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Por Daniel Centeno M.
En los sesenta, Lennon y McCartney fueron los reyes del mundo. Todo lo que hacían les salía bien, se reinventaron constantemente, guiaron el sentir de una época y nadie podía competir con ellos en materia musical. Los Rolling Stones, sus antagonistas históricos, tan sólo era un grupo de chicos malos siempre pendiente de las innovaciones del dúo compositor, para luego amoldar sus búsquedas en los hallazgos de The Beatles. Ante un panorama así, no había por qué preocuparse.
Algo por el estilo pensó Paul McCartney hasta el día en el que le cayó en sus manos el disco Pet Sounds. La leyenda cuenta que, en cuanto lo escuchó, quedó aterrado y corrió a comunicarle su angustia a John Lennon. Ambos reconocieron estar ante algo grande. Por primera vez sentían que The Beatles no estaban solos en el panorama, que no eran los amos del mundo y, lo peor de todo, que existía alguien tan o más genial que ellos dos juntos.
McCartney, incluso, se tomó el asunto de manera personal y comenzó a darle vueltas a su cabeza para responder con otro álbum. En ese punto cuentan que llegó a dudar de su capacidad como compositor. De repente, se sintió como el Salieri que debía luchar contra un Mozart inesperado. Afortunadamente para él, en medio de su crisis artística, terminó por descubrir todo el concepto del Sgt. Pepper?s Lonely Hearts Club Band. Su contrincante, en cambio, asumió la guerra y, a diferencia del Beatle, de ella sí que no pudo salir.
Brian Wilson, el Amadeus de esta historia, el primer cantante o compositor en producir sus propios temas, el primer músico pop en hacer arreglos con orquestas, fue la manzana de la discordia. Después de colocar algunos cortes playeros en las listas de éxitos, decidió demostrarle a su grupo, The Beach Boys, que también se podía aspirar al cielo. No le avergonzaba ser un músico norteamericano en plena invasión británica, porque sabía que tenía talento a manos llenas. Así que se arriesgó con Pet Sounds, un álbum exquisito pero que no arrojó grandes números en ventas. Por esta razón, aunque aterró secretamente a McCartney, para los miembros de su banda el disco había sido otro capricho del líder.
La verdad de todo es que con la aparición del Sgt. Pepper, el panorama cambió drásticamente para Wilson: quien en una ocasión se propuso crear el mejor álbum de la historia de la música popular, ahora tenía que asumir la tarea de superarlo. Para lograr su misión, se encerró en su casa como un cautivo. Vació la piscina de la residencia y se metió allí con todo su arsenal: probó su voz, el sonido de los instrumentos, las consolas de grabación y se dedicó a experimentar sin tregua. Se hizo del eco y de lo diáfano. El resto de su banda frunció el ceño. Wilson no les hacía caso, estaba seguro de conseguir el disco perfecto, y aspiró rayas blancas para no perder un segundo de una vigilia tan creativa como demoledora. Cuentan que en esa época, cuando le preguntaban en qué estaba, él respondía encontrarse en la creación de SMiLE; cuando le pedían que explicara de qué se trataba, él, genio y desquiciado, contestaba: “De una sinfonía adolescente dedicada a Dios”.
Los menos confiados le pidieron un adelanto de lo que llevaba y Wilson, ya sordo del oído derecho, les dio la canción “Good Vibrations”.
McCartney volvió a perder el habla. El tema era perfecto, no se parecía a nada, las voces se superponían y el barroquismo abrazaba al pop sin miramientos. De alguna forma, esa sola canción podía contener todas las hazañas que antes se habían logrado en un disco. Su creador la definió como una pequeña sinfonía de bolsillo, y no mintió: sus cuatro minutos de duración redefinieron los estándares de producción, los arreglos en la música pop también cambiaron de rumbo y no han parado de escribirse páginas tratando de explicar su encanto.
Pero llegar tan alto entraña sus riesgos. Wilson dejó la piel y el calcio en su vuelo hacia el sol: trabajó en su disco durante 85 sesiones sin sentirse nunca cerca de lo que buscaba. Los integrantes de The Beach Boys, cansados de rezar antes de cada toma, decidieron pensar en el retiro de Brian, quien para entonces ya hablaba de las cualidades terapéuticas y hasta religiosas que tendría SMiLE una vez terminado. La compañía de discos, por su parte, estaba harta de firmar cheques en blanco y de encargar portadas desechables sin nada a cambio. Wilson, solo y desamparado, empezó a tenerle miedo a su propia creación, llegando incluso a atribuirle poderes maléficos a canciones sin acabar. Ante un panorama de esta guisa, el artista se sinceró y decidió optar por lo más sano en estos casos de extrema autoexigencia: volverse completamente loco y abandonar el proyecto antes de que lo “destruyera” como persona.
