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Diez personajes en la carretera venezolana

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La mejor manera de conocer el país es viajando por sus vías. Por cada paisaje que veremos en los caminos, habrá un carro contiguo con alguno de estos personajes (si es que no lo tenemos sentado al lado)

Por Pedro Camacho - pedrocamacho84@gmail.com

10El jefe de familia

Alentado por las únicas vacaciones que recibe al año, el jefe de familia hará todo a su alcance para que los viajes de su clan sea perfecto, mediante una programación excesiva que repite anualmente. Esto incluye salir a las cuatro de la mañana de casa para evitar las colas en la carretera y desayunar todos los años en el mismo sitio de cachapas o arepas. Cuando sus niños son pequeños, vivirá los viajes más memorables: la familia disfrutará en conjunto, cantará canciones al unísono y él dictará donde se detienen, qué ven y qué se come sin ninguna objeción. Con el pasar de los años, sus hijos se volverán adolescentes y padre se verá obligado a aferrarse a los recuerdos de antaño, mientras observa por el retrovisor a su hija pegada al iPod como si fuese un pulmón artificial y a su hijo mandando mensajes de texto como loco. Las quejas se harán más frecuentes, las discusiones más grandes y la idea de quedarse en casa tomando cerveza y viendo deportes todo el día en la comodidad solitaria de su cuarto será más atractiva. Pensemos en Chevy Chase en esas películas de vacaciones en familia de los años ochenta.

9Los niños del asiento de atrás

Prototipos de la familia perfecta, enmarcan lo bonito que recordamos de aquellos viajes para conocer el país, previos a la llegada de la adolescencia con la que todo se fue al drenaje. La imagen: rodando por los bellos paisajes de Venezuela, cantando “París se quema” o “Juan Pedro Pablo de la mar”, canciones cuyos significados se vuelven totalmente incomprensibles con el pasar de los años. La línea que divide que estos niños pasen de ser tiernas criaturas a molestos diablitos es bastante delgada y generalmente tiende a depender de la cantidad de ruido que son capaces de generar, cuántas cosas dentro del carro rayan o rompen y cuánto daño se hacen entre sí. Como padre, lo recomendable es detener el carro cada hora, aproximadamente, y dejar a los niños corretear en estaciones de servicio y restaurantes de carretera en los que pueden volver locos a otras personas que ni conocemos. Así, con suerte, cuando vuelvan a sentarse en el carro, estarán lo suficientemente cansados como para que pasen el resto del camino dormiditos (estado en el que son mucho, mucho más bonitos).

8La madre precavida

Cuando necesitemos algo para el dolor de cabeza, ella lo sacará de su botiquín. Cuando tengamos sed, ¡zas! La botellita de agua. Cuando queramos ir al baño en uno de esos baños asquerosos de carretera, el papel higiénico vendrá de su cartera (seguido posteriormente por una toallita húmeda de esas con olor a bebé para limpiarnos las manos y un gel antibacterial). Es la previsión personificada en un solo ser. Los días previos al viaje, sufriremos con sus incesantes “no se te vaya a olvidar esto y aquello”  y nos reiremos irónicamente ante su excesivo equipaje. Pero tengamos en cuenta que siempre será ella la que tendrá la última risa cuando, desesperados en carretera por haber estado comiendo sólo papitas y cheese tris, nos veamos obligados a pedirle uno de esos deliciosos “sanguchitos” de atún que pasó una hora haciendo la noche anterior mientras disimulábamos que hacíamos la maleta para no tener que ayudar (maleta que de todas formas terminó organizando ella).

