
Anoche, de vuelta a casa, en ese atafago del Metro, sentí ya empotrado entre los cuerpos de mis semejantes en un atestado vagón un destello a un lado de mi cara, o más bien una voz aguda y dulcísima, balbuceante y empeñosa: la de un infante entre sus tres, cuatro años, digamos.
Al voltear vi a una niña tan pequeña que el asiento...














