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Albino

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Anoche, de vuelta a casa, en ese atafago del Metro, sentí ya empotrado entre los cuerpos de mis semejantes en un atestado vagón un destello a un lado de mi cara, o más bien una voz aguda y dulcísima, balbuceante y empeñosa: la de un infante entre sus tres, cuatro años, digamos.

Al voltear vi a una niña tan pequeña que el asiento del vagón le servía para instalar allí todo un mundo: el de ella, único y autosuficiente, hasta cierto punto. Blanquísima, con unas enternecedoras trenzas amarillas y una mirada tan indescifrable como primigenia, bregaba con el cierre de su capucha. Cuando se hartó de sucesivos intentos por subirlo, comenzó a clamar por la chupeta que su madre le reservaba en uno de los bolsillos de la mochila, probablemente para después de que honrara la sopa y el arroz de la cena.

No sé por qué, esa criatura me encogió el corazón a tal punto, removió mis recuerdos. Tal vez, me hizo evocar a los niños que he amado, mis hermanos, cuando yo era también uno de ellos, mis sobrinos, los hijos de mis ex novias. La niñita en cuestión era albina.

Recuerdo haber visto una película en la que el pedante de Kevin Spacey no era el gran característico adorado por todos los superfluos amantes del cine, sino, ¡vaya!, el guionista y director: Albino Alligator. Creo que es lo mejor que ha hecho ese patán hollywoodense con su vida; el argumento y la realización me complacieron.

El título de la película es una metáfora: el albino es relegado, apartado. Entre las comunidades de África, un albino es un escándalo, es el que no es igual, el súbito diferente que interpela el odioso gregarismo de la raza humana.

El haber retenido la presencia de esa encantadora, alba criatura con la que me topé en medio del desconcierto del subterráneo caraqueño, me devolvió la memoria de un niño igual que yo, de la misma edad, hace 40 años, más o menos, cuando mis padres nos llevaban a mis hermanos y a mí a pasar un fin de semana en la marina de Laguna Beach.

No me gustaba del Club Laguna Beach que llenaran la piscina con agua salada. La playa igual no era muy sexy, un mar aguado y una arena plisada.

Tan poco auspicioso escenario a la aventura y los deportes, contribuyó a mi vocación contemplativa: veía a las niñitas que ya prometían galanas pubertades, pero sobre todo a aquel pequeño, más alto que yo, de piel más blanca que la mía —que es mucho decir?, corpulento y el pelo de paja, que con todo estoicismo recibía el sol del que mi mamá me protegía con sucesivas aplicaciones de Coppertone.

Le gustaba pescar con carrete en el muelle junto a las lanchas y los yates que ahí amarraban. Lo seguía a distancia y lo observaba en su solísimo solaz infantil. Ágil y arrojado, era un equilibrista sobre los cabos y las cubiertas de las embarcaciones amodorradas de aquella Caraballeda.

Yo lo observaba desde el piso 14 de Laguna Beach, en picado, muy pendiente de cada uno de sus movimientos entre el muelle, las lanchas; la eternidad que ameritaba la preparación del carrete para la pesca, el tobo con restos de calamares y holoturias a su lado para ensartar al anzuelo improbable de todos los pequeños peces que no pescó.

Ahí me demoraba a la espera de lo que el suspense de aquel solitario pertinaz pudiera deparar a mi asombro e inexplicable solidaridad. Él, albino; yo, demasiado catire para estos trópicos, compartíamos la engorrosa indumentaria de los deficientes de melanina: franela y short largo.

Vino la ocasión en que falló el pie sobre el cabo y cayó al aceitoso mar de la marina. Gritó, ay, oh. Yo lo veía desde arriba y me pregunté por vez primera en mi vida: ¿Qué hago? Pero, ahí mismo emergió del agua su franela protectora empapada y pesada sobre su espalda límpida, aquel pequeño atlante.

Nadie supo, sino yo. Ni él.

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