7Los playeros

Pululan en fines de semanas largos. Con los trajes de baño y las cholas puestos desde que salen de su apartamento, encaran la carretera con una actitud relajada, escuchando reggae y reggaeton sin parar para ponerse en sintonía con los dos únicos géneros musicales que escucharán mientras estén en la playa. El carro de los playeros se puede distinguir desde afuera, ya que los pasajeros tienen lentes oscuros, suelen llevar música a todo volumen y sus pies cuelgan de la ventana hacia afuera. La emoción que llevan en el camino hacia la playa sólo puede ser contrastada con el desanimo fúnebre que traerán en el camino de regreso (similar a cuando regresan las tropas derrotadas de una batalla). Todos irán en el quinto sueño gracias a una mezcla inigualable del exceso de alcohol durante su estadía y la noción de tener que volver a sus rutinas cotidianas (todos excepto el pobre conductor, quien no podrá contar con nadie que le busque la más mínima conversa para mantenerlo despierto y tendrá que generar métodos alternativos como cantar lo que escucha en la radio o leer todos los letreros y vallas que atraviesan su rango de mirada).

6Al que siempre le toca la tranca horrible

Viene en tantas variedades, que probablemente se podría hacer una lista categorizada con todas las subespecies. Mejor mencionarlos y ya: el que sólo dice groserías mientras cornetea incesantemente y golpea el volante; el que se baja del carro y camina hacia el principio de la cola para ver qué es lo que la genera (generalmente la cola se mueve mientras camina y se inicia una nueva cola detrás de su carro abandonado); los que reclinan sus asientos y esperan que las cornetas de los carros de atrás los despierten; los que eligen armar una rumba en el carro subiendo la música y sacando las papitas y la caña; el que empieza a regar teorías entre los demás conductores acerca de los motivos de la tranca y genera un estado de pánico colectivo (“que si” se cayó un árbol, “que si” se volteó una gandola, “que si” es una huelga…). La verdad es que si no reconoces a ninguno de estos personajes, nunca has estado en una cola en carretera, por lo que cabe deducir que nunca has viajado por Venezuela. Así que te recomiendo que empieces a viajar y releas esto cuando regreses.

5El motivo de las colas lentas

No es una tranca de esas que no se mueve en lo absoluto, pero no por eso es menos fastidiosa. Es más similar a un desfile militar del 5 de Julio, con cientos de vacacionistas detrás y tres posibles figuras a la cabeza:

Un carro destartalado, botando humo negro e intoxicando a cientos de personas a la vez, cargando en sus entrañas a cuatro adultos, seis niños y un conductor gordo que hacen que, por el peso, el carro vaya aún más lento.

Una camioneta que pareciera que hubiese empacado todo el contenido de una casa en su espacio interno. Ésta, por lo general, lleva en el techo una mesa enorme o un sofá y detrás un carro pequeño en el que todos los pasajeros temen por sus vidas.

Una gandola, aunque una de las lentas. Cada vez son más comunes las que van a 160, a pesar de que llevan impresa la palabra INFLAMABLE en letras enormes a un costado.

4La incontinente

Probablemente ha recorrido todos los baños de Venezuela, motivada por su incesante deseo de ir al baño. Su vejiga tiene mente propia y no una cualquiera, sino una mente caprichosa e infantil que sólo decide actuar en los momentos más inapropiados, como en medio de una carretera interminable de Los Llanos sin estación de servicio divisable. Es fácil distinguirla desde algún vehículo contiguo, ya que es la única persona que lleva los ojos cerrados. Parece que estuviese rezando al dios de la incontinencia y se mueve como si estuviese bailando para distraer a su organismo de la necesidad imperante que la agobia. Siempre hay algún sujeto en el carro que le encuentra gracia a su condición y le termina aconsejando en chiste que “lo haga ahí en las ramas”, que él le canta la zona. Como consejo general: si andamos con una incontinente, no es aconsejable ni hacerla reír, ni subirle la potencia al aire acondicionado, ni hacerle referencias a cascadas, ríos u otros cuerpos de agua. No importa qué tan gracioso nos parezca, sencillamente no es aconsejable.

