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Al pasear frente a la larguísima reja del zoológico de Chapultepec, hace unos cuantos años, tuve la fortuna de toparme con una interesante muestra de fotografía mexicana del pasado reciente. Las imágenes, colgadas a gran formato a lo largo del camino, mostraban la cara sepia de la Ciudad de México: las calles de la urbe antes de convertirse en ese monstruo fascinante que es hoy, los sombrerudos de poblado bigote, la belleza recatada de las mujeres vestidas de blanco, la tierra marcada en rostros indígenas; en fin, una colección estupenda —y envidiable- de postales de lo que fue.
Justo cuando uno cree que Caracas se empeña en sepultarse bajo sus miserias y su frágil memoria, algo aparece que rescata la fe. En este caso es un libro. Y, ya lo sabemos, un libro es arma poderosa difícil de anular. Como siempre, la Fundación para la Cultura Urbana —que hace parte del Grupo de Empresas Econoinvest- reivindica su condición de elemento conector de los ciudadanos descuidados que somos con la ciudad que debería pertenecernos aún más.

Y si la imagen vale más que no sé cuántas palabras, ¿cuánto valdrá una vasta compilación de imágenes sobre la Caracas que tuvieron nuestros abuelos y la que vamos teniendo nosotros?
Fotografía urbana venezolana 1850-2009 es el nombre de este libro que bien merece una aproximación más formal y generosa que la balbuceada en estas líneas. Se trata de un trabajo descomunal, impensable en medio de lo que desde el punto de vista económico representa editar en este país, y que se antoja un lujo exquisito al mismo tiempo que documento imprescindible para quienes aprecien la importancia de la realidad captada por el lente fotográfico o, sencillamente, para quien guste de asomar su curiosidad por el momento fugaz congelado para siempre por quien estuvo ahí con la cámara bien dispuesta.
Fanfarroneando, el personaje de George Clooney en Up in the air, dice ante un auditorio que las fotos son para quienes no pueden o no saben recordar. Semejante afirmación es una tontería obvia: la foto atesorada no sólo es el respaldo de la memoria, es, entre otras muchas cosas, el pasaje directo que nos inserta una y otra vez en escenas que tocan más de una fibra sensible. Y si hay que llenar con algo los morrales de vida, las fotografías tendrían que estar entre los primeros lugares de nuestra lista.

Este es un libro pesado, pero que se carga con gusto. Nació del afán coleccionista de Hernán Sifontes, el capitán de Econoinvest, y maduró gracias al trabajo de Vasco Szinetar y William Niño Araque —como curadores- y de la coordinación editorial de Esmeralda Niño y el diseño de Pedro Quintero. Y también quiere ser más: quiere convertirse en exposición permanente dentro de un espacio al alcance de todos.
Fotografía urbana venezolana recoge una generosa muestra de la colección de la Fundación que se pasea desde principios del siglo XX, con la ciudad en plena gestación, hasta lo visto en Caracas hace apenas unos pocos años atrás. Esas páginas contienen lo que fue y lo que va siendo, los personajes anónimos, la gestación de la urbe, el álbum familiar del venezolano, los rostros conocidos por muchos y las poses de los desconocidos por casi todos, en un viaje por los tiempos en el que el espectador es conducido por algunos de los más importantes cultores, artistas y reporteros gráficos de nuestro país. ¿Cómo puede uno perderse un paseo así, sin verjas ni recuerdos ajenos a lo que somos?
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