|

Oscar Wilde
Cervantes creó con papel y tinta a un caballero andante y su plato más apetecido, “duelos y quebrantos”: huevos revueltos con lonjas de tocino mezclado con pan frito, acompañados de un tazón de tinto manchego. Jamás se preguntó si su “creatura” tenía o no calidad de vida, aunque bien podría conjeturarse que quien apostaba a la cantidad era su “alter ego” Sancho Panza, en tanto su señor lo hacía por la calidad de Dulcinea.
Una duda
Ha sido menester llegar al final del siglo XX para que el ser humano se preocupara por la vida que lleva o las condiciones en que vive (y se interrogue acerca de algo tan subjetivo como su calidad). Ciertos médicos, laboratorios y medios de comunicación no son ajenos a tal epidemia consumista que dice agregar más años a la vida, en lugar de más vida a los años. Pandemia ésta real y sin cura, a diferencia de la cuestionable AH1N1 y su ¿comercial? vacuna. ¿Por qué ahora y no antes emergen dichas disquisiciones, mientras la contaminación, cambio climático y desertización campean por la primera década del siglo XXI?
Acerca de cantidad
Calidad de vida no alude a estado emocional ni a sentimiento alguno: no se trata de sentirse mejor o peor, de ser feliz o desgraciado, de resignarse a la suerte o rebelarse contra el destino. Cobija un conjunto escasamente codificable de estados subjetivos; entre ellos (y algo olvidados) el buen comer, el buen amar y el buen leer, artes que solían practicarse a diario sobre la mesa o la cama (y viceversa).
Lo que siempre se ha tratado de medir es la “cantidad”; es decir, cuántos años vive alguien o cuánto tiempo dura algo vivo, pues “vida” es concepto suficientemente amplio para abarcar mundo animal y vegetal. La Biblia habla de patriarcas, como Matusalén, que vivieron siglos. Puede creerse que, tanto el Universo con todo lo que contiene, desde una galaxia hasta una hormiga, fue creado en seis días.
Progresión
Todo ser tiene un “período vital” (life span) grabado en sus genes, en tanto la apoptosis ejecuta -implacable- la extinción celular programada: desde micro- organismos que duran minutos, hasta coníferas como la sequía que resisten milenios. El máximo vital del ser humano ronda los 130 años. Que excepcionalmente se alcance tan respetable edad (suponiendo bueno tal exabrupto), dependerá de factores genéticos, ambientales, alimenticios y físicos. Estos últimos atribuibles a estrés, enfermedad y accidentes.
Cuando la conquista de América, el promedio de vida en Europa era de 20 años. La cifra se duplica en el siglo XVIII y alcanza los 70 años en el XX. Hoy, rondamos las 80 primaveras. Esta progresión explica por qué es ahora cuando el hombre se inquieta por el tipo de vida, o sea, por su calidad. Al alargarse la “cantidad”, surgen los achaques de una larga vejez huérfana de seguros sociales. Se vive con más enfermedades porque se vive más tiempo. Ese es el meollo.
¿El Quijote aún cabalga?
No tiene nada de raro que en esta época se pongan de moda temas como la eutanasia, aceptada legalmente en algunos países. Álgido punzón que invita a discusiones bizantinas.
Y así desembocamos en otra paradoja: la civilización tecnológica estira la vida, pero ¿quién paga el precio de su baja calidad? ¡Cuidado cuando su límite valga cero! Ya no cabalga Don Quijote; el plato “duelos y quebrantos” permanece frío, igual que mesa y cama.
“Lento pero viene, el futuro se acerca despacio pero viene, cual tenue llama. Lento pero viene, el futuro real el mismo que inventamos nosotros y el azar, cada vez más nosotros y menos el azar.”
|