviente de samurái que el gran cuentista japonés Ryunosuke Akutagawa ubica bajo las tejas fatigadas por la lluvia de las puertas de Rashomon.
El motivo narrativo de Akutagawa es retomado por Akira Kurosawa en su film homónimo de 1950. El argumento varía del cuento original a la pieza cinematográfica que inspira, pero se conserva lo que podría llamarse “el fondo del asunto”.
Es la inmovilidad bajo la lluvia propicia a preguntas que generalmente nadie quiere hacerse: “Para escapar a esta maldita suerte -pensó el sirviente-, no puedo esperar a elegir un medio, ni bueno ni malo, pues si empezara a pensar sin duda me moriría de hambre en medio del camino o en alguna zanja”, escribe Akutagawa.
La película de Kurosawa lleva la situación hacia otro derrotero: bajo el alero de Rashomon coinciden un monje budista y un leñador que intercambian, ante un expectante vagabundo, pareceres sobre un crimen tiempo atrás acontecido. Es célebre la estrategia narrativa del filme, un verdadero clásico, al plantear la verdad de los hechos a través de la deconstrucción de las miradas, de los puntos de vista contradictorios de los personajes involucrados.
Coinciden cuento y película en el planteamiento de un dilema moral; la relativización del bien frente al mal o viceversa.
Sólo al escampar se aclara la mente y se alivia el corazón. Sale el sol, la gente vuelve a caminar entre los carros que comienzan a avanzar lentamente. Uno vuelve a mirar el reloj. Ve que aún queda tiempo para concluir el trámite pendiente.
Ahora son las preguntas las que quedarán para otra ocasión, si acaso vuelve a llover y hay que detener el paso bajo un alero. De momento, hay que llegar antes de que cierren la taquilla de pago. La vida sigue.
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