Las probabilidades de tener uno de estos al lado en nuestro próximo viaje son altas, así que bien nos sale ir conociendo las mañas, costumbres y rasgos que distinguen a estas personalidades
Por Pedro Camacho — pedrocamacho84@gmail.com10 El niño que inquieta los cielos
Los niños traviesos y sus padres permisivos han estado en más conteos de personajes que nadie. En los aviones, los infantes tienen una estrategia inquietante de irrumpir el orden, que consiste en correr sin cesar por los pasillos mínimos y entre las hileras de sillas, lastimando rodillas y pisando dedos ajenos en su camino. Ocasionalmente, se escucha el padre de la criatura pronunciando su nombre con displicencia, mientras lee alguna revista con detenimiento. Cuando al fin logran sentarlo, el niño tiende a descargar su inquietud pueril con pataditas a la parte de atrás del asiento de enfrente, despertando cada tres minutos al pasajero que ahí se encuentra y que trata de tomar una siesta. La única manera que tiene el pasajero de drenar esta molestia es recordar que el padre de la criatura tiene que convivir todos y cada uno de los días de su vida con él, recibiendo no sólo patadas, sino golpes, alaridos y, ocasionalmente, juguetes lanzados a la cara.
9La que se encomienda a El Señor
Algo grave tuvo que haber pasado en la vida de esta señora para que, cada vez que el avión despega, empiece a rezar Padre Nuestro tras Padre Nuestro como si no hubiese un mañana. Lo que siente por volar es un temor genuino y puro. Compadezco a aquel personaje (digno de una caracterización por sí sólo) a quien le toca sentarse al lado de ella y que, así no tenga ningún temor al tomar el asiento, seguramente empezará a sudar, tensarse e imaginarse si volverá a ver a sus seres queridos de nuevo. Por regla, suele no prestar atención a los avisos de seguridad de las aeromozas, ya que ella cuenta con protección directa del cielo (no del cielo de los aviones, sino del otro). Al aterrizar, todos los músculos de su cuerpo estarán más tensos que las cuerdas de una raqueta de tenis por haber pasado todas las horas del vuelo separada del respaldar, tal cual estuviese en un banquito de madera en una iglesia.
8El conversador
No puede dejar de hablarle a la persona que tiene al lado, es como un lema en su vida. Es así en las paradas de autobuses, es así en las colas para sacarse el pasaporte, es así en los urinarios del baño público y es así, por supuesto, en el asiento del avión. Por lo general, comienza conversaciones con frases inocentes como “¿es tu primera vez viajando?” o “¿viajas con frecuencia?” que, de ser respondidas, abren una caja de Pandora que no podrá ser cerrada en el resto del viaje y que significará no poder tomar ni una siesta de 10 minutos sin ser interrumpida por algún comentario tonto acerca de algún artículo de la revista del avión. Lo que siempre me ha impresionado de este sujeto es su capacidad para hacer caso omiso a las indirectas de sus interlocutores cuando se colocan las mascarillas para dormir o se ponen los audífonos, señales claras que suelen ser interpretadas por cualquier otro ser humano como “deja de hablarme o me vas a hacer querer lanzarme por la puerta de emergencia”.
7El nauseabundo
Acuñó el uso obligatorio de las bolsitas para vómito en las aerolíneas a partir de un fatídico vuelo hace muchos años en el que tuvo que… En el que llenó el piso de… En el que ocurrió un accidente. Su amigo inseparable es el famoso Dramamine, medicamento que previene el mareo y que lo ha acompañado en numerosas aventuras no sólo por aire, sino por tierra y mar. De niño, tenía muy poco pudor en cuanto a los momentos que elegía para dejar su huella y solía ensuciar todo aquello que estuviese en su rango visual, pero con el tiempo ha madurado y perfeccionado el arte de levantarse, caminar aceleradamente y exteriorizar libremente el resultado de su mareo en los confines privados de un baño. No es muy difícil de ubicar en un avión, ya que es el que tiene siempre una mano puesta en la bolsita, la otra mano aferrándose con las uñas a alguna esperanza en el pasamanos, los ojos cerrados en busca de una elevación tipo zen que controle su mareo y el color casi traslucido de su piel. Compadezco el que deba sentarse a su lado en medio de una turbulencia. Sinceramente, lo compadezco.
6El que se quiere llevar todo
Es de esos sujetos que aprecia , hasta escalas enfermizas, las cosas gratis de la vida. En su casa hay almohadas, cobijas, paquetitos de azúcar e incluso un pin de ropa de esos que sólo usan las aeromozas, todos rotulados con los distintos logos de las aerolíneas en las que ha volado. Suele aprovecharse al máximo de las bebidas que ofrece el carrito de los refrigerios y las pide de a dos a pesar de la mirada desaprobatoria de la aeromoza. Por esta misma razón, se le suele mover el piso mucho después de haber aterrizado a causa de su leve estado de ebriedad. Jamás deja una bandeja de comida con residuos, incluso llegando al punto de llevarse los “sanguchitos”, postres y hasta los envoltorios de mantequilla. En sus propias palabras, “uno nunca sabe cuando va pasar hambre por ahí”.
