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Los hermanos Romano Los frutos de La Huerta PDF Imprimir E-mail
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Redacción - Especial Gastronómico
Domingo, 18 de Octubre de 2009 06:03


Por Vanessa Rolfini — Fotografía: Jorge Pineda

¡Curro!, ¡Curro!, ¡Curro! A viva voz, Reinaldo Romano llama a más de 300 ovejas y carneros criados en La Boriza, una extensa tierra por los lados de Charallave, con el espíritu del pastor asturiano que por esos hechos inexplicables de la vida, terminó dedicándose al extenuante mundo de la restauración.

 

Reinaldo, al igual que sus hermanos Gumersindo y Alberto, llegaron a Venezuela como miles de europeos: con la promesa de construir una vida llena de oportunidades, a lo que un país tan generoso, como suele suceder con quien bien le trata, les ha retribuido con creces. Se trata de una historia como tantas: el hermano mayor se viene a la “tierra de gracia”, trabaja duro, abre camino, y cuando ya está instalado, se trae al resto a sus parientes.

Actualmente, la familia Romano es la propietaria del restaurant La Huerta, ubicado en la avenida Francisco Solano en Caracas. Esa historia empezó en el año 1977, cuando Reinaldo pisó suelo venezolano. Ese día lo fue a recibir al aeropuerto su tío Víctor Sordo y, sin haber pisado el estacionamiento ya tenía empleo. Un año más tarde, su tío lo puso en contacto con José López, dueño del Restaurant La Tertulia, quien le dio la oportunidad de desempeñarse en la barra durante más de un año, hasta que decidió regresar a su natal Porrúa a casarse.

“Ganaba nueve mil bolívares, trabajaba 15 horas diarias. Me ofrecieron encargarme de La Carabela, ubicado en la Candelaria, al local no le iba bien. De cocina no sabía mucho y fui aprendiendo, pero teníamos una buena cocinera vasca que se llamaba Angelines. Cerrábamos muy tarde porque el lugar se llenaba de españoles y portugueses que después de cerrar el negocio o atender fiestas, porque muchos eran mesoneros, iban para allá a comer”, narra Reinaldo.

Luego arribaron a Venezuela Alberto y Gumersindo, a quien todos conocen como Gúmer. Alberto se dedicó a trabajar en algunos restaurantes y Gúmer se fue para La Carabela. “Sabía cocinar lo básico porque crecimos en el monte. El pastor que no cocina se muere de hambre. En el campo con una cebolla, papas y chorizo, que eran pocos ingredientes, hacíamos combinaciones extraordinarias. En la cocina son necesarias dos cosas: buen olfato y buen paladar. Lo demás ha sido la destreza aprendida para sacar la comida cuando se trabaja en un restaurant”.

Negocios riesgosos

“No teníamos ni donde caernos muertos cuando nos enteramos de que estaban vendiendo un negocio en la Solano. Se trataba de La Bajada, un lugar cuyos principales clientes era intelectuales y formaba parte de la famosa “república del este” a mediado de los ochenta, junto a Il Vecchio Molino y el Molino Rosso”, recuerda Gúmer. “Estábamos endeudados con La Carabela porque habíamos comprado una parte y acabábamos de remodelarla”.

Entre los amigos y financistas lograron reunir el dinero, una historia que narran llenos de nostalgia y anécdotas. En ese momento, Alberto se une a los hermanos en tan riesgosa empresa. “Nos encontramos con una clientela dura para pagar y de bolsillos rotos. Cerramos. Tomó dos meses de reformas, luego abrimos con otro nombre, El Lagar. El éxito fue la sidrería típica asturiana con aserrín en el piso y, para nuestra fortuna, se puso de moda”, cuenta Gúmer. “Gastamos 600 mil bolívares en reformas, no teníamos dinero pero sí buena fama con los proveedores. Siempre se lo digo a mis hijos, lo que siembras es un valor, abre puertas en todos lados”, expresa Reinaldo.

En menos de dos años recuperaron la inversión, y fue tal el éxito de la sidrería que importaron más de tres mil cajas que se vendieron en su totalidad. “A los tres años de estar ahí nos enviaron una carta de desalojo, pero en esa época compramos La Taberna del Centro ubicada en la Torre Capriles”. Durante cinco años se manejaron con los tres locales, hasta que decidieron salir de La Taberna porque solo tenía movimiento los días de oficina, desalojaron el Lagar y empezaron la construcción de otro local con el mismo nombre y otro concepto a un par de cuadras. Además, adquirieron un local muy deteriorado llamado La Huerta, que básicamente era un remate de caballos.

Al oficio original

“Compramos la casa de 180 metros cuadrados y hoy van más de 2.200, porque poco a poco adquirimos los negocios y casas alrededor. El negocio creció, podemos albergar más de 300 personas sentadas, eso incluida la bodega de vinos”, cuenta Reinaldo.

Años antes de que sucedieran tantos cambios, compraron una tierrita por Charallave. La llamaron La Peruyal como un lugar de esparcimiento familiar los fines de semana. “La tierra llama” tal como afirma Gúmer. Al poco tiempo, surgió la oportunidad de comprar otra parcela a la que llamaron La Boriza, un espacio verde, amplio, que han convertido en praderas para que pasten chivos, cabras, corderos y ovejas, además de unas pocas vacas, caballos —de los que Gúmer es un gran aficionado - y centenares de gallinas que se la pasan picando aquí y allá.

El mismo cuido de la tierra los llevó a sembrar a pocos metros pimentones, ajo porros, cebollas, ajíes dulces, tomates y berenjenas, que con o sin propósito, terminaron produciendo muchos de los ingredientes que se consumen en La Huerta, además de carne de cordero, chivo, huevos y algunas hierbas aromáticas, y de vez en cuando queso para el consumo familiar. “La clientela agradece la calidad de nuestros productos, porque saben que son de primera. No usamos aditivos químicos, ni pesticidas, todo es completamente natural”, asegura Gúmer.

Mientras tanto, La Huerta se ha puesto de moda -más allá de los numerosos clientes habituales- desde que incorporaron una cava donde almacenan más de 15 mil botellas de vino, junto a un espacio privado para 30 personas cuya agenda está copada hasta bien entrado 2010.

No importa el día de la semana, siempre hay muchas mesas ocupadas, donde la propuesta culinaria del lugar es honesta, con un claro acento ibérico, abundante y sabroso. Uno de los platos estrella es el ovejo, y cómo no serlo si, al igual que muchos de sus platillos, son responsables de su cuido para obtener productos de calidad. También se les conoce por la fabada asturiana, la paella, además de otras preparaciones a base de productos del mar y espíritu español como tortillas, chistorras, pimientos, empanadas y hasta un rico cochinillo de cielo.

“Soñaba lograr a los 50 con una base económica estable, después de muchos años de trabajo. Nunca imaginé lo que he logrado, nunca, pero no siempre se está satisfecho cuando llegas a lo que sueñas. Me la paso preocupado pensando en qué voy a hacer”, asegura Reinaldo, quien todos los días está en el negocio junto a Gúmer, listos para entregar el legado a Egidio, segunda generación de los Romano quien ya está inmerso en el negocio.

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