Es en este momento cuando la leyenda se hizo mito. Nadie había escuchado el disco pero, mientras su creador estaba sedado, recluido y atragantándose de montañas de comida hasta inflarse como un pez globo, todos hablaban de la maravilla oculta, del álbum perfecto, del santo grial de la música que guardaba en sus baúles. En algunos trabajos posteriores se pudieron escuchar temas robados que no desmerecían los supuestos, como fue el caso de “Surf?s Up”. También no tardaron en aparecer maquetas piratas que demostraban una ingeniería musical perfecta. Trozos del cielo. Y, como es normal en estos casos, no faltaron testimonios elogiosos de testigos de las sesiones del SMiLE. Sin embargo, Wilson no daba respuestas y cayó en las manos de un psiquiatra que se obstinó en experimentar con su demencia cual científico loco.
Brian, atestado de medicamentos, perdió parte de sus casi 200 kilos, volvió a componer y llegó a acompañar a su banda como estrella invitada después de más de una década de reclusión mental. Los psicotrópicos, no obstante, le estaban causando daños cerebrales al genio bipolar. Y, aunque el misterioso doctor Landy fue despedido de su vida, Wilson volvió a grabar ya en solitario en 1988 con más sosiego, pero sin rastros del SMiLE por ninguna parte.
Revisar los siguientes episodios del músico es adentrarse a un recuento pormenorizado de un artista, que sólo podía salir de gira bajo estricta vigilancia médica. En el homenaje, del 29 de marzo de 2001 en el Radio City Music Hall, por ejemplo, Elton John no oculta su cara de asombro, idolatría y temor mientras canta “Wouldn?t It Be Nice” a dúo con un Wilson casi autista.
Casos así sobran, pero eso es lo que menos importa. Lo cierto es que para ese momento todos estaban en deuda con él, incluso los Red Hot Chili Peppers, nietos directos de la actitud playera de los Beach Boys. Algunos, incluso, llegaron a olvidarse del disco que le alimentó su esquizofrenia. Y para entonces de más está decir que McCartney estaba respirando en paz, con la certeza de no tener al competidor en su sano juicio.
Lo asombroso de todo este cuento fue que en 2004 Wilson decidió que ya era el momento de la verdad. Se encerró en el estudio y desempolvó el arca de la alianza. Es fácil imaginárselo soplando viejas cajas, sacando kilómetros de cintas y pensando cuál se acoplaba con cuál. Un poco perdido, buscó ayuda del colaborador de su época más gloriosa, Van Dyke Parks, ajustó algunos versos, desechó los pocos aportes de Mike Love (su enemigo dentro de su antiguo grupo musical) y pidió la ayuda de The Wondermints, banda tributo de los Beach Boys, para conjurar la sonrisa y las muecas de su vida.
Bastaron 37 años para que un sexagenario consumidor de antidepresivos entregara la sinfonía adolescente dedicada a Dios. SMiLE ya estaba hecho plástico y sonido. El disco fue recibido con indiferencia por el público, pero la crítica se postró de rodillas. Todos aplaudieron el álbum, inflado de arreglos, orquestas y experimentos, aunque notaron que la voz ya no tenía la misma potencia. A Wilson poco le importaba lo que dijeran; su misión era terminar lo que alguna vez empezó. Cosas de locos.
Muchos intentaron explicar el contenido de este disco realizado con la pretensión de ser el más perfecto de la historia de la música popular. Algunos sintieron que estaban ante una sinfonía contemporánea, quizás la única que exista hasta ahora. Otros convinieron en pensar que en la eterna maduración de esta obra maestra, se perdió la frescura y el desenfado propio del pop. Para enredar más el asunto, Wilson mismo reconoció no recordar la naturaleza del proyecto original, hasta el punto de ignorar si todas las canciones que entregó estuvieron en la selección final del disco antes de que lo sorprendiera la demencia.
Hace poco tiempo el crítico David Leaf calificó a Pet Sounds como “un trabajo que en 1966 estaba tan adelantado a su tiempo, que recién en nuestros días está llegando a puerto”. Es probable que, mientras eso no suceda del todo, SMiLE siga buscando un muelle en donde aparcar. Los barcos comandados por la genialidad suelen ser morosos y no respetan itinerarios.
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