5 La somnífera
Dejemos una cosa clara: al menos de que volemos en primera clase, sentarse en un asiento de avión durante cinco horas es una de las peores torturas socialmente aceptadas. Es lo más cerca que se puede estar de sentirse adentro de una lata de sardinas. Conciente de esto, la somnífera se toma un poderoso calmante justo antes de despegar que la noquea hasta que todas las personas han desocupado el avión y tiene que despertarla una aeromoza limpiando los puestos. El efecto adverso de esta situación es que, cuando al fin recobre el conocimiento, será victima de un terrible dolor en su zona lumbar a causa de haber estado inconciente en una posición en la que su oreja izquierda se apoyaba sobre su rodilla derecha. En algunas ocasiones, en las que el vuelo va un poco desocupado, podemos ver a la somnífera desparramada a lo largo de tres asientos en una imagen que despierta al mismo tiempo una tranquilidad contagiosa y una pena ajena inigualable. Si viajamos acompañándola, es prudente acercar una cuchara cada 30 minutos a sus nariz para ver si, efectivamente, sigue viva. Observación personal: estaría bueno que la somnífera le pase algunas pastillitas a la que se encomienda a El Señor, por el bien de todos los pasajeros.
4La primeriza alegre
Sus viajes siempre habían sido o en carro al interior o en peñero hasta un callo, pero nunca en avión. Su experiencia va a estar completamente idealizada, el resultado de una vida entera queriendo volar, similar a la sensación de aquellos que nunca han conocido el mar o que jamás han ido a Disney. Es de esas personas que siempre piden la ventana en el avión y gastan más de 30 fotos tratando de retratar los paisajes, logrando capturar sólo un pedazo de ala y un lote de nubes. Cada cosa que los viajeros experimentados dan por sentado, para ella es algo nuevo y aventurero. Por ejemplo, es la única persona que le presta atención a los indicativos de seguridad previos a despegar y seguramente sería la única que sabría qué demonios hacer si el avión llegase a caer de forma estrepitosa. Su idealismo la llevará incluso a disfrutar lo más infame de una experiencia en un avión: el almuerzo de bandejita.
3La que aún no descifra que hacer con sus oídos
Volar no es el problema. El problema es despegar y aterrizar. Este personaje lo ha intentado todo, pero sigue teniendo esa sensación recurrente de que su cabeza va a estallar y ensuciará a los demás pasajeros del avión. Antes de abordar, compra como mínimo cinco paquetitos de chicle y se atapuza la boca con varios, sólo para comprobar, vez tras vez, que en lo único que ayuda esto es en otorgarle un aliento mentolado. La otra cura de conocimiento popular es la del bostezo, que genera además una fascinante reacción en cadena en la que todo el avión pareciera entrar simultáneamente en un estado de adormecimiento colectivo. Siempre me ha fascinado, cuando veo a un recién nacido en un vuelo, imaginar lo terrible que debe sentirse no saber que esa sensación detestable en nuestras orejitas es pasajera y no el fin del mundo.
2El entertainment system
Fácil de ubicar: cuando la azafata pide que apaguen los dispositivos electrónicos porque el avión va a despegar, este personaje tiene que apagar por lo menos seis aparatos distintos, incluyendo iPod, celular, GPS y laptop. El ocio no es una opción para este guerrero tecnológico, que hará todo para no tener que encarar la película nefasta y pavosa que suelen colocar en las pantallas de los aviones. Sus familiares cercanos incluyen el lector de novelas y el gurú de los crucigramas, personajes que se acercan cada vez más a una extinción absoluta. Si el avión llegase a caer en una isla desierta, probablemente sería recomendable hacernos amigos de este personaje, pues será él quien tiene los medios para devolvernos con mayor rapidez hacia la civilización. Si vamos a viajar con este personaje, sería bueno que, la noche antes del vuelo, desenchufemos los cargadores mientras duerme para así obligarlo a practicar aquella actividad que ya ha dejado en desuso casi total: la de conversar.
1El que aplaude al aterrizar
El más venezolano de todos los personajes del avión. ¿Quién habrá sido el primer sujeto en iniciar un aplauso cuando el avión ya había tocado tierra sano y salvo? ¿A quién va dirigido ese aplauso? ¿Son felicitaciones al piloto?¿Son muestras de buena voluntad entre los mismos pasajeros? ¿O son por puro bochinche? ¿Hay algunos aterrizajes que no merecen aplausos o el sólo hecho de no haber muerto en el intento es meritorio de tales cumplidos? Si bien ninguna de estas preguntas serán respondidas en este párrafo, es importante hacérnoslas cada vez que caigamos como borregos en el juego de seguirle la corriente al que aplaude al aterrizar. No puedo dejar de imaginar que, justo en ese intervalo entre las ruedas tocando la pista y el primer aplauso, el piloto y el copiloto se agarran las manos con ansiedad, nerviosos hasta la médula por lograr ese gesto de reconocimiento a su gran labor, reconocimiento sólo comparable con el “¡otra! ¡otra!” que reciben los cantantes al final de sus conciertos. Es su momento de fama, es lo más cercano a ser estrellas de rock que alcanzarán en sus vidas.
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