Una boda real es un asunto de Estado, más allá de sus implicaciones románticas. Actualmente, funciona como la vitrina perfecta para exponer los sabores y gustos de una cultura específica, donde se pasean sin pudor productos de denominación de origen controlada, acervos culinarios, cocineros y licores emblemáticos.
El 29 de abril de 2011 se casaron William de Inglaterra — segundo en la línea de sucesión al trono inglés -, con la plebeya Katherine Middleton, en la Abadía de Westminster, ubicada en Londres. Más de 1600 invitados se dieron cita en la ceremonia religiosa, de los cuales 600 asistieron al banquete real, donde por primera vez en la historia de la monarquía de ese país, salieron a relucir lo mejor de los productos nacionales, cocineros emblemáticos y los gustos de los novios.
Aunque parezca una frivolidad, si un aspecto denota cómo ha evolucionado el discurso gastronómico en el mundo, es en el caso de los banquetes reales. Si se revisa el menú de la boda de los príncipes de Gales, Carlos y Diana — padres del novio — en 1981, incluía rodaballo, langosta, cordero, fresas, una tradicional tarta inglesa de frutas y ríos de Champagne, pero no se le dio mayor promoción ni a los cocineros, ni tenía importancia si eran de una región específica del Reino Unido.
Pero en bodas recientes, ha crecido esta tendencia, por ejemplo, en 2004 cuando se casaron los Príncipes de Asturias, Felipe y Letizia, el nombre del Cava que se utilizó en la celebración nunca se develó oficialmente, se entregó a través del consejo regulador de esta bebida, con etiquetas genéricas para evitar favorecer a unos productores sobre otros. Para la ocasión, la elaboración del banquete estuvo en manos de reconocidos cocineros españoles como Ferrán Adriá —el Bulli—, Juan Mari Arzak y Paco Roncero.
En 2010, en la boda de Victoria de Suecia con Daniel Westlingel, el menú fue un recorrido por los sabores y costumbres de dicho país, se destacaban Cigalas de la costa oeste, Char Landö, espárragos verdes y remolacha de Gotland, Solomillo de ternera de Stenhammar, queso Allerum, además se resaltó el hecho de su producción orgánica, otro aspecto muy publicitado en estos días.
Cambios a la tradición y el protocolo
En la boda de William y Kate, en primer lugar se habló durante semanas de los encargados del banquete real, se fueron filtrando detalles del menú, al punto que la página web de Fiona Clains, pastelera de muchos famosos, experimentó records históricos de visitas y se le entrevistó como si se tratase de una celebridad.
La tarta nupcial elaborada por Clains fue una tradicional receta inglesa a base de frutos secos y miel, cuya decoración se hizo con un blanco glaseado, adornada con flores de azúcar que representaban toda la Gran Bretaña: Rosas de Inglaterra, Cardos de Escocia, Narcisos de Gales, Tréboles de Irlanda además de otros 12 tipos de flores y hojas autóctonas, o por lo menos esa fue la versión inicial, después la novia justificó la presencia de determinadas flores por significados más románticos, al mejor estilo de la moda de años victorianos, costumbre que Kate decidió retomar.
Pero como sucede en estos casos, se lleva a cabo más de una celebración, después de la ceremonia un discreto brindis en lugar del tradicional Wedding Breakfast, elaborado por el chef Mark Flanagan, y en la noche, un banquete formal para familiares y amigos. Pero en ambas oportunidades se sirvieron vegetales orgánicos, dadas las preferencias de la novia y del padre del novio —el príncipe Carlos— por dichos ingredientes, al punto que es propietario de granjas de productos “orgánicos”.
En la noche, el menú incluyó a petición del novio, una torta de chocolate y galletas fabricada por la fábrica de golosinas Mc Vitie´s, quien ha colocado sus postres en las mesas reales inglesas desde 1893, cuando se celebró el matrimonio de Jorge V, incluso elaboraron la torta de bodas de la reina Elizabeth.
Darren MacGrady, quien fue el jefe de banquetes cuando se casaron los príncipes de Gales en 1981, declaró: “dada la crisis económica, quedaron atrás los gastos excesivos, como los 14 mil geranios que adornaron Buckingham o los largos menús de siete platillos, para más de mil personas. La boda de William y Kate, fue una mezcla entre la tradición y los gustos actuales”. Aunque se ratificó muchas veces que los gastos de la boda corrían por cuenta de los padres de los novios.
Los banquetes de Estado, incluyendo las bodas, son la vitrina perfecta para ostentar los sabores de un país, incluso las Casas Reales de todo el mundo están conscientes de eso. No es descabellado, aunque no se ratificó oficialmente, que algunos productos incluidos en el menú de celebración deban su presencia a una especie de intercambio, porque se trata de una publicidad segura y bien avalada.
Mientras tanto, más allá de estos asuntos terrenales del gran banquete de una boda real, no deja de cautivar la pompa, la belleza y que de vez en cuando como un cuento de hadas, quede la esperanza del “vivieron felices por siempre”.
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