3El tipo de los mareos

El carro al lado de la vía. Todos los pasajeros -menos dos- caminan alrededor del vehículo de forma intranquila. Una silueta inclinada mientras otra le pone su mano en la espalda en señal de apoyo. Esta imagen sólo es capaz de generarla el tipo de los mareos. Nada aviva su estomago inquieto más que el vaivén de una embarcación y el movimiento de un vehículo en carretera. Entre las ocasiones que siente que va a vomitar y aquellas en las que efectivamente lo hace, es capaz de hacer parar el vehículo en el que viaja unas 16 veces en un viaje de Caracas a Puerto la Cruz. De más está decir que, a menos de que se sea muy, muy cercano a él, lo más recomendable es dejarlo en una ventana para que agarre aire fresco y sortearse el puesto de la ventana contraria para evitar accidentes. Otro consejo es que, en casos de visitar lugares como Morrocoy, en los que además será sujeto a viajes en peñeros, se debe programar por lo menos una semana de estadía, ya que un fin de semana largo se le irá de mareo en mareo, lo cual pondrá en juego la diversión del grupo. Si le ve ingerir alimentos en algún localcito en la carretera, el llamado es a golpearlo y recordarle que él no viaja solo en ese carro. Sugerencia para hacerle antes del viaje: ¿te tomaste el Dramamine?

2La que quiere comprar una cosa distinta en cada pueblo por el que pasa

El dulce de leche llegando a Coro, las fresas en el páramo merideño, los quesos viajando por los llanos, las empanadas en Margarita… Este personaje se cree Valentina Quintero pero sin las cámaras, la plata ni el equipo de producción. En cambio, suele viajar con un grupo de acompañantes que lo que quieren es llegar de una buena vez a su destino sin tener que detenerse en cada quiosquito al lado de la carretera a comprar cachivaches y comidas típicas que ya, ni les caben en el carro por un lugar, ni les caben en las barrigas por el otro. Ese personaje suele escudarse bajo un comentario similar al siguiente: “¿cómo vamos a decir que estuvimos en (llenar este espacio con cualquier pueblito de Venezuela, sin importar lo insignificante que sea) y ni siquiera probamos el/la (llenar este espacio con cualquier fruta, tubérculo, dulce, plato principal, bebida, brebaje o demás que pueda o no gustarle pero que se considere representativo de dicho pueblo). Es también de temer en pueblos con tradiciones de artesanías y, sobre todo, en aquellos en los que se trabajan muebles de madera (una bolsita de pulseras no es tanta molestia como una mesita de noche apoyada contra nuestra espalda en el asiento de atrás de un carro en carretera).

1El dueño de la música

Todo aquel que ha viajado en carretera sabe lo importante que es la música para un viaje. En las manos de un experto, el soundtrack del camino suele dictar lo que se va a escuchar al arribar, genera un ambiente de solidaridad entre los pasajeros y hace la experiencia más placentera. En las manos de un inepto, la música suele significar la primera entre una retahíla de discordias durante un viaje infernal del que los pasajeros más nunca volverán siendo los mismos. Suele ser el copiloto en quien recae esta labor, aunque, por lo general, debe haber un contrato tácito entre éste y el que conduce, porque nadie quiere ver al último de mal humor. Es importante escuchar las peticiones musicales de los demás pasajeros y respetar algunas normas básicas: no colocar música que ya sabemos de antemano que alguien del vehículo detesta y no colocar nada excesivamente lento y sedante que, si bien puede ayudar a relajar a los pasajeros (algo positivo), puede también relajar en exceso al conductor y hacernos estrellar contra la defensa (algo negativo). El volumen es otro tema importante. Con respecto a esto, cabe entender que si queremos conversar, el volumen debe ser bajo, pero si más bien nos llevamos mal con los demás y no queremos ni saber qué piensan ni que sepan qué pensamos, el volumen alto puede ser la excusa perfecta para evitar una conversa no deseada.

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